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domingo, 3 de enero de 2016
jueves, 15 de octubre de 2015
DISEÑANDO FANTASÍAS
SERIE:
BAILAR, REZAR, NARRAR.
Historias
de San Pacho
Los cachés no se hacen solos.
Por: Gustavo Montenegro Cardona
Te comprendo Johana, cualquier persona que
haya pasado noches enteras durante los últimos tres meses diseñando y
fabricando 1.700 vestuarios para las comparsas de las fiestas franciscanas
estaría igual de cansada.
Es casi natural que pidas que te
maquillen para verte más presentable ante la cámara que registrará tu
testimonio como diseñadora de cachés para las fiestas san pacheras. Son esas
decisiones las que hacen notorio tu carácter y tu determinación como
diseñadora, empresaria y artesana.
Hoy, justamente hoy, estás de
cumpleaños “los suficientes” dices en medio de esa carcajada que deja ver que
te muestras seria, pero eres una mujer de alegría plena, sonriente, feliz,
dichosa. Por eso te sientas con absoluta naturalidad, dejando reposar todo el
cansancio acumulado por esas jornadas que como bien dices “pueden comenzar a
las ocho de la mañana, y terminar al día siguiente”.
Johanna Valoyez con integrantes de su equipo en el taller "Arte y Joya"
Así te empezamos a conocer Lady Johanna
Valoyez Cuesta, la espléndida representante legal del taller “Arte y Joya” que
al decir de varios sanpacheros hoy diseña los mejores cachés para las fiestas
de San Pacho. Bien lo explicas “el caché es el vestuario que lucen las
empresas, entidades, o personas que de cada barrio desfilan durante la fiesta,
se compone del vestuario, los accesorios, la parafernalia y el tocado”.
Pero esos cachés no se hacen solos. La
calle, tu pasarela principal, exhibe hoy por hoy, el resultado de tus 19 años
de experiencia profesional y de presencia de tus cachés elaborados a mano en
las exuberantes fiestas san pacheras. Lo que muchos no saben es que durante
esos años, en el día a día, suceden hechos como requerir para el desfile de
Cristo Rey ciento diez máscaras y
recibir del proveedor solamente diez, a las once de la mañana, una hora antes
de iniciar el desfile. O pasar por la presión de recibir una orden de pedido de
un día para otro como la solicitud que te hicieron el primero de octubre para
diseñar el caché del desfile del Niño Jesús que sale el tres al medio día.
El "Caché" es un vestuario que quien desfila lo luce con orgullo y gozo.
Mientras conversamos se siente ya el
sonido de los cohetes de pólvora que anuncian que el último desfile del año ya
se acerca. Vienen bailando, saltando, gritando y gozando los vecinos del barrio
Alameda Reyes. A ellos les correspondió ser los anfitriones de la fiesta del 2
de octubre. Son las cuatro de la tarde y tu deber de matrona del taller es
animar a tus colaboradores a sumarse al bunde que arrastra con toda la fuerza
de la música del pacífico a que los pies se muevan prácticamente solos.
Javier Restrepo Rengifo, un joven
integrante del taller, luciendo sus lentes oscuros, y con algunas copas ya
encima, se asoma al balcón y anuncia que “ya vienen las comparsas y dentro del
movimiento de gente viene un caché elaborado por Arte y Joya”. Javier aprendió
de ver, de mirar. Hace tocados, pecheras, correas, bastones. “Todo lo que sea
lo elaboro yo”. Y a medida que llega la música interpretada por la chirimía ya
se nota la emoción que las fiesta despierta en él.
“En 19 años no había salido en una comparsa”,
nos cuentas Johanna con un aire que parece ser una disculpa pública, pero no es
para menos. Con todo el trabajo que significa que de 55 cachés que participaron
en 2015, 23 hayan sido fabricados en tu taller, es porque se ha debido hacer el
sacrificio de dejar que la fiesta pase ante tus ojos. “Y logramos que ningún
traje se parezca a otro” afirmas con plena seguridad, dejándonos entender que
ese es tu principal aporte a la fiesta san pachera.
La Chirimía, el conjunto musical que acompaña las comparsas es fundamental en el desfile donde se lucen los cachés, el disfraz, y la danza que marca la alegría de la fiesta San Pachera.
Yamile Romaña lleva junto a ti tres
años siendo ayudante del taller. Mientras elabora un cinturón que lucirá la
comparsa del Niño Jesús, se debate entre la pena de la entrevista, la alegría,
y el esfuerzo de lograr un buen resultado en tu diseño. Disfruta tanto la
elaboración del caché como gozó a sus 16 años salir durante todos los días de
la fiesta a bailar, y gozar. Ahora sólo se asoma a la venta para ver pasar el
desfile y siente palpitar el corazón cuando aquellos que lucen los trajes
elaborados por sus manos la saludan, le mandan besos, agradecen, saltan y
gritan sabiendo que lucen, como dice Johanna “el caché que les da estatus, presencia.
La gente, lo entendí apenas ahora que salí por primera vez a un desfile, le
gusta que la admiren, que contemplen su caché, porque han pagado un precio por
él”.
“Homenaje a San Francisco” es el caché
que hoy luce una de las comparsas del barrio Alameda-Reyes, una de las zonas
más comerciales de Quibdó. Desde ya, Johanna empiezas a pensar en el próximo
año, desde ya nacen las nuevas ideas, y los diseños empiezan a rondar por tu
cabeza. Mientras unos gozan de la fiesta de San Pacho, tú, a tu manera,
contribuyes para que cada desfile sea un auténtico carnaval y una elegante
muestra de religiosidad popular.
sábado, 3 de octubre de 2015
LA FE NAVEGA EN EL ATRATO
SERIE:
BAILAR, REZAR, NARRAR.
Historias
de San Pacho
3 de octubre para la memoria
Por: Gustavo Montenegro Cardona
Las
manos del artesano
Se comprometió a llegar temprano y
desde las cinco y cincuenta de la mañana ya estaba listo con todo el material.
Su misión, armar la balsa mayor que encabeza la procesión fluvial del tres de
octubre. La punta de lanza de la balsada, evento fundamental en el cierre de
las fiestas de San Pacho, estaba, de nuevo, en las manos artesanales de
Casimiro Perlaza.
Carga con un cuerpo de 1,70 cms, es
ebanista y aprendió a trabajar la madera por herencia familiar. Desde su puesto
de mando orienta a un equipo de cinco personas que carga en sus manos los
clavos, los martillos, los serruchos y las maderas para armar la estructura de
nueve metros de largo por cuatro metros de ancho que servirá de reposo para la
comitiva principal de las fiestas de San Pacho.
Casimiro sabe que tiene una gran
responsabilidad. Esta es el quinto año que se le asigna el reto de armar esta
tarima flotante. Ya son las seis y media de la mañana y a primera vista se nota
un armazón de listones y tablas entrecruzadas sobre tres frágiles canoas. Sin
embargo, al subirse a la estructura se tiene la sensación de estar sobre piso
firme.
Casimiro Perlaza en acción, construyendo la tarima que servirá para la balsa mayor.
Memoria
de trescientos años…y más.
En el contexto de las fiestas
franciscanas el tres de octubre es la fecha cuando se conmemora el día que Fray
Matías Abad llegó con la imagen del Santo de Asís en 1648 en una balsa remada
por indígenas al pueblo de Quibdó, como lo recuerda Ramón Cuesta Valencia,
presidente de la Fundación Fiestas Franciscanas.
Casimiro junto a su equipo es el responsable
de la estructura de madera, Hammer Antonio Ramos Rentería, por su parte, fue el
responsable de diseñar conceptualmente la balsada de este 2015. Para Hammer
todo esto resulta una emoción sublime. Suena el martillo, péguele a ese clavo.
Grita Casimiro “páseme uno de un cuarto”. Se gritan y se entienden entre ellos.
Se mueven entre las canoas haciendo un equilibrio que resulta un caminar
natural. Se meten al agua, salen del agua. Serruchan, serruchan, martillan. En
el ambiente parece una música de percusión la armada de la significativa
estructura. “Yo le meto todo a esta balsada” dice con orgullo Casimiro. “Yo se
la meto toda a este tres de octubre”, afirma Hammer, quien a sus 44 años de
edad, con tres hijos, y como el dibujante de arquitectura que es, narra con
emoción evidente en su voz y sus ojos, lo feliz que lo hace ser el responsable
del diseño de la balsa mayor.
Hammer, el diseñador de la balsa mayor.
Entre
balsas y bongos.
Vestida, como ella dice, al mejor
estilo de la herencia africana, Noency Mosquera Martínez, “conocida en el campo
artístico y cultural como El Bongo de Bojayá”, se asoma a las nueve de la
mañana por el puerto arenero del barrio San Vicente para revisar que todo esté
bien. “Está quedando preciosa la balsa mayor” dice la compositora, cantante,
gestora y líder cultural.
El Bongo, como la balsa mayor, es la
figura que hace alusión al bote más grande que existe en el río Atrato, y con
esa fuerza femenina, Noency resalta que “En los eventos culturales está la
esencia de las fiestas patronales de San Pacho”, destacando el mensaje que para
este año ha decidido llevar el comité responsable de armar la balsa mayor.
Ella es "El Bongó de Bojayá".
Eulalia Casas es una mujer robusta.
Desde donde la miro debe medir más de uno con ochenta. Son las nueve y quince
minutos de una mañana calurosa, de cielo nublado, y una ligera, ligerísima
brisa. “La seño” como la llama Hammer está atenta a todo el proceso de
levantamiento de la estructura. Opina sobre cada detalle. Camina, corre, pasa
una piña, pasa un cartucho, se sube a la balsa, se baja, habla con el uno,
habla con el otro. Corrige, llama a aquel, llama a fulano, señala un puesto,
señala otro lugar. En medio del agite nos cuenta que el propósito de este año
ha sido “Resaltar, que eso es lo que tenemos que hacer en las festividades,
fortalecer los eventos culturales, haciendo realce a eso, y mandando este
mensaje a todos los que participamos, que fortaleciendo, haciendo parte de los
eventos contribuimos a la paz de este país”.
Faltan veinte minutos para las diez. El
puerto está lleno de personas. Al fondo se escucha un grupo de chirimía
ensayar. Cada barrio se ha esmerado por tener su mejor balsa acompañante.
Bombas, arcos, flores, san pachos en madera, san pachos en yeso, andas,
festones, mujeres vistiendo los cachés de los días pasados, otra banda por
allá. Y ahí está Casimiro aún martillando, aún serruchando. Ya falta poco
tiempo para comenzar el viaje.
Asuntos
de fe, de río, de bosque.
Al Santo lo han decorado con las flores
exóticas típicas de la región. No es posible hablar de balsada sin tener
presente el mensaje de protección medio ambiental. Con una paz interior que
proyecta en medio de su 1,90 de estatura, el profesor Edison Blandón recuerda
que San Francisco fue nombrando el santo patrono de la ecología y el medio
ambiente. De ahí que con mayor razón se haga un esfuerzo para que la balsada
sea una expresión de la relación amigable con el río, con el bosque, con la
madera, con el entorno más biodiverso del país.
Son las diez de la mañana. Hammer
celebra con sus lágrimas la emoción que le produce este día en especial.
Casimiro deberá viajar atento a cualquier circunstancia que pueda pasar durante
la navegación. El Santo de Asís se ha apuntalado bien para poder encabezar la
marcha fluvial. Arranca la balsada, y dos personajes anónimos para la mayoría
del público quibdoseño hoy han puesto su mejor esfuerzo para conmemorar aquella
primera llegada de San Pacho a través de este río Atrato por donde hoy navega
la fe.
martes, 6 de enero de 2015
CARNAVAL EN PRIMERA PERSONA
Por:
Gustavo Montenegro Cardona
Quien entre a la casa de mi padre, después de
cruzar el primer pasillo donde queda su consultorio, y justo frente al primer
patio, se encontrará con una antigua máquina de coser. Protegido por un vidrio,
el mueble sirve de soporte a una fotografía impresa en papel. En ella todos
estamos pintados de negro. Enrique Cardona, mi tío, que llegó a visitarnos
junto con su esposa de ese tiempo y sus cuatro hijas. A su lado estamos mi
hermano, un primo lejano; Claudia, la niña que adoptamos en casa, mi madre que gozaba como nosotros, mi padre en sus mejores años, Jaime, el responsable del desorden y yo. Jugábamos a carnavales y
la experiencia quedó conservada como una foto para la memoria familiar, pero
dispuesta para todos los ojos.
En la casa materna, en Ipiales, al sur de
Colombia, durante carnavales todos despertábamos con ansiedad esperando que sonara el timbre en la
puerta principal. Jaime Armando Figueroa, un amigo de toda la vida, tumaqueño,
de un metro con noventa llegaba de improviso. Cubría su cabeza con un gigante
sombrero de paja y asistía a la casa con tanto cosmético negro entre sus dedos,
que bastaba un solo manotazo para que todos quedáramos pintoreteados hasta las
orejas en cuestión de pocos segundos.
Usábamos un antifaz de plástico que en no más
de tres rocíos de la carioca de ese entonces quedaba desbaratado. La espuma del
carnaval venía en unos envases rojos, delgados, y se guardaba con esmero, pues
la poca cantidad del contenido debía durar al menos las dos horas del desfile.
Se las denominada cariocas, emulando la festividad brasilera y porque así
venían etiquetadas. Lanzaba un chorro débil y fugaz, y su color rosado no
demoraba mucho en teñir la ropa. Realmente parecía más la copia de un
desodorante que un artículo para jugar carnaval.
Cuando estábamos pintados hasta el ombligo,
juego que sucedía al interior de la casa, entre los patios dispuestos para la
persecución de unos y otros, nos disponíamos para la foto del recuerdo. Mi
padre entonces sintonizaba la emisora en una vieja grabadora a la que mi madre
hasta le había cosido su propio forro, y el fondo musical nos hacía compañía
festiva mientras aguardábamos el desfile de cada día.
Eran los años cuando sólo se jugaba al cinco y
al seis de enero. Lo del carnavalito, el carnaval de la expronvicia, y el día
de la juventud se fueron sumando con los años por la necesidad de proponer un
carnaval incluyente a todas las generaciones y las diversas comunidades del entrañable
y complejo Ipiales.
Cuando el desfile salía desde Bavaria teníamos
la ventaja de ser espectadores de primera fila. Era un verdadero gusto salir a
la calle una vez sentíamos los primeros acordes de la bombarda que marcaba el
compás de la patrimonial Banda Municipal que escoltaba a la trajinada máquina
de bomberos desde donde la Reina de cada año lanzaba serpentinas, confites y
besos que ponía felices a los coquetos caballeros.
Don Aníbal Bastidas, el carpintero del barrio,
el suegro de Jaime, y vecino de al lado, nos surtía de aserrín para el año
viejo del 31 de diciembre, y durante carnavales era la alegría caminando.
Iniciado el desfile cerraba la carpintería y cuando se unía al grupo ya el tufo
a aguardiente y a cigarrillo Pielroja sin filtro delataba su nivel de
entusiasmo.
Durante el desfile del cinco apreciábamos con
extrañeza la llegada de la familia Ipial. La exhibición de objetos
prehispánicos durante el desfile, nos hizo creer en algún momento, que las
figuras similares que mi padre conservaba en la casa podían tener un valor
incalculable por ser piezas de los ancestros que tal vez se hubieran
descubierto en alguna guaca de oro en los tiempos de los abuelos. La idea no
tardó mucho en desmoronarse. Nos asustábamos con los hombres disfrazados de
monos que lanzaban azotes y con los cusillos, aquellos danzarines que se
cubrían con los costales de fique y castigaban con una vejiga de cerdo.
El seis todo era distinto. La calle era una
sola nube blanca. Se usaba un nuevo antifaz y el ritual era el mismo. Jaime
llegaba, nos vaciaba los tarros de talco en las cabezas como si fuéramos
pasteles para hornear, nos tomábamos la foto, y la calle nos esperaba con
melodías de lo que siempre identificamos como música ecuatoriana. Las pocas
carrozas ya eran magníficas, aunque no llevaban el color de las de estos días,
y a su paso aún se sentía el olor fresco del papel recién encolado. Terminado
el desfile la orden era una sola, jugar, jugar hasta el cansancio, hasta quedar
con la cara pegachenta, y la piel tostada, como si se fuera a partir.
Lanzábamos talco, untábamos cosmético blanco y dejábamos que otros hicieran una
fiesta con nosotros.
Entonces llegaban Andrés, Norman, Oscar
Julián, Osman, los hijos de los militares vecinos, el Ñato, y toda una correría
de chiquillos. Tras ellos, algunas horas después, llegaban sus padres a
levantar la fiesta en la sala de nuestra casa. Mi madre, anfitriona única,
servía chocolate con sándwiches de queso para que tuvieran peso en el estómago
y así, sin remordimiento, luego les empacaba todo el aguardiente posible.
Llegada la noche nos enfrentábamos a la osada
tarea de quitar de encima todo el polvo y el cosmético que se había recibido en
la jornada lúdica. Tomaba largas horas de baño con agua caliente, montones de
algodón empapados de aceite, jabón azul, jabón de tierra y todo tipo de recetas
caseras para eliminar las marcas del carnaval, que a pesar de todos los
esfuerzos, se quedaban durante un par de días más recordándonos la diversión de
las buenas horas vividas en medio de la fiesta popular.
Treinta años después la fiesta es diferente,
la espuma reemplazó al talco, el cosmético es de múltiples colores, ya no se
juega en las casas y tampoco hay fiesta en el patio. Las carrozas son monumentales,
sus motivos retratan todo lo que somos como cultura, los colores y el brillo en
nada se compara con la palidez de aquellos años de mi infancia. Ya no hay quien
nos asuste, año tras año los artistas se esmeran por brindar lo mejor de su
locura creativa a los millones de espectadores que aún se maravillan por el
efímero arte que ahora cubre extensos kilómetros de una senda que ya no cabe en
nuestras ciudades.
Cientos de murgas, comparsas, disfraces,
carrozas no motorizadas y enormes carruajes de fantásticos motivos se toman, ya
no sólo Ipiales, sino buena parte de Nariño, algunos municipios de Cauca y
Putumayo y hasta zonas del Ecuador. Ya no viene mi tío, pero miles de turistas
regresan hechizados por el delirio colectivo que despierta este carnaval que no
dibuja fronteras.
La madre ya no sirve chocolate a los
invitados. Miles de casetas se tomaron las aceras de los parques para hacer de
la comida un negocio de temporada que deja réditos a algunos pocos, así como a
los dueños de las cervezas y los pasabocas de fécula de maíz. Abunda la publicidad
y las orquestas. Mucho mercado, poco barrio. Mucho “perfumado”, pocos
Castañedas en el cuatro. El baile en los parques sigue pareciendo un riesgo. Sin
embargo, qué no hubiera dado mi madre por tener las redes sociales y la
tecnología de hoy para compartir con los suyos la fiesta del sur que día a día
tiene más canales para su difusión.
Nunca me hubiera imaginado que quince años
después estaría viviendo y enamorándome de uno de los carnavales más
sorprendentes del país y que estuviera buscando, una y otra manera para narrar
los relatos y las historias que nos permitan defender este patrimonio que, como
la foto de mi casa, se cuida porque ahora le pertenece a todos.
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viernes, 2 de enero de 2015
SOMOS EL PATRIMONIO
Por Gustavo Montenegro Cardona.
Relato desde LA OTRA SENDA - Ipiales, Nariño.
La primera semana de enero en San Juan de
Pasto está marcada por seis días de celebración festiva. El tradicional día de
asueto de los esclavos negros por los años de la colonia terminó convirtiéndose
en una conmemoración por la libertad humana. Luego, un desprevenido juego de
talco perfumado desencadenó una serie de celebraciones que terminaron por
engalanarse en 1920 con las primeras carrozas elaboradas por las hábiles manos
de los artesanos pastusos.
La mezcla de las tradiciones indígenas y
campesinas que en los mismos días se manifestaban como plegarias para el
cuidado de los sembrados, sumadas a la teatralidad, la personificación, y los
mitos españoles, y el grito por la libertad de la herencia africana terminó por
cristalizarse en los carnavales de negros y blancos que en 2009 fueron
declarados, por la UNESCO, como patrimonio cultural inmaterial de la humanidad.
Si el patrimonio se define como la adquisición
de un objeto de valor por parte de una persona o una familia para generar con
el tiempo una apreciación económica, el patrimonio cultural también se sustenta
en los valores, en el sentido que una herencia tiene para la memoria del
pasado, tanto como para las generaciones del futuro. Es decir, el carnaval de
negros y blancos tiene valor para quienes lo provocaron, para quienes lo viven
en el presente y para aquellos que jugarán y lo disfrutarán en los años
porvenir.
Casi cien años después el carnaval original,
por lógicas razones de la dinámica cultural, ya no es el mismo. La ciudad que
le dio nacimiento, ya no es la misma. Las calles por donde transitaron las
primeras carrozas se han transformado igual que lo han hecho sus habitantes,
sus cuadras, sus barrios, sus veredas y linderos. Tantos movimientos en las
entrañas de la que fue considerada como la “fiesta popular más importante del
país” empezó a manifestar riesgos, riesgos que a su vez afectan el valor. Si el
valor se afecta, el patrimonio se arriesga, y por tanto se debe entrar a
defender.
Se sumaron tanto riesgos de la manifestación
que la UNESCO aprobó que el carnaval se defendiera para su conservación, así
también lo había hecho el Estado colombiano, y los gobiernos locales y
regionales.
Si primero se jugaba sólo por el día de la raza
negra, más adelante se sumó el homenaje al día de blancos, hoy se suma un día
para los jóvenes y las colonias. Hay una jornada para integrar a la cultura
andina e indígena del territorio, y las zonas rurales se alcanzaron a reconocer
en los desfiles de la familia Castañeda. Hoy, hasta se celebra con cuy y
trucha.
Del talco perfumado se pasó por la cal, y la
harina disfrazada. Los rostros se han pintado con betún hasta con elaborados
cosméticos que han transitado desde el negro puro hasta una enriquecida gama de
colores que destiñeron la esencia original del denominado juego de la pintica.
Ya no hay serpentinas, y las reinas tampoco son las mismas.
En la televisión hablan de ferias de blancos,
confunden la ubicación geográfica de Pasto, y la espuma de carnaval invadió un
mercado propicio para todo tipo de celebración popular en el país.
Particulares, privados y hasta el mismo estado han visto todo tipo de negocios
posibles.
Toda la transformación visible e invisible
obliga a generar cambios, adecuaciones, nuevas historias y cuidados especiales.
Cuidar el patrimonio es la tarea. Lo que venga en adelante dependerá entonces,
no sólo de los organismos responsables de su promoción, administración y
direccionamiento. El patrimonio que significa estos diversos, complejos y
particulares carnavales del sur, es un asunto de todos, de todas.
Juego, artistas, artesanos, músicos,
teatreros, murgueros, jugadores, públicos, privados, turistas, invitados,
ajenos, propios, los de aquí, los de allá; Ministerio, Gobernación, Alcaldías,
concejales, concejalas, amigas, amigos, enemigos, extraños y lejanos, y los que
escribimos notas sobre el carnaval, toditos, todos, tenemos que ver con el
Carnaval de Negros y Blancos, con su protección como patrimonio de la
humanidad.
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miércoles, 31 de diciembre de 2014
VIUDAS SIN MUERTO
La crónica del 31 de diciembre, desde LA OTRA SENDA en Ipiales.
Por
Gustavo Montenegro Cardona
A
las cinco de la mañana asaltan los vestidores de sus hermanas, madres o tías.
Toman sus bolsos o rebuscan hasta encontrar una vieja cartera o lo que sirva
para llevar en las manos o al hombro. Se maquillan o usan la experiencia de
alguna amiga para ruborizarse, untarse los labios de cualquier color y los más
osados dibujan líneas de color bajo sus ojos. Toman el maquillaje que resta y
salen a las calles de Ipiales para llegar a las siete de la mañana a la
concentración del desfile. Las llaman viudas y deben acompañar por requisito a
un “año viejo”, un muñeco que representa a un personaje o simboliza un mensaje
que el artista del carnaval desea exponer ante el público que desde temprano se
ubica a cada orilla del camino.
Es
31 de diciembre de 2014. En Ipiales, municipio ubicado en la frontera
colombo-ecuatoriana, las fiestas de carnaval comienzan oficialmente con el
desfile de años viejos, y de manera particular las viudas encabezan la
caravana. Hay un intento de lluvia, pero no son más que diminutas gotas
refrescando el ambiente. No hace mucho frío. El cielo comienza a despejarse.
Las viudas que más temprano llegaron llevan cerca de tres horas esperando que
el caminar coja ritmo. Están encaramadas en tacones, vestidas con gigantes
trajes, maquilladas hasta sus uñas postizas, sudando por dentro y por fuera.
Oscar
Danilo Villacrés es el hombre tras “la curandera del chorro grande”. Trepado en
los tacones que luce, la viuda mide como un metro con ochenta. Viste un traje
de fantasía y más parece una reina que una mujer triste. Oscar Danilo es
maestro de baile. Desde hace doce años participa en los carnavales de Ipiales, y
los últimos seis han contado con su nombre en la lista de artistas que
representan las viudas del 31 de diciembre.
Fue
don Pio Tena, un taxista ipialeño, quien hace más de cuarenta años salió al
parque del 20 de julio vestido como mujer, todo de negro, enmascarado, para
acompañar un año viejo. Eran los años cuando según doña Carmen Solís -los
carnavales eran unas festividades propias de una clase elitista que salía en
sus caballos a echar serpentinas, tomaban vino donde sus novias y los niños
corrían tras ellos - buscando tesoros de papel.
Hoy
las hay de todo tipo. Llevan pelucas púrpuras, rojas, amarillas, o simplemente
lucen su propio peinado sin mayor complicación. Gastan todo el labial que
pueden en las mejillas de otros hombres que se niegan a dar una limosna.
Corretean a los caballeros del público con sus carruajes donde llevan muñecos
que simulan ser los hijos abandonados. Se muestran coquetas, o coquetos, ya no
se puede distinguir. Enseñan los falsos pechos, arriman sus enormes glúteos
armados con trapos, y lanzan elegantes piropos a los hombres que, tímidos,
prefieren echar una moneda a los bolsos antes que dejarse pintoretear de estos
atrevidos hombres vestidos de mujer.
Siguiendo
la tradición, Carmen Amelia, vistió a Gerardo Villacrés de “niña negra” para
que desfilara cada cinco de enero por las largas calles de Ipiales. Durante
veinte años, este artista del sur formó parte de los carnavales y durante cada
31 presentó sus motivos, bien con años viejos, o bien como viuda. Fue Gerardo
el que contagió a Oscar Danilo, a Carmen, a Brigith y hasta su nieta Asly del
espíritu artístico y el amor por las expresiones de la arraigada cultura que
celebra el fin y comienzo de año.
“Vení,
respondé, cómo me vas a abandonar, anoche no decías lo mismo” grita una viuda
que acompaña a uno de los años viejos que aspira ser premiado en el desfile de
hoy. Al decir del poeta Julio César
Chamorro, esta viuda, la del desfile del 31 de diciembre en Ipiales, es una
viuda andina, más “elegante”, más calmada. No se parece mucho a la viuda de Joselito
Carnaval, la barranquillera. La del sur es una viuda que hoy promueve un estilo
artístico, más bien elegante, es comunicadora de mensajes sociales, o como en
el caso de Oscar Danilo, brinda homenaje a las mujeres de la montaña, o de la
plaza del mercado - a las señoras del pueblo-.
En
medio de la calle Oscar Danilo, el artista hoy vestido de “la curandera del
chorro grande”, prepara su escenario. Baja la mirada, seca sus lágrimas, y en
medio de suaves gemidos, lanza un conjuro - vení, vení vení, vení cachirulo,
mataperros, saltatapias, chumado, entelerido. Vení vení, vení. No te quedarás. Que
la naturaleza te bendiga y que de tu cuerpo salgan todas las energías
negativas. Que te libere de los chismes, maldiciones, las deudas gota a gota,
las mentiras de los políticos en campaña. Vení, vení, vení. Con dos te miro,
con tres te ato. La sangre te debo y el corazón te parto, y si algo te debo con
un beso te chanto -. Baña con ramas de manzanilla al elegido, sopla con agua
bendita al infiel, y le zampa un beso en medio de la mejilla que queda marcada
como un recuerdo festivo del año que ya se va.
Delante
de Oscar, con otro motivo, camina Yolanda del Carmen Ramírez, artista del
Carnaval Multicolor de la Frontera, quien vistió a “La viuda de Márquez” en
homenaje a nuestro Gabito ya ido a otro mundo. Más adelante marcha Sebastián
Verdugo llevando el legado de su padre Fabio hombre del teatro de Ipiales. Hoy
representa a Soledad, pues según él, - Soledad son todas las mujeres plasmadas
en las obras de García Márquez-. Con
este ya son 14 años andando sobre tacones para Fabio René Rosero, quien
representa a la viuda de los amargos dolores de la patria.
Mientras
va recorriendo los siete kilómetros de extensión que tiene esta senda, la mente
de la viuda participante ya está dibujando el motivo del próximo año. “El Rock
no ha muerto, andaba de parranda” grita una viuda más allá. Se le acerca a los
caballeros, le muestra sus falsos senos, los acaricia con la peluca de rubia
tinturada, “prestáme esos ojos para irme de rumba el sábado”, “uyyy vos, ¿te
acordás de esos machotes que nos llevábamos al hotel nubes verdes?”. Corretea a
sus victimarios y todos ríen. Sólo hay que imaginarse a este muchacho de 21
años, con trasero exagerado, apenas cubierto de una falda, exhibiendo velludas
piernas, maquillado como la mejor, y depositando besos a los que se niegan
entregarle la moneda de la caridad.
Terminada
la extensa caminata sus pies llevarán la marca de su esfuerzo. El maquillaje
quedará deshecho por todo el rostro. Quedará el sabor del triunfo y de la
derrota. Habrá una viuda ganadora y un artista quedará desilusionado. Volverán
a sus hogares a guardar sus trajes y con nostalgia algunos y alegría otros,
cada uno, cada una, recibirá el nuevo año desde el brindis de su propio
corazón.
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viernes, 18 de abril de 2014
ES ENTRE GABO Y YO
Aplacé el inicio de mi sexto grado de bachillerato dos días
más de lo planeado. Estando de vacaciones en las tierras antiqueñas que vieron
nacer a mi madre, un zancudo dejó su huella en mi párpado. La inflamación no me
permitía abrir el ojo, pero la vergüenza era más grande y demoré lo que más
pude en retornar a los días del nuevo año escolar. En ese año se nos juntó el
deseo de amar por primera vez y por hablar de futuro.
Años antes Margarita, mi madre, la paisa llegada al sur por
puro amor, me había provocado un gusto particular por la lectura. Su voz
pausada, suave, a veces llena de ligeros murmullos, me leía libros enteros
durante semanas. Dedicábamos tardes de sol o de larga lluvia para sentarnos en
el patio trasero de la casa y leer durante horas sin final.
Fue Álvaro Flórez, el profesor del área de Castellano y
Humanidades al que se le ocurrió la idea de organizar los viernes de
biblioteca. En la lista de asistencia, al lado de cada nombre, apareció
asignado el título de una obra de la literatura universal que debía ser leído y
releído para luego redactar un resumen analítico del texto. Ese año la suerte
me arrojó a la mesa de lectura “El túnel” de Ernesto Sábato.
El desinterés inicial no demoró mucho en el cuerpo y se
marchó rapidito de la cabeza. Tratar de descifrar el código del asesinato en
medio de ese ambiente policiaco y artístico dibujado por el maestro argentino
me atrapó en cuestión de unos pocos párrafos. Sentí un viento frío. En medio
del temblor, por primera vez, consciente, creí haber descubierto el deseo de
redactar en algún tiempo un relato como el que en mis manos cobraba vida la
imaginación.
Emocionado decidí regresar en la tarde a la biblioteca. –Para
qué va a ir al colegio de nuevo- me cuestionó mi Margarita. –Para leer, le
dije. En sus ojos verdes surgió un brillo, como cuando la maestra asume que el
pupilo ha cobrado vida propia. También supo que ya no leeríamos juntos y ahí
esos mismos ojos dejaron ver una pequeña lágrima por las futuras ausencias.
No pasaron muchas semanas y el libro ya se había leído entre
la hora asignada y las tardes voluntarias. –Quiero otro libro – reclamé pronto
a la bibliotecaria. “Crónica de una muerte anunciada”. – Te tocó este. Una
versión ya deshojada y con su contraportada rayada de burlescos garabatos. Ocho
años tenía cuando el nombre de Gabriel García Márquez sonó por primera vez para
mi vida. Tres años más adelante volvía la figura del escritor que había
ascendido a la cumbre, con el propósito de no irse nunca más.
A tal punto notó mi madre el gusto por el autor que pronto
encontró un nuevo libro para retornar las jornadas de lectura compartida al
calor de la caspiroleta que me hacía hervir la sangre. Cuando leímos juntos “El
amor en los tiempos del cólera” se provocó sin disculpa la búsqueda por ir tras
las cartas de amor de mis padres, tratando de recuperar la historia de un
romance propio.
Otros maestros alentaron con el tiempo el gusto por la
comunicación. Tuve miedo de tomar el camino del periodismo y preferí elegir el
amor por la escritura como una pasión a la que le dedicaría el mejor tiempo de
la vida, cuando ya no fuera necesario trabajar. Conocí al Gabo periodista en
papeles fotocopiados de sus notas de prensa y ya no hubo escapatoria. Con el
documental de la “Escritura Embrujada” sentí la tentación de descifrar los
códigos de la carpintería a la hora de escribir y con la relectura constante de
“Cien años de soledad” decidí ir de una vez y para siempre tras las historias
de mis propios ancestros, de mis recuerdos, de mis añoranzas y de mi vida en el
escondido sur.
Me propuse visualizar el futuro y una imagen de García
Márquez acompañó el ejercicio de la atracción por el escritor que quería y que
quiero ser. Fue necesario entender su vida y no se podía aplazar el estudio de
la obra, del autor y su carácter determinado por la conquista del sueño que en
épocas de hambre sonaba a imposible.
Su voz me hizo compañía, su historia se convirtió en faro y
sus relatos se constituyeron pronto en una mentoría a la distancia, desde la
ausencia,: en un canto fantasmal que se quedó zumbando con insistencia. Por eso
su muerte resulta significativa para mí, para este hombre del sur, para este
aprendiz de escritor. No se llora su partida, no se lamenta su ausencia. Se
despiertan retos y nuevos sueños, y por tanto el alma se conmueve y se sacude,
porque llegó la hora de lograr que el anhelo se cumpla. Esto es así, entre Gabo y yo.
Gracias Maestro.
lunes, 10 de marzo de 2014
PRÓXIMA ESTACIÓN: PASTO. TRENCITO DE LOS ANDES - CONCERTO EQUINOXIALIS.
domingo, 8 de septiembre de 2013
AMIGO CAMACHO
Por: Gustavo Montenegro Cardona
Coordinador
Area de Comunicaciones - Fondo Mixto de Cultura de Nariño.
Miguel Camacho Castaño es un hombre
de nostalgias. Disfruta un plato de cerdo hornado, y el primer sorbo de la
gaseosa de producción regional lo lleva a su infancia. Cada recuerdo es un
pretexto para narrar una historia. El sabor del líquido en recuerdo sirve para
conocer un relato sobre logotipos de Coca-Cola y Pepsi. Miguel es diseñador
gráfico: sabe de lo que habla.
Cada tanto tiempo recibe una llamada
a su celular por parte de la Señal Radio Colombia. En pocos minutos estará al
aire para hablar de lo que ha pasado hasta el momento en PASTOJAZZ y su tercera
versión. Con honesta sencillez habla de su amigable relación con Celia Cruz,
reconociendo el valor de la fraterna relación siempre pone por encima la
grandeza de la artista, Miguel no se deja engañar por su ego.
Desde que llegó a Pasto se hizo parte
del equipo de organización de PASTOJAZZ. Con profesionalismo ha logrado
aprovechar cada instante para convertirlo en una acertada nota periodística.
Guiado a la distancia por su gran amigo, por su hermano José Arteaga, el
periodista pastuso, Miguel Camacho se ha deleitado con la riqueza gastronómica
de este sur que se siente honrado en contar con su presencia como enviado del
sistema de medios de Señal Colombia y voz de la HJCK para el festival de jazz
en Pasto.
Siempre anda de buen humor, y su
figura de hombre serio se desmitifica en segundos gracias a que siempre guarda
un apunte, una sonrisa que agrada o un comentario que deja más de una
enseñanza. Su misión de narrar los momentos de PASTOJAZZ ha ido más allá, y su
voz no podía ser más adecuada para el festival y sin dudarlo se convirtió en el
presentador oficial de las agrupaciones que han llegado cada noche con sus
diversas propuestas a contagiar de felicidad musical el escenario del Teatro
Imperial.
Viajar con Miguel es viajar por un
sendero de relatos que traen a la memoria su conocimiento musical, su
experiencia como radialista, sus encuentros gratos con las personalidades de la
vida pública nacional e internacional, o con anécdotas simples cargadas de
intensidad vital.
Se lo ha visto recorrer cada esquina
del Teatro, se lo ha visto en las esquinas de Pasto. Disfruta la música como
comensal de buena mesa. Disfruta de Pasto como un joven aventurero. Habla de
música como si narrara su propia historia. Hace radio con la frescura del buen
conversador. Tiene las imágenes apropiadas para titular cada nota que con
juicio envía en las primeras horas de la mañana a la página web de Señal Radio
Colombia.
Al parecer la nota sobre Celia Cruz,
su amiga, no pudo salir al aire como él quería en el especial sobre los “negros
y la música” que se hacía en la Radio Nacional. Mientras aguarda su salida AL
AIRE, disfruta un chupón, helado cubierto de miel y limón propio de este frío
sur. Su mente danza en la memoria, en la nostalgia que le ha partido el
corazón, porque quiere estar en la cabina de su emisora, mientras desea
quedarse en Pasto por siempre. PASTOJAZZ lo espera de nuevo, amigo Camacho.
FOTOGRAFÍAS: Andrés Ceballos, Página 10, Jonnatan Polo, Lorena Garzón
Etiquetas:
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