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jueves, 15 de octubre de 2015

DISEÑANDO FANTASÍAS

SERIE: BAILAR, REZAR, NARRAR.
Historias de San Pacho


Los cachés no se hacen solos.
Por: Gustavo Montenegro Cardona

Te comprendo Johana, cualquier persona que haya pasado noches enteras durante los últimos tres meses diseñando y fabricando 1.700 vestuarios para las comparsas de las fiestas franciscanas estaría igual de cansada.

Es casi natural que pidas que te maquillen para verte más presentable ante la cámara que registrará tu testimonio como diseñadora de cachés para las fiestas san pacheras. Son esas decisiones las que hacen notorio tu carácter y tu determinación como diseñadora, empresaria y artesana.

Hoy, justamente hoy, estás de cumpleaños “los suficientes” dices en medio de esa carcajada que deja ver que te muestras seria, pero eres una mujer de alegría plena, sonriente, feliz, dichosa. Por eso te sientas con absoluta naturalidad, dejando reposar todo el cansancio acumulado por esas jornadas que como bien dices “pueden comenzar a las ocho de la mañana, y terminar al día siguiente”.


Johanna Valoyez con integrantes de su equipo en el taller "Arte y Joya"

Así te empezamos a conocer Lady Johanna Valoyez Cuesta, la espléndida representante legal del taller “Arte y Joya” que al decir de varios sanpacheros hoy diseña los mejores cachés para las fiestas de San Pacho. Bien lo explicas “el caché es el vestuario que lucen las empresas, entidades, o personas que de cada barrio desfilan durante la fiesta, se compone del vestuario, los accesorios, la parafernalia y el tocado”.

Pero esos cachés no se hacen solos. La calle, tu pasarela principal, exhibe hoy por hoy, el resultado de tus 19 años de experiencia profesional y de presencia de tus cachés elaborados a mano en las exuberantes fiestas san pacheras. Lo que muchos no saben es que durante esos años, en el día a día, suceden hechos como requerir para el desfile de Cristo Rey ciento diez  máscaras y recibir del proveedor solamente diez, a las once de la mañana, una hora antes de iniciar el desfile. O pasar por la presión de recibir una orden de pedido de un día para otro como la solicitud que te hicieron el primero de octubre para diseñar el caché del desfile del Niño Jesús que sale el tres al medio día.


El "Caché" es un vestuario que quien desfila lo luce con orgullo y gozo. 

Mientras conversamos se siente ya el sonido de los cohetes de pólvora que anuncian que el último desfile del año ya se acerca. Vienen bailando, saltando, gritando y gozando los vecinos del barrio Alameda Reyes. A ellos les correspondió ser los anfitriones de la fiesta del 2 de octubre. Son las cuatro de la tarde y tu deber de matrona del taller es animar a tus colaboradores a sumarse al bunde que arrastra con toda la fuerza de la música del pacífico a que los pies se muevan prácticamente solos.

Javier Restrepo Rengifo, un joven integrante del taller, luciendo sus lentes oscuros, y con algunas copas ya encima, se asoma al balcón y anuncia que “ya vienen las comparsas y dentro del movimiento de gente viene un caché elaborado por Arte y Joya”. Javier aprendió de ver, de mirar. Hace tocados, pecheras, correas, bastones. “Todo lo que sea lo elaboro yo”. Y a medida que llega la música interpretada por la chirimía ya se nota la emoción que las fiesta despierta en él.

 “En 19 años no había salido en una comparsa”, nos cuentas Johanna con un aire que parece ser una disculpa pública, pero no es para menos. Con todo el trabajo que significa que de 55 cachés que participaron en 2015, 23 hayan sido fabricados en tu taller, es porque se ha debido hacer el sacrificio de dejar que la fiesta pase ante tus ojos. “Y logramos que ningún traje se parezca a otro” afirmas con plena seguridad, dejándonos entender que ese es tu principal aporte a la fiesta san pachera.


 La Chirimía, el conjunto musical que acompaña las comparsas es fundamental en el desfile donde se lucen los cachés, el disfraz, y la danza que marca la alegría de la fiesta San Pachera. 

Yamile Romaña lleva junto a ti tres años siendo ayudante del taller. Mientras elabora un cinturón que lucirá la comparsa del Niño Jesús, se debate entre la pena de la entrevista, la alegría, y el esfuerzo de lograr un buen resultado en tu diseño. Disfruta tanto la elaboración del caché como gozó a sus 16 años salir durante todos los días de la fiesta a bailar, y gozar. Ahora sólo se asoma a la venta para ver pasar el desfile y siente palpitar el corazón cuando aquellos que lucen los trajes elaborados por sus manos la saludan, le mandan besos, agradecen, saltan y gritan sabiendo que lucen, como dice Johanna “el caché que les da estatus, presencia. La gente, lo entendí apenas ahora que salí por primera vez a un desfile, le gusta que la admiren, que contemplen su caché, porque han pagado un precio por él”.

“Homenaje a San Francisco” es el caché que hoy luce una de las comparsas del barrio Alameda-Reyes, una de las zonas más comerciales de Quibdó. Desde ya, Johanna empiezas a pensar en el próximo año, desde ya nacen las nuevas ideas, y los diseños empiezan a rondar por tu cabeza. Mientras unos gozan de la fiesta de San Pacho, tú, a tu manera, contribuyes para que cada desfile sea un auténtico carnaval y una elegante muestra de religiosidad popular.

sábado, 3 de octubre de 2015

LA FE NAVEGA EN EL ATRATO

SERIE: BAILAR, REZAR, NARRAR.
Historias de San Pacho


3 de octubre para la memoria
Por: Gustavo Montenegro Cardona

Las manos del artesano

Se comprometió a llegar temprano y desde las cinco y cincuenta de la mañana ya estaba listo con todo el material. Su misión, armar la balsa mayor que encabeza la procesión fluvial del tres de octubre. La punta de lanza de la balsada, evento fundamental en el cierre de las fiestas de San Pacho, estaba, de nuevo, en las manos artesanales de Casimiro Perlaza.

Carga con un cuerpo de 1,70 cms, es ebanista y aprendió a trabajar la madera por herencia familiar. Desde su puesto de mando orienta a un equipo de cinco personas que carga en sus manos los clavos, los martillos, los serruchos y las maderas para armar la estructura de nueve metros de largo por cuatro metros de ancho que servirá de reposo para la comitiva principal de las fiestas de San Pacho.  

Casimiro sabe que tiene una gran responsabilidad. Esta es el quinto año que se le asigna el reto de armar esta tarima flotante. Ya son las seis y media de la mañana y a primera vista se nota un armazón de listones y tablas entrecruzadas sobre tres frágiles canoas. Sin embargo, al subirse a la estructura se tiene la sensación de estar sobre piso firme.

 Casimiro Perlaza en acción, construyendo la tarima que servirá para la balsa mayor. 


Memoria de trescientos años…y más.

En el contexto de las fiestas franciscanas el tres de octubre es la fecha cuando se conmemora el día que Fray Matías Abad llegó con la imagen del Santo de Asís en 1648 en una balsa remada por indígenas al pueblo de Quibdó, como lo recuerda Ramón Cuesta Valencia, presidente de la Fundación Fiestas Franciscanas.

Casimiro junto a su equipo es el responsable de la estructura de madera, Hammer Antonio Ramos Rentería, por su parte, fue el responsable de diseñar conceptualmente la balsada de este 2015. Para Hammer todo esto resulta una emoción sublime. Suena el martillo, péguele a ese clavo. Grita Casimiro “páseme uno de un cuarto”. Se gritan y se entienden entre ellos. Se mueven entre las canoas haciendo un equilibrio que resulta un caminar natural. Se meten al agua, salen del agua. Serruchan, serruchan, martillan. En el ambiente parece una música de percusión la armada de la significativa estructura. “Yo le meto todo a esta balsada” dice con orgullo Casimiro. “Yo se la meto toda a este tres de octubre”, afirma Hammer, quien a sus 44 años de edad, con tres hijos, y como el dibujante de arquitectura que es, narra con emoción evidente en su voz y sus ojos, lo feliz que lo hace ser el responsable del diseño de la balsa mayor.


Hammer, el diseñador de la balsa mayor.

Entre balsas y bongos.

Vestida, como ella dice, al mejor estilo de la herencia africana, Noency Mosquera Martínez, “conocida en el campo artístico y cultural como El Bongo de Bojayá”, se asoma a las nueve de la mañana por el puerto arenero del barrio San Vicente para revisar que todo esté bien. “Está quedando preciosa la balsa mayor” dice la compositora, cantante, gestora y líder cultural.

El Bongo, como la balsa mayor, es la figura que hace alusión al bote más grande que existe en el río Atrato, y con esa fuerza femenina, Noency resalta que “En los eventos culturales está la esencia de las fiestas patronales de San Pacho”, destacando el mensaje que para este año ha decidido llevar el comité responsable de armar la balsa mayor.


Ella es "El Bongó de Bojayá".

Eulalia Casas es una mujer robusta. Desde donde la miro debe medir más de uno con ochenta. Son las nueve y quince minutos de una mañana calurosa, de cielo nublado, y una ligera, ligerísima brisa. “La seño” como la llama Hammer está atenta a todo el proceso de levantamiento de la estructura. Opina sobre cada detalle. Camina, corre, pasa una piña, pasa un cartucho, se sube a la balsa, se baja, habla con el uno, habla con el otro. Corrige, llama a aquel, llama a fulano, señala un puesto, señala otro lugar. En medio del agite nos cuenta que el propósito de este año ha sido “Resaltar, que eso es lo que tenemos que hacer en las festividades, fortalecer los eventos culturales, haciendo realce a eso, y mandando este mensaje a todos los que participamos, que fortaleciendo, haciendo parte de los eventos contribuimos a la paz de este país”.

Faltan veinte minutos para las diez. El puerto está lleno de personas. Al fondo se escucha un grupo de chirimía ensayar. Cada barrio se ha esmerado por tener su mejor balsa acompañante. Bombas, arcos, flores, san pachos en madera, san pachos en yeso, andas, festones, mujeres vistiendo los cachés de los días pasados, otra banda por allá. Y ahí está Casimiro aún martillando, aún serruchando. Ya falta poco tiempo para comenzar el viaje.

Asuntos de fe, de río, de bosque.

Al Santo lo han decorado con las flores exóticas típicas de la región. No es posible hablar de balsada sin tener presente el mensaje de protección medio ambiental. Con una paz interior que proyecta en medio de su 1,90 de estatura, el profesor Edison Blandón recuerda que San Francisco fue nombrando el santo patrono de la ecología y el medio ambiente. De ahí que con mayor razón se haga un esfuerzo para que la balsada sea una expresión de la relación amigable con el río, con el bosque, con la madera, con el entorno más biodiverso del país.

Son las diez de la mañana. Hammer celebra con sus lágrimas la emoción que le produce este día en especial. Casimiro deberá viajar atento a cualquier circunstancia que pueda pasar durante la navegación. El Santo de Asís se ha apuntalado bien para poder encabezar la marcha fluvial. Arranca la balsada, y dos personajes anónimos para la mayoría del público quibdoseño hoy han puesto su mejor esfuerzo para conmemorar aquella primera llegada de San Pacho a través de este río Atrato por donde hoy navega la fe.  





martes, 6 de enero de 2015

CARNAVAL EN PRIMERA PERSONA

Por: Gustavo Montenegro Cardona



Quien entre a la casa de mi padre, después de cruzar el primer pasillo donde queda su consultorio, y justo frente al primer patio, se encontrará con una antigua máquina de coser. Protegido por un vidrio, el mueble sirve de soporte a una fotografía impresa en papel. En ella todos estamos pintados de negro. Enrique Cardona, mi tío, que llegó a visitarnos junto con su esposa de ese tiempo y sus cuatro hijas. A su lado estamos mi hermano, un primo lejano; Claudia, la niña que adoptamos en casa, mi madre que gozaba como nosotros, mi padre en sus mejores años, Jaime, el responsable del desorden y yo. Jugábamos a carnavales y la experiencia quedó conservada como una foto para la memoria familiar, pero dispuesta para todos los ojos.

En la casa materna, en Ipiales, al sur de Colombia, durante carnavales todos despertábamos con ansiedad esperando que sonara el timbre en la puerta principal. Jaime Armando Figueroa, un amigo de toda la vida, tumaqueño, de un metro con noventa llegaba de improviso. Cubría su cabeza con un gigante sombrero de paja y asistía a la casa con tanto cosmético negro entre sus dedos, que bastaba un solo manotazo para que todos quedáramos pintoreteados hasta las orejas en cuestión de pocos segundos.

Usábamos un antifaz de plástico que en no más de tres rocíos de la carioca de ese entonces quedaba desbaratado. La espuma del carnaval venía en unos envases rojos, delgados, y se guardaba con esmero, pues la poca cantidad del contenido debía durar al menos las dos horas del desfile. Se las denominada cariocas, emulando la festividad brasilera y porque así venían etiquetadas. Lanzaba un chorro débil y fugaz, y su color rosado no demoraba mucho en teñir la ropa. Realmente parecía más la copia de un desodorante que un artículo para jugar carnaval.

Cuando estábamos pintados hasta el ombligo, juego que sucedía al interior de la casa, entre los patios dispuestos para la persecución de unos y otros, nos disponíamos para la foto del recuerdo. Mi padre entonces sintonizaba la emisora en una vieja grabadora a la que mi madre hasta le había cosido su propio forro, y el fondo musical nos hacía compañía festiva mientras aguardábamos el desfile de cada día.

Eran los años cuando sólo se jugaba al cinco y al seis de enero. Lo del carnavalito, el carnaval de la expronvicia, y el día de la juventud se fueron sumando con los años por la necesidad de proponer un carnaval incluyente a todas las generaciones y las diversas comunidades del entrañable y complejo Ipiales.

Cuando el desfile salía desde Bavaria teníamos la ventaja de ser espectadores de primera fila. Era un verdadero gusto salir a la calle una vez sentíamos los primeros acordes de la bombarda que marcaba el compás de la patrimonial Banda Municipal que escoltaba a la trajinada máquina de bomberos desde donde la Reina de cada año lanzaba serpentinas, confites y besos que ponía felices a los coquetos caballeros.

Don Aníbal Bastidas, el carpintero del barrio, el suegro de Jaime, y vecino de al lado, nos surtía de aserrín para el año viejo del 31 de diciembre, y durante carnavales era la alegría caminando. Iniciado el desfile cerraba la carpintería y cuando se unía al grupo ya el tufo a aguardiente y a cigarrillo Pielroja sin filtro delataba su nivel de entusiasmo.

Durante el desfile del cinco apreciábamos con extrañeza la llegada de la familia Ipial. La exhibición de objetos prehispánicos durante el desfile, nos hizo creer en algún momento, que las figuras similares que mi padre conservaba en la casa podían tener un valor incalculable por ser piezas de los ancestros que tal vez se hubieran descubierto en alguna guaca de oro en los tiempos de los abuelos. La idea no tardó mucho en desmoronarse. Nos asustábamos con los hombres disfrazados de monos que lanzaban azotes y con los cusillos, aquellos danzarines que se cubrían con los costales de fique y castigaban con una vejiga de cerdo.

El seis todo era distinto. La calle era una sola nube blanca. Se usaba un nuevo antifaz y el ritual era el mismo. Jaime llegaba, nos vaciaba los tarros de talco en las cabezas como si fuéramos pasteles para hornear, nos tomábamos la foto, y la calle nos esperaba con melodías de lo que siempre identificamos como música ecuatoriana. Las pocas carrozas ya eran magníficas, aunque no llevaban el color de las de estos días, y a su paso aún se sentía el olor fresco del papel recién encolado. Terminado el desfile la orden era una sola, jugar, jugar hasta el cansancio, hasta quedar con la cara pegachenta, y la piel tostada, como si se fuera a partir. Lanzábamos talco, untábamos cosmético blanco y dejábamos que otros hicieran una fiesta con nosotros.

Entonces llegaban Andrés, Norman, Oscar Julián, Osman, los hijos de los militares vecinos, el Ñato, y toda una correría de chiquillos. Tras ellos, algunas horas después, llegaban sus padres a levantar la fiesta en la sala de nuestra casa. Mi madre, anfitriona única, servía chocolate con sándwiches de queso para que tuvieran peso en el estómago y así, sin remordimiento, luego les empacaba todo el aguardiente posible.

Llegada la noche nos enfrentábamos a la osada tarea de quitar de encima todo el polvo y el cosmético que se había recibido en la jornada lúdica. Tomaba largas horas de baño con agua caliente, montones de algodón empapados de aceite, jabón azul, jabón de tierra y todo tipo de recetas caseras para eliminar las marcas del carnaval, que a pesar de todos los esfuerzos, se quedaban durante un par de días más recordándonos la diversión de las buenas horas vividas en medio de la fiesta popular.

Treinta años después la fiesta es diferente, la espuma reemplazó al talco, el cosmético es de múltiples colores, ya no se juega en las casas y tampoco hay fiesta en el patio. Las carrozas son monumentales, sus motivos retratan todo lo que somos como cultura, los colores y el brillo en nada se compara con la palidez de aquellos años de mi infancia. Ya no hay quien nos asuste, año tras año los artistas se esmeran por brindar lo mejor de su locura creativa a los millones de espectadores que aún se maravillan por el efímero arte que ahora cubre extensos kilómetros de una senda que ya no cabe en nuestras ciudades.

Cientos de murgas, comparsas, disfraces, carrozas no motorizadas y enormes carruajes de fantásticos motivos se toman, ya no sólo Ipiales, sino buena parte de Nariño, algunos municipios de Cauca y Putumayo y hasta zonas del Ecuador. Ya no viene mi tío, pero miles de turistas regresan hechizados por el delirio colectivo que despierta este carnaval que no dibuja fronteras.

La madre ya no sirve chocolate a los invitados. Miles de casetas se tomaron las aceras de los parques para hacer de la comida un negocio de temporada que deja réditos a algunos pocos, así como a los dueños de las cervezas y los pasabocas de fécula de maíz. Abunda la publicidad y las orquestas. Mucho mercado, poco barrio. Mucho “perfumado”, pocos Castañedas en el cuatro. El baile en los parques sigue pareciendo un riesgo. Sin embargo, qué no hubiera dado mi madre por tener las redes sociales y la tecnología de hoy para compartir con los suyos la fiesta del sur que día a día tiene más canales para su difusión.

Nunca me hubiera imaginado que quince años después estaría viviendo y enamorándome de uno de los carnavales más sorprendentes del país y que estuviera buscando, una y otra manera para narrar los relatos y las historias que nos permitan defender este patrimonio que, como la foto de mi casa, se cuida porque ahora le pertenece a todos.

viernes, 2 de enero de 2015

SOMOS EL PATRIMONIO

Por Gustavo Montenegro Cardona.

Relato desde LA OTRA SENDA - Ipiales, Nariño.



La primera semana de enero en San Juan de Pasto está marcada por seis días de celebración festiva. El tradicional día de asueto de los esclavos negros por los años de la colonia terminó convirtiéndose en una conmemoración por la libertad humana. Luego, un desprevenido juego de talco perfumado desencadenó una serie de celebraciones que terminaron por engalanarse en 1920 con las primeras carrozas elaboradas por las hábiles manos de los artesanos pastusos.

La mezcla de las tradiciones indígenas y campesinas que en los mismos días se manifestaban como plegarias para el cuidado de los sembrados, sumadas a la teatralidad, la personificación, y los mitos españoles, y el grito por la libertad de la herencia africana terminó por cristalizarse en los carnavales de negros y blancos que en 2009 fueron declarados, por la UNESCO, como patrimonio cultural inmaterial de la humanidad.

Si el patrimonio se define como la adquisición de un objeto de valor por parte de una persona o una familia para generar con el tiempo una apreciación económica, el patrimonio cultural también se sustenta en los valores, en el sentido que una herencia tiene para la memoria del pasado, tanto como para las generaciones del futuro. Es decir, el carnaval de negros y blancos tiene valor para quienes lo provocaron, para quienes lo viven en el presente y para aquellos que jugarán y lo disfrutarán en los años porvenir.

Casi cien años después el carnaval original, por lógicas razones de la dinámica cultural, ya no es el mismo. La ciudad que le dio nacimiento, ya no es la misma. Las calles por donde transitaron las primeras carrozas se han transformado igual que lo han hecho sus habitantes, sus cuadras, sus barrios, sus veredas y linderos. Tantos movimientos en las entrañas de la que fue considerada como la “fiesta popular más importante del país” empezó a manifestar riesgos, riesgos que a su vez afectan el valor. Si el valor se afecta, el patrimonio se arriesga, y por tanto se debe entrar a defender.

Se sumaron tanto riesgos de la manifestación que la UNESCO aprobó que el carnaval se defendiera para su conservación, así también lo había hecho el Estado colombiano, y los gobiernos locales y regionales. 

Si primero se jugaba sólo por el día de la raza negra, más adelante se sumó el homenaje al día de blancos, hoy se suma un día para los jóvenes y las colonias. Hay una jornada para integrar a la cultura andina e indígena del territorio, y las zonas rurales se alcanzaron a reconocer en los desfiles de la familia Castañeda. Hoy, hasta se celebra con cuy y trucha.

Del talco perfumado se pasó por la cal, y la harina disfrazada. Los rostros se han pintado con betún hasta con elaborados cosméticos que han transitado desde el negro puro hasta una enriquecida gama de colores que destiñeron la esencia original del denominado juego de la pintica. Ya no hay serpentinas, y las reinas tampoco son las mismas.

En la televisión hablan de ferias de blancos, confunden la ubicación geográfica de Pasto, y la espuma de carnaval invadió un mercado propicio para todo tipo de celebración popular en el país. Particulares, privados y hasta el mismo estado han visto todo tipo de negocios posibles.

Toda la transformación visible e invisible obliga a generar cambios, adecuaciones, nuevas historias y cuidados especiales. Cuidar el patrimonio es la tarea. Lo que venga en adelante dependerá entonces, no sólo de los organismos responsables de su promoción, administración y direccionamiento. El patrimonio que significa estos diversos, complejos y particulares carnavales del sur, es un asunto de todos, de todas.

Juego, artistas, artesanos, músicos, teatreros, murgueros, jugadores, públicos, privados, turistas, invitados, ajenos, propios, los de aquí, los de allá; Ministerio, Gobernación, Alcaldías, concejales, concejalas, amigas, amigos, enemigos, extraños y lejanos, y los que escribimos notas sobre el carnaval, toditos, todos, tenemos que ver con el Carnaval de Negros y Blancos, con su protección como patrimonio de la humanidad.







miércoles, 31 de diciembre de 2014

VIUDAS SIN MUERTO

La crónica del 31 de diciembre, desde LA OTRA SENDA en Ipiales. 


Por Gustavo Montenegro Cardona

A las cinco de la mañana asaltan los vestidores de sus hermanas, madres o tías. Toman sus bolsos o rebuscan hasta encontrar una vieja cartera o lo que sirva para llevar en las manos o al hombro. Se maquillan o usan la experiencia de alguna amiga para ruborizarse, untarse los labios de cualquier color y los más osados dibujan líneas de color bajo sus ojos. Toman el maquillaje que resta y salen a las calles de Ipiales para llegar a las siete de la mañana a la concentración del desfile. Las llaman viudas y deben acompañar por requisito a un “año viejo”, un muñeco que representa a un personaje o simboliza un mensaje que el artista del carnaval desea exponer ante el público que desde temprano se ubica a cada orilla del camino.



Es 31 de diciembre de 2014. En Ipiales, municipio ubicado en la frontera colombo-ecuatoriana, las fiestas de carnaval comienzan oficialmente con el desfile de años viejos, y de manera particular las viudas encabezan la caravana. Hay un intento de lluvia, pero no son más que diminutas gotas refrescando el ambiente. No hace mucho frío. El cielo comienza a despejarse. Las viudas que más temprano llegaron llevan cerca de tres horas esperando que el caminar coja ritmo. Están encaramadas en tacones, vestidas con gigantes trajes, maquilladas hasta sus uñas postizas, sudando por dentro y por fuera.

Oscar Danilo Villacrés es el hombre tras “la curandera del chorro grande”. Trepado en los tacones que luce, la viuda mide como un metro con ochenta. Viste un traje de fantasía y más parece una reina que una mujer triste. Oscar Danilo es maestro de baile. Desde hace doce años participa en los carnavales de Ipiales, y los últimos seis han contado con su nombre en la lista de artistas que representan las viudas del 31 de diciembre.



Fue don Pio Tena, un taxista ipialeño, quien hace más de cuarenta años salió al parque del 20 de julio vestido como mujer, todo de negro, enmascarado, para acompañar un año viejo. Eran los años cuando según doña Carmen Solís -los carnavales eran unas festividades propias de una clase elitista que salía en sus caballos a echar serpentinas, tomaban vino donde sus novias y los niños corrían tras ellos - buscando tesoros de papel.

Hoy las hay de todo tipo. Llevan pelucas púrpuras, rojas, amarillas, o simplemente lucen su propio peinado sin mayor complicación. Gastan todo el labial que pueden en las mejillas de otros hombres que se niegan a dar una limosna. Corretean a los caballeros del público con sus carruajes donde llevan muñecos que simulan ser los hijos abandonados. Se muestran coquetas, o coquetos, ya no se puede distinguir. Enseñan los falsos pechos, arriman sus enormes glúteos armados con trapos, y lanzan elegantes piropos a los hombres que, tímidos, prefieren echar una moneda a los bolsos antes que dejarse pintoretear de estos atrevidos hombres vestidos de mujer.

Siguiendo la tradición, Carmen Amelia, vistió a Gerardo Villacrés de “niña negra” para que desfilara cada cinco de enero por las largas calles de Ipiales. Durante veinte años, este artista del sur formó parte de los carnavales y durante cada 31 presentó sus motivos, bien con años viejos, o bien como viuda. Fue Gerardo el que contagió a Oscar Danilo, a Carmen, a Brigith y hasta su nieta Asly del espíritu artístico y el amor por las expresiones de la arraigada cultura que celebra el fin y comienzo de año.



“Vení, respondé, cómo me vas a abandonar, anoche no decías lo mismo” grita una viuda que acompaña a uno de los años viejos que aspira ser premiado en el desfile de hoy.  Al decir del poeta Julio César Chamorro, esta viuda, la del desfile del 31 de diciembre en Ipiales, es una viuda andina, más “elegante”, más calmada. No se parece mucho a la viuda de Joselito Carnaval, la barranquillera. La del sur es una viuda que hoy promueve un estilo artístico, más bien elegante, es comunicadora de mensajes sociales, o como en el caso de Oscar Danilo, brinda homenaje a las mujeres de la montaña, o de la plaza del mercado - a las señoras del pueblo-.

En medio de la calle Oscar Danilo, el artista hoy vestido de “la curandera del chorro grande”, prepara su escenario. Baja la mirada, seca sus lágrimas, y en medio de suaves gemidos, lanza un conjuro - vení, vení vení, vení cachirulo, mataperros, saltatapias, chumado,  entelerido. Vení vení, vení. No te quedarás. Que la naturaleza te bendiga y que de tu cuerpo salgan todas las energías negativas. Que te libere de los chismes, maldiciones, las deudas gota a gota, las mentiras de los políticos en campaña. Vení, vení, vení. Con dos te miro, con tres te ato. La sangre te debo y el corazón te parto, y si algo te debo con un beso te chanto -. Baña con ramas de manzanilla al elegido, sopla con agua bendita al infiel, y le zampa un beso en medio de la mejilla que queda marcada como un recuerdo festivo del año que ya se va.


Delante de Oscar, con otro motivo, camina Yolanda del Carmen Ramírez, artista del Carnaval Multicolor de la Frontera, quien vistió a “La viuda de Márquez” en homenaje a nuestro Gabito ya ido a otro mundo. Más adelante marcha Sebastián Verdugo llevando el legado de su padre Fabio hombre del teatro de Ipiales. Hoy representa a Soledad, pues según él, - Soledad son todas las mujeres plasmadas en las obras de García Márquez-.  Con este ya son 14 años andando sobre tacones para Fabio René Rosero, quien representa a la viuda de los amargos dolores de la patria.



Mientras va recorriendo los siete kilómetros de extensión que tiene esta senda, la mente de la viuda participante ya está dibujando el motivo del próximo año. “El Rock no ha muerto, andaba de parranda” grita una viuda más allá. Se le acerca a los caballeros, le muestra sus falsos senos, los acaricia con la peluca de rubia tinturada, “prestáme esos ojos para irme de rumba el sábado”, “uyyy vos, ¿te acordás de esos machotes que nos llevábamos al hotel nubes verdes?”. Corretea a sus victimarios y todos ríen. Sólo hay que imaginarse a este muchacho de 21 años, con trasero exagerado, apenas cubierto de una falda, exhibiendo velludas piernas, maquillado como la mejor, y depositando besos a los que se niegan entregarle la moneda de la caridad. 

Terminada la extensa caminata sus pies llevarán la marca de su esfuerzo. El maquillaje quedará deshecho por todo el rostro. Quedará el sabor del triunfo y de la derrota. Habrá una viuda ganadora y un artista quedará desilusionado. Volverán a sus hogares a guardar sus trajes y con nostalgia algunos y alegría otros, cada uno, cada una, recibirá el nuevo año desde el brindis de su propio corazón.


viernes, 18 de abril de 2014

ES ENTRE GABO Y YO

Aplacé el inicio de mi sexto grado de bachillerato dos días más de lo planeado. Estando de vacaciones en las tierras antiqueñas que vieron nacer a mi madre, un zancudo dejó su huella en mi párpado. La inflamación no me permitía abrir el ojo, pero la vergüenza era más grande y demoré lo que más pude en retornar a los días del nuevo año escolar. En ese año se nos juntó el deseo de amar por primera vez y por hablar de futuro.

Años antes Margarita, mi madre, la paisa llegada al sur por puro amor, me había provocado un gusto particular por la lectura. Su voz pausada, suave, a veces llena de ligeros murmullos, me leía libros enteros durante semanas. Dedicábamos tardes de sol o de larga lluvia para sentarnos en el patio trasero de la casa y leer durante horas sin final.


Fue Álvaro Flórez, el profesor del área de Castellano y Humanidades al que se le ocurrió la idea de organizar los viernes de biblioteca. En la lista de asistencia, al lado de cada nombre, apareció asignado el título de una obra de la literatura universal que debía ser leído y releído para luego redactar un resumen analítico del texto. Ese año la suerte me arrojó a la mesa de lectura “El túnel” de Ernesto Sábato.

El desinterés inicial no demoró mucho en el cuerpo y se marchó rapidito de la cabeza. Tratar de descifrar el código del asesinato en medio de ese ambiente policiaco y artístico dibujado por el maestro argentino me atrapó en cuestión de unos pocos párrafos. Sentí un viento frío. En medio del temblor, por primera vez, consciente, creí haber descubierto el deseo de redactar en algún tiempo un relato como el que en mis manos cobraba vida la imaginación. 

Emocionado decidí regresar en la tarde a la biblioteca. –Para qué va a ir al colegio de nuevo- me cuestionó mi Margarita. –Para leer, le dije. En sus ojos verdes surgió un brillo, como cuando la maestra asume que el pupilo ha cobrado vida propia. También supo que ya no leeríamos juntos y ahí esos mismos ojos dejaron ver una pequeña lágrima por las futuras ausencias.

No pasaron muchas semanas y el libro ya se había leído entre la hora asignada y las tardes voluntarias. –Quiero otro libro – reclamé pronto a la bibliotecaria. “Crónica de una muerte anunciada”. – Te tocó este. Una versión ya deshojada y con su contraportada rayada de burlescos garabatos. Ocho años tenía cuando el nombre de Gabriel García Márquez sonó por primera vez para mi vida. Tres años más adelante volvía la figura del escritor que había ascendido a la cumbre, con el propósito de no irse nunca más. 



A tal punto notó mi madre el gusto por el autor que pronto encontró un nuevo libro para retornar las jornadas de lectura compartida al calor de la caspiroleta que me hacía hervir la sangre. Cuando leímos juntos “El amor en los tiempos del cólera” se provocó sin disculpa la búsqueda por ir tras las cartas de amor de mis padres, tratando de recuperar la historia de un romance propio.

Otros maestros alentaron con el tiempo el gusto por la comunicación. Tuve miedo de tomar el camino del periodismo y preferí elegir el amor por la escritura como una pasión a la que le dedicaría el mejor tiempo de la vida, cuando ya no fuera necesario trabajar. Conocí al Gabo periodista en papeles fotocopiados de sus notas de prensa y ya no hubo escapatoria. Con el documental de la “Escritura Embrujada” sentí la tentación de descifrar los códigos de la carpintería a la hora de escribir y con la relectura constante de “Cien años de soledad” decidí ir de una vez y para siempre tras las historias de mis propios ancestros, de mis recuerdos, de mis añoranzas y de mi vida en el escondido sur.


Me propuse visualizar el futuro y una imagen de García Márquez acompañó el ejercicio de la atracción por el escritor que quería y que quiero ser. Fue necesario entender su vida y no se podía aplazar el estudio de la obra, del autor y su carácter determinado por la conquista del sueño que en épocas de hambre sonaba a imposible.

Su voz me hizo compañía, su historia se convirtió en faro y sus relatos se constituyeron pronto en una mentoría a la distancia, desde la ausencia,: en un canto fantasmal que se quedó zumbando con insistencia. Por eso su muerte resulta significativa para mí, para este hombre del sur, para este aprendiz de escritor. No se llora su partida, no se lamenta su ausencia. Se despiertan retos y nuevos sueños, y por tanto el alma se conmueve y se sacude, porque llegó la hora de lograr que el anhelo se cumpla. Esto es así, entre Gabo y yo. 

 Gracias Maestro.


domingo, 8 de septiembre de 2013

AMIGO CAMACHO

Por: Gustavo Montenegro Cardona
Coordinador
Area de Comunicaciones - Fondo Mixto de Cultura de Nariño. 
 
Miguel Camacho Castaño es un hombre de nostalgias. Disfruta un plato de cerdo hornado, y el primer sorbo de la gaseosa de producción regional lo lleva a su infancia. Cada recuerdo es un pretexto para narrar una historia. El sabor del líquido en recuerdo sirve para conocer un relato sobre logotipos de Coca-Cola y Pepsi. Miguel es diseñador gráfico: sabe de lo que habla. 



Cada tanto tiempo recibe una llamada a su celular por parte de la Señal Radio Colombia. En pocos minutos estará al aire para hablar de lo que ha pasado hasta el momento en PASTOJAZZ y su tercera versión. Con honesta sencillez habla de su amigable relación con Celia Cruz, reconociendo el valor de la fraterna relación siempre pone por encima la grandeza de la artista, Miguel no se deja engañar por su ego. 



Desde que llegó a Pasto se hizo parte del equipo de organización de PASTOJAZZ. Con profesionalismo ha logrado aprovechar cada instante para convertirlo en una acertada nota periodística. Guiado a la distancia por su gran amigo, por su hermano José Arteaga, el periodista pastuso, Miguel Camacho se ha deleitado con la riqueza gastronómica de este sur que se siente honrado en contar con su presencia como enviado del sistema de medios de Señal Colombia y voz de la HJCK para el festival de jazz en Pasto. 



Siempre anda de buen humor, y su figura de hombre serio se desmitifica en segundos gracias a que siempre guarda un apunte, una sonrisa que agrada o un comentario que deja más de una enseñanza. Su misión de narrar los momentos de PASTOJAZZ ha ido más allá, y su voz no podía ser más adecuada para el festival y sin dudarlo se convirtió en el presentador oficial de las agrupaciones que han llegado cada noche con sus diversas propuestas a contagiar de felicidad musical el escenario del Teatro Imperial. 



Viajar con Miguel es viajar por un sendero de relatos que traen a la memoria su conocimiento musical, su experiencia como radialista, sus encuentros gratos con las personalidades de la vida pública nacional e internacional, o con anécdotas simples cargadas de intensidad vital.

Se lo ha visto recorrer cada esquina del Teatro, se lo ha visto en las esquinas de Pasto. Disfruta la música como comensal de buena mesa. Disfruta de Pasto como un joven aventurero. Habla de música como si narrara su propia historia. Hace radio con la frescura del buen conversador. Tiene las imágenes apropiadas para titular cada nota que con juicio envía en las primeras horas de la mañana a la página web de Señal Radio Colombia. 



Al parecer la nota sobre Celia Cruz, su amiga, no pudo salir al aire como él quería en el especial sobre los “negros y la música” que se hacía en la Radio Nacional. Mientras aguarda su salida AL AIRE, disfruta un chupón, helado cubierto de miel y limón propio de este frío sur. Su mente danza en la memoria, en la nostalgia que le ha partido el corazón, porque quiere estar en la cabina de su emisora, mientras desea quedarse en Pasto por siempre. PASTOJAZZ lo espera de nuevo, amigo Camacho.

FOTOGRAFÍAS: Andrés Ceballos, Página 10, Jonnatan Polo, Lorena Garzón