jueves, 2 de octubre de 2008

EDUCACIÓN Y DESARROLLO HUMANO



LA YUNGA
Por C.S. Gustavo Montenegro Cardona.

No dudamos en abrir la puerta lateral para que subiera a la camioneta tan pronto levantó la mano y con el dedo señaló la larga vía: pedía un aventón. Este hombre, vestido como un campesino más de la zona norte de Nariño, como aquellos que cubren su cabeza con una gorra, abrigan su pecho con un saco de lana, visten sus piernas con un pantalón de dril y pisan el suelo bendito con botas de caucho. En la espalda carga una mochila llena de libros, de agendas, y cuadernos. El hombre es un profesor rural que viene desde Pasto. Cuando lo recogimos eran cerca de las cinco de la mañana, pero sus ojos ya se habían abierto dos horas antes. Esta vez le ahorramos más de una hora de camino, pues desde la vía panamericana a su sitio de trabajo tarda cerca de hora y media a pie, a pie calzado, a pie de maestro, a pie de orientador de vidas campesinas.

No diré su nombre, porque simplemente no lo pregunté, pues los veinte minutos que tardamos en hablar sirvieron para comprender la misión y la vocación de este ser humano, ahora y desde siempre anónimo, que día a día pone a disposición del mundo su oficio de maestro para educar a algo más de 50 niños en la escuela del sector de La Yunga, en el municipio de San Lorenzo, en el norte nariñense, en pleno corazón del macizo colombiano. “La carretera ahora está buena, al menos se puede andar. Esto cuando llueve se vuelve una pista de barro imposible de transitar”, vuelve a tomar aire y continúa explicando el estado del camino sobre el que pone sus pasos todas las mañanas, en verdad pasando un día, pues viaja el lunes, descansa el martes en la vereda, regresa a Pasto, y el miércoles vuelve la travesía por esta ruta de piedra y polvo que tiene la forma de una serpiente enredada en la montaña y que permanentemente sufre de derrumbes que taponan el ya de por sí estrecho camino.

El hombre es amable, en sus ojos se nota el compromiso adquirido con sus pequeños estudiantes. “Es verraco como sea”, explica nuestro huésped temporal, “arriba no hay condiciones, no hay agua, la energía se va cada nada, y el frío no es fácil de aguantar”. El problema más serio es el de transporte, simplemente no hay. Entonces, la pregunta es sencilla: ¿Cómo es posible garantizar el mejoramiento de la calidad de vida de los habitantes de nuestra región, cuando el sistema educativo en las zonas rurales, se ve condicionado por la falta de una infraestructura básica, por las enormes distancias de los hogares al centro escolar y por los obstáculos de una naturaleza compleja?

Por supuesto, el hecho de la presencia del centro educativo, del saber que se cuenta con dos profesores en la escuela rural y que al menos se ofrece un programa curricular básico, es garantía de unas opciones que significan en sí mismas las condiciones de oportunidad que los niños y los jóvenes necesitan para entrar en la dinámica del Desarrollo Humano, sin embargo, son muchas las paradojas que entran en el juego de la realidad. Una zona como el macizo colombiano, rica en fuentes de agua, a su vez carece de agua potable, de distritos de riego, y de acueductos que garanticen la presencia del líquido vital tanto en las viviendas como en los centros educativos.

Si para el profesor, este personaje heroico y tenaz resulta toda una aventura llegar a su sitio de trabajo, qué decir de los niños de la escuela de La Yunga que fácilmente tardan hasta dos horas de camino para acceder a su centro escolar, que a duras penas pueden llevar una fruta para calmar el hambre porque no pueden pagar el restaurante escolar, o que deben aguardar más de siete horas para volver a ingerir un alimento, pero además los que pueden pagar el precio de la comida estudiantil no tienen acceso al restaurante porque está clausurado debido a que la mayoría de familias no cumple con las condiciones que impone el sistema educativo evitando así el acceso al servicio. Todo eso pasa en una región bendecida con uno de los suelos más fértiles del territorio, rica en biodiversidad y habitada por una raza trabajadora, pujante y valiente.

“Entonces imagínese, un niño que dura dos horas caminando ya llega cansado, entonces toca motivarlos para que estén despiertos y medio aprendan alguna cosita. Además, sabemos que después se van a demorar otras dos horas de regreso a la casa, que medio medio han comido: diga ah, así quién aprende, si cuando llegan a la casa además algunos tienen que terminar de ayudar con los oficios, ya ni siquiera tienen ánimos de hacer las tareas, por eso no se les puede exigir igual. Pero bueno, toca seguir en la lucha, eso es mejor a pensar que no hay escuela o que no quieran seguir estudiando”.

La situación del profe y de sus estudiantes en términos de oportunidades educativas para el desarrollo humano no se limita entonces al problema fundamental de la garantía de acceso a la escuela básica; si bien la cobertura es parte del engranaje educativo, también se debe poner en consideración las condiciones mínimas de ese acceso, pues las condiciones expuestas son más un motivo para que los estudiantes dejen de asistir que buenas disculpas para seguir estudiando. Con el tiempo, además, será más fácil que un docente solicite el cambio de sitio de trabajo a que permanezca en una rutina tan agobiante. En ese sentido, la promoción de experiencias como las Escuelas Agroambientales que desde hace varios años promociona y fomenta el Comité de Integración del Macizo Colombiano – CIMA, en Nariño, se constituye en un ejemplo a tener en cuenta, pues estas funcionan alrededor de núcleos familiares cercanos, con fundamento en la conservación del entorno y desde el aprendizaje de los oficios que promueven que niños y jóvenes trabajen la tierra para su autoabastecimiento, para el fortalecimiento del territorio vecinal, veredal, municipal y regional; así como lo lee aquí, en términos del escalonamiento, principio propio de la sostenibilidad del medio y sus habitantes.

Seguir pensando en la escuela, en la educación limitada a las paredes tradicionales del aprendizaje contribuirá a estrechar más la acción del sistema educativo en términos de contenidos tradicionales y homologantes, refrescar el sistema educativo a través de otro tipo de pedagogías, didácticas y procesos de construcción social de región será entrar en una nueva onda educativa que permita que más niños y jóvenes accedan en equidad, de manera participativa, con sentido productivo, y desde una clara apuesta por disminuir las pobrezas económicas de la región.

Hoy nuestro maestro llegó una hora antes de lo previsto, sus ojos admirarán, igual que nosotros, la belleza de las montañas iluminadas por el sol de las seis y cuarto de la mañana. Sus estudiantes aún tardarán una hora y algo más de camino para llegar, ojalá, a estudiar.

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