lunes, 15 de marzo de 2010

EL RITMO SE HACE RELATO:


Por: Gustavo Montenegro Cardona

Una película que habla de la guerra y que se arma narrativamente a partir de tres personajes, sin mayores ambiciones en el manejo de extras, de efectos o montajes, la película ganadora del Oscar “En tierra hostil” es un ejemplo de cinematografía y desde la Academia surge una lección contundente: es tiempo de valorar el lenguaje, el relato, la actuación, la tensión, la relación tiempo-espacio, y el sentido que el cine tiene para el arte.

Me asomé a la película por una recomendación, justamente ocho días antes de la ceremonia de premiación. Frente a la pantalla tuve una sensación casi eufórica que me llevó a la memoria de lo emocionante que fue asistir ante el Batman de Burton, hacia las películas de Fellini que me conmovieron espiritualmente, al Chaplin en Blanco y Negro que me dejó las lecciones de la realización, a los relatos del cine italiano y francés que me impulsaron a querer el cine como expresión humana. Ver “En tierra hostil” fue ver una buena película después de haber leído muchos filmes que tienen más de ambiciones de las egolatrías de realizadores que ansían la fama y de ansiedades tecnológicas que de propuestas narrativas construidas con lenguaje cinematográfico o estilo estético determinado.

Mientras Avatar, que en la antesala era favorita, obedece a las estructuras del mercado, a esas ilusiones que nacen cuando se considera que la tecnología hace al cine, y a la generación de agrupaciones que bajo el sello de fans a su vez se asocian bajo esas ideas de que se es más cinéfilo si te aprendes los nombres de los mundos, sus personajes, y sus características y que además son los que consumen figuritas que salen en cada papa de Mc Donald´s como fiel reflejo del consumo de un cine que es hecho para las crispetas repletas de sal. En otro camino, con otro estilo, con una textura particular, desde el color de la tierra como gama general, desde un ritmo que es similar a la armonía musical y actuaciones totalmente diferentes a los estigmas de la puesta en escena. Kathryn Bigelow se lleva el Oscar en sus manos como la mejor directora, y es un precio que hace justicia a la mirada del realizador. En este caso la directora deja a un lado la pose de estrella para convertirse en una constructora de relato audiovisual apoderada del lenguaje del cine para que desde las herramientas que permiten construir relato desde la imagen, el sonido, la tensión, el drama, la actuación, el escenario, la música, el silencio, etc, se trence una historia, esa es la ganancia, hay una historia redonda, sin héroes, ni heroísmos.

Ahí entonces surge el núcleo de la ganancia, el de presentar una historia de guerra sin héroes, pero sí con personajes que ilustran situaciones meramente humanas en condiciones de guerra. Es así una película masculina, pero es vista desde el ojo femenino. Ganancia esta última también, pues esto es lo que explica la particularidad del filme que nos presenta Bigelow, que como mujer se asoma a la guerra, no desde una postura política, sí desde una condición estética, humana, y por tanto, ética. Cuestiona a la humanidad y la guerra, y dibuja a unos hombres particulares frente a la guerra, como si la vida entera se pudiera asumir en esa condición conflictiva de todos los días.

Se debe poner en titular el trabajo rítmico que plantea la película, pues a mi modo de ver, ratifica aquello de que el ritmo es el mensaje, el montaje marca el sentido de lo que se quiere contar, la tensión genera la condición de la expresión, y en eso la hostilidad se convierte en un concepto que se convierte en una sensación, en una emoción, entonces el público logra conectarse con el texto fílmico, ya no sólo desde la ilusión de lo que podría anhelar la directora, sino desde lo que realmente cuenta el filme proyectado. Así es un relato que redime, que aterriza la tensión en una conclusión que cierra este cuento-historia, pero al cerrar la puerta abre la ventana de la vida para volver a empezar. Día 364.


1 comentario:

Criticón dijo...

Disiento de tu opinión, con el respeto debido, claro, pero creo que este remedo imperialista esta bien lejos de Chaplin, más aún del caro Federico.

La estética de la guerra americana, en la que a su ejercito, disciplinado, llega un rebelde despatarrado a mostrar la forma de hacer las cosas, imponiendo su caos en medio del otro caos, es un recurso viejo para desarrollar tensión, producto de este, el espectador espera el advenimiento de la tragedia en cada minuto, el escarmiento al falso héroe, la dosis de disciplina necesaria para llevarlo al redil, solo que, oh sorpresa, eso no sucede y el rebelde, salvo el golpe de un amigo, triunfa a pesar de los pesares para, al final, demostrarnos que está dispuesto a desafiar a la muerte una vez más, de la misma forma y con los mismos gastados argumentos del establecimiento: "...no puedo hacer otra cosa diferente, tengo que defender al mundo... no importa si es el mundo que desprecio".

De otro lado, claro que es una película de héroes y bandidos, lo es tanto que al final te queda el agrio sabor de la pólvora atrancada en el cogote, la necesidad de que un salvador como ese venga a ti, a salvarte del flagelo del terrorismo. Porque, cosa rara, en ningún momento se aproxima a la realidad del pueblo Iraki, a sus imperativos, dolores o necesidades, nada... los nativos del lugar son tan solo extras mal pagados que sirven de comparsas para el lucimiento del héroe-antiheroe; que hacen daño sin mediar palabra, cobardemente, o es preciso recordar el rostro del terrorista cuando deja caer la batería que activaría la carga explosiva.

Es una película interesada, nada femenina, en la que el amor escasea, la responsabilidad escasea, la muerte y el desamor ronda...

Debo decirte querido amigo, que eres el culpable de dos horas de hastío.

Pero como dije antes, esta es tan solo una opinión que hago con el debido respeto.