sábado, 13 de junio de 2009

LOS DELICADOS ROSTROS DE UN ÁNGEL


Por: GUSTAVO MONTENEGRO C.

Doris Sarasty Rodríguez

Los delicados rostros de un ángel.


Rostro que sonríe.

Si no fuera por la laringitis que la incomodó durante el fin de semana la hubiéramos encontrado faltando diez minutos para las siete de la mañana dispuesta a dar lo mejor de su vida sensible por la causa que le marca su rumbo diario. Solo por eso llegó a las ocho y treinta de la mañana, agitada pero firme, puesta en su lugar de mujer ejecutiva. Desde que entró a la sala de espera y durante más de media hora ya dentro de su oficina, un lugar pintado de blanco y decorado sin ninguna pretensión, su rostro mantuvo una sonrisa honesta, fiel a su transparencia. El rostro de Doris Sarasty Rodríguez, Gerente del Hospital Infantil “Los Ángeles”, aquel rostro que sonríe coincide en que es necesario ver más allá de “aquello en lo que nos ha convertido la vida; en directores de hospital”.

Muchas páginas se han escrito sobre esta mujer que se ha convertido en un ícono de valentía, de sacrificio, de trabajo, de éxito, de constancia, de servicio. Debe ser, supongo, que cree en algo superior que le permite enfrentar la vida de manera diferente: “Yo sí creo en los ángeles”, dice Doris Sarasty con una sonrisa cargada de vitalidad. Su comunicación con lo divino obedece a una fe profunda y a una relación indivisible con los principios, con los valores que recogió como la enseñanza más significativa desde el núcleo de su familia, por eso Doris Sarasty no negocia la honestidad, el respeto o la ética. “Esos son principios que todo el que venga al Hospital Infantil Los Ángeles ya debe tenerlo incorporado”, asiente esta mujer que respira amor por los niños y niñas de la región suroccidente de Colombia. “Soy hija de un educador y una madre que siempre se dedicaron a trabajar en la parte social” narra, con su mirada viajando por el tiempo. Es en ese núcleo familiar, rodeada por sus cinco hermanos, donde Doris Sarasty comprendió el valor del servicio por los demás. “Yo aprendí desde la cuna a servir a los demás”.

Rostro que frunce su ceño.

Si hay algo que rompe la calma de Doris Sarasty, si hay algo que le hace transformar su rostro es la injusticia. Sin resentimiento, pero con carácter firme cuenta que tuvo “todas las barreras para poder desempeñarse como directora hospitalaria”. Entonces las palabras de la memoria llegan a su boca: “dentro de la entrevista para entrar a medicina lo primero que me preguntaron fue que si realmente yo quería ser médica para que no le quitara un puesto a un hombre que supuestamente sí iba a ser médico”. Ese ir y venir, esas afirmaciones y cuestionamientos han sido los retos que diariamente debe enfrentar Doris Sarasty, en medio de un contexto que insiste en limitar las oportunidades para las mujeres. Sin embargo no tiene el perfil de la feminista, su orgullo de género es equitativo. Se sabe rodear de mujeres y hombres que sean capaces de enfrentar la vida con la misma entereza que ella proyecta por eso dice “me encanta trabajar en un hospital donde hay complementariedad entre las dos partes”.

Doris Sarasty se declara como una pastusa raizal, ama al departamento de Nariño y está convencida de que en este territorio habitan seres humanos con profundos valores que deben ser capaces de enfrentar las condiciones más adversas. Por eso, empieza a fruncir el ceño cuando nota que la mujer nariñense no se auto-valora lo suficiente, o cuando los nariñenses no son capaces de tener una visión más política de los momentos actuales. “Lastimosamente estas personas tan capaces no han emprendido el camino de la parte política, de pronto se han quedado en lo técnico, y hace falta dar el vuelo hacia la parte política, hacia un cambio político”, afirma sin titubear, sin duda, y con su rostro un poco más serio del sonriente inicial. Su ceño se frunce cuando recuerda actos de injusticia, o cuando sabe que por la insolidaridad todavía los nariñenses no hacemos lo suficiente por los niños de la región: “ya es suficiente indigno para los niños que sean pobres, que vivan lejos del centro del país, el que no tengan oportunidades de educarse, que no tengan oportunidades de alimentarse bien, para que además de todo cuando se enfermen tengan que llegar a un sitio desastroso”, por eso, con esa rabia que le provoca las limitaciones que impiden el desarrollo de la infancia, busca que el hospital que dirige sea una institución de “ricos para pobres”.

Rostro que se conmueve

“En cuanto a novedad e innovación no tengo límites”, afirma Doris Sarasty, la mujer valiente y proactiva, que ante los ojos de algunos puede notarse como conservadora en el mundo de los principios, de los valores y frente a las actitudes que espera de los suyos, de los que la rodean, pero que desde su mirada más profunda, en los términos de la gestión, del servicio y de la creatividad es una liberal de tiempo completo. Ese empuje, esa forma de enfrentar la vida como mujer nariñense que asume los retos y que lleva en sus manos la bandera de los derechos de los niños y las niñas le ha merecido premios, reconocimientos, condecoraciones, aplausos, miles de aplausos y gestos de bondad social. Pero en su corazón guarda múltiples recuerdos que le son más valiosos que aquellos títulos que la sociedad le ha entregado.

Entonces su rostro cambia, su mirada de ojos claros se transforma nuevamente, y con la voz que es viento suave en su palabra narra la razón que la motivó a gestionar la construcción del “Albergue de Paso”. “Un día salía yo por la puerta de las urgencias antiguas del hospital y delante iba una persona de Tumaco con un niñito que acababa de salir de una quimioterapia. Iban con una bolsita, y se veía que era sopa lo que llevaban. Cuando me descuidé un momento, vi que salieron por la puerta, y cuando volví a ver estaban llorando. Atravesé la puerta de urgencias y vi que había pasado un perro que les mordió la bolsita y les regó la sopa. Los vi llorar de hambre”. Su relato se complementa con algunas consideraciones relacionadas con la integralidad de la familia, la integralidad del servicio de salud con calidad y con el afán de su gesta para provocar, desde los medios de comunicación, que la sociedad nariñense se movilizara para levantar el albergue. Surgen más recuerdos, nombres de personas solidarias y de corazones nobles que se han unido a las justas causas que promueve esta defensora de la vida.

Luego llora, su rostro se retrae y de sus ojos brotan lágrimas que simbolizan la sinceridad y honestidad de sus actos. Aún con el llanto atravesado en su garganta mientras intenta recoger sus lágrimas dice “me duele el dolor de la gente, y me duele la indiferencia de la gente. Hemos tratado de dar algo, será poco, será mucho, no sé, he dado todo lo que más he podido, pero pienso que la gente debe ser más solidaria”. La pausa es inevitable.

Rostro de ángel

“Trabajar por los niños no es fácil. Trabajar con doscientos niños con cáncer es muy duro”, declara Doris Sarasty mientras recuerda sus cerca de veinticinco años de servicio en la administración hospitalaria. Con absoluta decisión declara que el trabajo más difícil, pero a la vez el más bello y el más significativo ha sido el del Hospital Infantil Los Ángeles, “porque a un niño no se lo puede ver sufrir”. Repuesta de su llanto vuelve a sonreír, vuelve a brillar, vuelve a hablar en plural porque reconoce sin egoísmo que su trabajo es un trabajo de equipo, de muchos soñadores y soñadoras que están a su lado.

Esta mujer hace real el compromiso con el Desarrollo Humano, reconoce las limitaciones de la vida social, pero sus visiones de mundo y la claridad de lo que significa servir a la gente, la impulsa a convertir el ideal de las libertades, las oportunidades y la calidad de vida en una práctica concreta en el mundo de la salud. Doris Sarasty mira la gente, no la enfermedad, mira el contexto del ser humano, no a un usuario de un hospital. Construye la calidad con el trabajo por la gente y para la gente. Ella dice “yo soy una buena persona”, yo considero que ella es un ángel, un ángel intenso, un ángel amigo que vuelve a sonreír.


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