Mostrando entradas con la etiqueta IPIALES. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta IPIALES. Mostrar todas las entradas

martes, 6 de enero de 2015

CARNAVAL EN PRIMERA PERSONA

Por: Gustavo Montenegro Cardona



Quien entre a la casa de mi padre, después de cruzar el primer pasillo donde queda su consultorio, y justo frente al primer patio, se encontrará con una antigua máquina de coser. Protegido por un vidrio, el mueble sirve de soporte a una fotografía impresa en papel. En ella todos estamos pintados de negro. Enrique Cardona, mi tío, que llegó a visitarnos junto con su esposa de ese tiempo y sus cuatro hijas. A su lado estamos mi hermano, un primo lejano; Claudia, la niña que adoptamos en casa, mi madre que gozaba como nosotros, mi padre en sus mejores años, Jaime, el responsable del desorden y yo. Jugábamos a carnavales y la experiencia quedó conservada como una foto para la memoria familiar, pero dispuesta para todos los ojos.

En la casa materna, en Ipiales, al sur de Colombia, durante carnavales todos despertábamos con ansiedad esperando que sonara el timbre en la puerta principal. Jaime Armando Figueroa, un amigo de toda la vida, tumaqueño, de un metro con noventa llegaba de improviso. Cubría su cabeza con un gigante sombrero de paja y asistía a la casa con tanto cosmético negro entre sus dedos, que bastaba un solo manotazo para que todos quedáramos pintoreteados hasta las orejas en cuestión de pocos segundos.

Usábamos un antifaz de plástico que en no más de tres rocíos de la carioca de ese entonces quedaba desbaratado. La espuma del carnaval venía en unos envases rojos, delgados, y se guardaba con esmero, pues la poca cantidad del contenido debía durar al menos las dos horas del desfile. Se las denominada cariocas, emulando la festividad brasilera y porque así venían etiquetadas. Lanzaba un chorro débil y fugaz, y su color rosado no demoraba mucho en teñir la ropa. Realmente parecía más la copia de un desodorante que un artículo para jugar carnaval.

Cuando estábamos pintados hasta el ombligo, juego que sucedía al interior de la casa, entre los patios dispuestos para la persecución de unos y otros, nos disponíamos para la foto del recuerdo. Mi padre entonces sintonizaba la emisora en una vieja grabadora a la que mi madre hasta le había cosido su propio forro, y el fondo musical nos hacía compañía festiva mientras aguardábamos el desfile de cada día.

Eran los años cuando sólo se jugaba al cinco y al seis de enero. Lo del carnavalito, el carnaval de la expronvicia, y el día de la juventud se fueron sumando con los años por la necesidad de proponer un carnaval incluyente a todas las generaciones y las diversas comunidades del entrañable y complejo Ipiales.

Cuando el desfile salía desde Bavaria teníamos la ventaja de ser espectadores de primera fila. Era un verdadero gusto salir a la calle una vez sentíamos los primeros acordes de la bombarda que marcaba el compás de la patrimonial Banda Municipal que escoltaba a la trajinada máquina de bomberos desde donde la Reina de cada año lanzaba serpentinas, confites y besos que ponía felices a los coquetos caballeros.

Don Aníbal Bastidas, el carpintero del barrio, el suegro de Jaime, y vecino de al lado, nos surtía de aserrín para el año viejo del 31 de diciembre, y durante carnavales era la alegría caminando. Iniciado el desfile cerraba la carpintería y cuando se unía al grupo ya el tufo a aguardiente y a cigarrillo Pielroja sin filtro delataba su nivel de entusiasmo.

Durante el desfile del cinco apreciábamos con extrañeza la llegada de la familia Ipial. La exhibición de objetos prehispánicos durante el desfile, nos hizo creer en algún momento, que las figuras similares que mi padre conservaba en la casa podían tener un valor incalculable por ser piezas de los ancestros que tal vez se hubieran descubierto en alguna guaca de oro en los tiempos de los abuelos. La idea no tardó mucho en desmoronarse. Nos asustábamos con los hombres disfrazados de monos que lanzaban azotes y con los cusillos, aquellos danzarines que se cubrían con los costales de fique y castigaban con una vejiga de cerdo.

El seis todo era distinto. La calle era una sola nube blanca. Se usaba un nuevo antifaz y el ritual era el mismo. Jaime llegaba, nos vaciaba los tarros de talco en las cabezas como si fuéramos pasteles para hornear, nos tomábamos la foto, y la calle nos esperaba con melodías de lo que siempre identificamos como música ecuatoriana. Las pocas carrozas ya eran magníficas, aunque no llevaban el color de las de estos días, y a su paso aún se sentía el olor fresco del papel recién encolado. Terminado el desfile la orden era una sola, jugar, jugar hasta el cansancio, hasta quedar con la cara pegachenta, y la piel tostada, como si se fuera a partir. Lanzábamos talco, untábamos cosmético blanco y dejábamos que otros hicieran una fiesta con nosotros.

Entonces llegaban Andrés, Norman, Oscar Julián, Osman, los hijos de los militares vecinos, el Ñato, y toda una correría de chiquillos. Tras ellos, algunas horas después, llegaban sus padres a levantar la fiesta en la sala de nuestra casa. Mi madre, anfitriona única, servía chocolate con sándwiches de queso para que tuvieran peso en el estómago y así, sin remordimiento, luego les empacaba todo el aguardiente posible.

Llegada la noche nos enfrentábamos a la osada tarea de quitar de encima todo el polvo y el cosmético que se había recibido en la jornada lúdica. Tomaba largas horas de baño con agua caliente, montones de algodón empapados de aceite, jabón azul, jabón de tierra y todo tipo de recetas caseras para eliminar las marcas del carnaval, que a pesar de todos los esfuerzos, se quedaban durante un par de días más recordándonos la diversión de las buenas horas vividas en medio de la fiesta popular.

Treinta años después la fiesta es diferente, la espuma reemplazó al talco, el cosmético es de múltiples colores, ya no se juega en las casas y tampoco hay fiesta en el patio. Las carrozas son monumentales, sus motivos retratan todo lo que somos como cultura, los colores y el brillo en nada se compara con la palidez de aquellos años de mi infancia. Ya no hay quien nos asuste, año tras año los artistas se esmeran por brindar lo mejor de su locura creativa a los millones de espectadores que aún se maravillan por el efímero arte que ahora cubre extensos kilómetros de una senda que ya no cabe en nuestras ciudades.

Cientos de murgas, comparsas, disfraces, carrozas no motorizadas y enormes carruajes de fantásticos motivos se toman, ya no sólo Ipiales, sino buena parte de Nariño, algunos municipios de Cauca y Putumayo y hasta zonas del Ecuador. Ya no viene mi tío, pero miles de turistas regresan hechizados por el delirio colectivo que despierta este carnaval que no dibuja fronteras.

La madre ya no sirve chocolate a los invitados. Miles de casetas se tomaron las aceras de los parques para hacer de la comida un negocio de temporada que deja réditos a algunos pocos, así como a los dueños de las cervezas y los pasabocas de fécula de maíz. Abunda la publicidad y las orquestas. Mucho mercado, poco barrio. Mucho “perfumado”, pocos Castañedas en el cuatro. El baile en los parques sigue pareciendo un riesgo. Sin embargo, qué no hubiera dado mi madre por tener las redes sociales y la tecnología de hoy para compartir con los suyos la fiesta del sur que día a día tiene más canales para su difusión.

Nunca me hubiera imaginado que quince años después estaría viviendo y enamorándome de uno de los carnavales más sorprendentes del país y que estuviera buscando, una y otra manera para narrar los relatos y las historias que nos permitan defender este patrimonio que, como la foto de mi casa, se cuida porque ahora le pertenece a todos.

sábado, 3 de enero de 2015

EL CARNAVAL CRUZÓ LA FRONTERA

Por Gustavo Montenegro Cardona





La naturaleza lo formó por la fuerza del río contra la peña y Huana Cápac, legendario inca, fue quien lo estructuró para el tránsito de sus gentes. Su nombre traduce puente de piedra. Sobre sus cimientos modernos transitan en un mes cerca de 32.979 personas entre colombianos y extranjeros que dinamizan la frontera colombo-ecuatoriana ubicada en Ipiales, al sur de Nariño, en el Puente Internacional de Rumichaca.

Es 3 de enero, segundo día oficial de carnavales en Ipiales. Cerca de cuatro mil personas hacen parte de una fila de vehículos públicos y privados que ocupan tres kilómetros de distancia hasta poder llegar a la aduana nacional. Más de cinco mil vehículos, según la secretaría de tránsito de Ipiales, se movilizan cada día de carnavales. De todos los rincones del departamento de Nariño y del resto de Colombia llegan viajeros buscando el sol del pacífico ecuatoriano, las ventajas comerciales del Quito contemporáneo o un destino más hacia el sur.

Motociclistas que atraviesan el continente de punta a punta esperan con paciencia mientras enfrentan al frío de esta mañana de cielo gris, nublado. Carlos Almeida se va porque no le gusta la manera en que ahora se juega – se ha perdido el respeto, hay mucha agresividad y las calles no son seguras-. Jorge Alberto Pinchao prefiere la playa para descansar y recargar energías – los carnavales ya no son lo mismo, hay mucho desorden y borrachos, no he sido muy amigo de las fiestas de estos días realmente -.

Bajo el puente, desde el lado ecuatoriano el río se llama Carchi, al bajar hacia el lado colombiano adquiere el nombre de Guáitara, las aguas son las mismas que ven a los afanados turistas cruzar la frontera. Desde el puente hasta el lugar de concentración del desfile del Carnaval Multicolor de la Exprovincia de Obando, en vehículo se llega en cuestión de diez minutos. Allí, tras la reina del carnaval, y la banda musical de Ipiales, más de cien ecuatorianos están ubicados para alegrar el tres de enero, celebración que en este municipio adquiere sello propio, marcando diferencia con las demás manifestaciones carnavalescas que día a día se toman los municipios andinos de Nariño.

Ipiales es denominada capital de aquella provincia que en antaño reunía a cerca de doce municipalidades que compartían similares aspectos culturales, políticos, económicos y sociales. Los unía la tradición fundacional del pueblo de los pastos, comunidad indígena que es reconocida como el ancestro originario del mundo andino del sur. Aquí, hacia los años cincuenta se contó con los dos primeros grupos organizados que se disfrazaron y dispusieron para jugar los “carnavales sangrientos” pues la puesta en escena simulaba cirugías en las que se exhibían intestinos y se arrojaba sangre y tripamentas a los espectadores. Desde 1972 se contó con las primeras carrozas motorizadas. En la década del 90, buscando su identidad propia, tratando de distinguirse de los carnavales de Pasto, la organización de Ipiales convocó a los municipios integrantes de la denominada asociación de municipios de Obando para realizar de ahí en adelante, cada tres de enero, el Carnaval Multicolor de la Frontera.

Caen las primeras gotas de la lluvia de espuma carnavalera. Cientos de espectadores se ubican en la senda de este carnaval. Apenas unos pocos llevan cosmético de variados colores en sus manos, sus ojos buscan las víctimas para su maquillaje. La banda sonora está marcada por el compás de los San Juanes, ritmo fiestero ecuatoriano. Los danzantes abren camino, la reina lleva al Santuario de las Lajas como tocado y a sus lados tres penachos forman la bandera ipialeña blanca, roja y verde.

Jairo Pineda acompaña a la delegación del cantón Tulcán. Tras sus lentes oscuros se asoma la alegría del hermano que visita su hogar. Junto a zanqueros, danzantes, y actores suman más de cien personas que trajeron alegría y expresiones de la cultura pasto a este día de carnaval. – Todos somos hermanos, hermanados, divididos por una frontera, pero la hermandad, la alegría nos une – dice con emoción Jairo sin dejar de sonreír.

Bryan Vela llega danzando. Su emoción es particular. Salta, salta y baila. Representa una danza propia del pueblo de Otavalo con la simbología de las fiestas de los pendoneros, propia de la provincia de Imbabura, norte ecuatoriano. –Estamos unidos en toda serie de eventos culturales, deportivos, siempre hermanos – afirma con respiración agitada el alegre Bryan. Se va y nos queda el sonido de la Banda Municipal de Tulcán que interpreta una especie de marcha militar con melodías que invitan a bailar y jugar. El público aplaude.

Luz Marina Rodríguez saca a bailar a uno de los músicos que ya suma en su cuerpo agotado hora y media de camino. Vuelve a su asiento, el mismo que ocupó desde las nueve de la mañana. Sus mejillas tienen un corazón pintado. Cada que un número pasa, entonces Luz Marina grita - muchas gracias Ecuador, esos son nuestros carnavales-. Su alegría contagia a niñas, niños, adultos, y jóvenes que la rodean. Absolutamente emocionada, exponiendo sus grandes dientes confirma que – es muy bonito el carnaval de Colombia, donde nos integramos dos fronteras, por eso se llama carnaval multicolor, donde dos hermanos se unen, porque somos un solo pueblo, una sola cultura -. Aplaude con emoción infantil y concluye – El carnaval nos une, y nos da felicidad, es nuestra cultura, nuestros ancestros y debemos cultivarlos -.

Ya no importa si la delegación es colombiana o ecuatoriana. En el carnaval todos se mezclan y conforman un solo cuerpo festivo. Cruzaron el puente desde Tulcán, Mira, Bolívar, y Montufar para llegar a Ipiales y danzar junto a sus amigos, hermanos, de Funes, Gualmatán, Puerres, Cumbal, Pupiales, José María Hernández, El Contadero y Guachucal.

Tras dos horas y media de desfile los rostros expresan ya el dolor que significa bailar sobre el pavimento húmedo. Se amarran las alpargatas forradas de esparadrapos y el agua no falta para calmar la sed de músicos, bailarines, zanqueros y marchantes. Claro, se entremezcla el tufo del aguardiente y el juego no para a lado y lado del camino.

Los rosquetes, las fiestas del sol, las festividades de las vacas, las danzas por la unidad, el homenaje a los mitos y leyendas de las montañas y páramos. Remembranzas de la cultura de los pastos. Pasean hombres disfrazados de enormes monos, y niñas, niños, jóvenes y adultos danzan a cada compás de las diversas escuelas de formación musical.

Lo afro, lo indígena, lo campesino, el norte y el sur. Colombia y Ecuador. Todos los colores, todos los ritmos del sur, todo el juego, todo el baile posible cabe en este transitar cultural que desde Ipiales grita que además del carnaval de negros y blancos de Pasto, hay otras maneras de jugar, de narrar, de disfrutar la fiesta que desde lo cultural cruzó la frontera por más que el puente sea de piedra.

viernes, 2 de enero de 2015

SOMOS EL PATRIMONIO

Por Gustavo Montenegro Cardona.

Relato desde LA OTRA SENDA - Ipiales, Nariño.



La primera semana de enero en San Juan de Pasto está marcada por seis días de celebración festiva. El tradicional día de asueto de los esclavos negros por los años de la colonia terminó convirtiéndose en una conmemoración por la libertad humana. Luego, un desprevenido juego de talco perfumado desencadenó una serie de celebraciones que terminaron por engalanarse en 1920 con las primeras carrozas elaboradas por las hábiles manos de los artesanos pastusos.

La mezcla de las tradiciones indígenas y campesinas que en los mismos días se manifestaban como plegarias para el cuidado de los sembrados, sumadas a la teatralidad, la personificación, y los mitos españoles, y el grito por la libertad de la herencia africana terminó por cristalizarse en los carnavales de negros y blancos que en 2009 fueron declarados, por la UNESCO, como patrimonio cultural inmaterial de la humanidad.

Si el patrimonio se define como la adquisición de un objeto de valor por parte de una persona o una familia para generar con el tiempo una apreciación económica, el patrimonio cultural también se sustenta en los valores, en el sentido que una herencia tiene para la memoria del pasado, tanto como para las generaciones del futuro. Es decir, el carnaval de negros y blancos tiene valor para quienes lo provocaron, para quienes lo viven en el presente y para aquellos que jugarán y lo disfrutarán en los años porvenir.

Casi cien años después el carnaval original, por lógicas razones de la dinámica cultural, ya no es el mismo. La ciudad que le dio nacimiento, ya no es la misma. Las calles por donde transitaron las primeras carrozas se han transformado igual que lo han hecho sus habitantes, sus cuadras, sus barrios, sus veredas y linderos. Tantos movimientos en las entrañas de la que fue considerada como la “fiesta popular más importante del país” empezó a manifestar riesgos, riesgos que a su vez afectan el valor. Si el valor se afecta, el patrimonio se arriesga, y por tanto se debe entrar a defender.

Se sumaron tanto riesgos de la manifestación que la UNESCO aprobó que el carnaval se defendiera para su conservación, así también lo había hecho el Estado colombiano, y los gobiernos locales y regionales. 

Si primero se jugaba sólo por el día de la raza negra, más adelante se sumó el homenaje al día de blancos, hoy se suma un día para los jóvenes y las colonias. Hay una jornada para integrar a la cultura andina e indígena del territorio, y las zonas rurales se alcanzaron a reconocer en los desfiles de la familia Castañeda. Hoy, hasta se celebra con cuy y trucha.

Del talco perfumado se pasó por la cal, y la harina disfrazada. Los rostros se han pintado con betún hasta con elaborados cosméticos que han transitado desde el negro puro hasta una enriquecida gama de colores que destiñeron la esencia original del denominado juego de la pintica. Ya no hay serpentinas, y las reinas tampoco son las mismas.

En la televisión hablan de ferias de blancos, confunden la ubicación geográfica de Pasto, y la espuma de carnaval invadió un mercado propicio para todo tipo de celebración popular en el país. Particulares, privados y hasta el mismo estado han visto todo tipo de negocios posibles.

Toda la transformación visible e invisible obliga a generar cambios, adecuaciones, nuevas historias y cuidados especiales. Cuidar el patrimonio es la tarea. Lo que venga en adelante dependerá entonces, no sólo de los organismos responsables de su promoción, administración y direccionamiento. El patrimonio que significa estos diversos, complejos y particulares carnavales del sur, es un asunto de todos, de todas.

Juego, artistas, artesanos, músicos, teatreros, murgueros, jugadores, públicos, privados, turistas, invitados, ajenos, propios, los de aquí, los de allá; Ministerio, Gobernación, Alcaldías, concejales, concejalas, amigas, amigos, enemigos, extraños y lejanos, y los que escribimos notas sobre el carnaval, toditos, todos, tenemos que ver con el Carnaval de Negros y Blancos, con su protección como patrimonio de la humanidad.







miércoles, 31 de diciembre de 2014

VIUDAS SIN MUERTO

La crónica del 31 de diciembre, desde LA OTRA SENDA en Ipiales. 


Por Gustavo Montenegro Cardona

A las cinco de la mañana asaltan los vestidores de sus hermanas, madres o tías. Toman sus bolsos o rebuscan hasta encontrar una vieja cartera o lo que sirva para llevar en las manos o al hombro. Se maquillan o usan la experiencia de alguna amiga para ruborizarse, untarse los labios de cualquier color y los más osados dibujan líneas de color bajo sus ojos. Toman el maquillaje que resta y salen a las calles de Ipiales para llegar a las siete de la mañana a la concentración del desfile. Las llaman viudas y deben acompañar por requisito a un “año viejo”, un muñeco que representa a un personaje o simboliza un mensaje que el artista del carnaval desea exponer ante el público que desde temprano se ubica a cada orilla del camino.



Es 31 de diciembre de 2014. En Ipiales, municipio ubicado en la frontera colombo-ecuatoriana, las fiestas de carnaval comienzan oficialmente con el desfile de años viejos, y de manera particular las viudas encabezan la caravana. Hay un intento de lluvia, pero no son más que diminutas gotas refrescando el ambiente. No hace mucho frío. El cielo comienza a despejarse. Las viudas que más temprano llegaron llevan cerca de tres horas esperando que el caminar coja ritmo. Están encaramadas en tacones, vestidas con gigantes trajes, maquilladas hasta sus uñas postizas, sudando por dentro y por fuera.

Oscar Danilo Villacrés es el hombre tras “la curandera del chorro grande”. Trepado en los tacones que luce, la viuda mide como un metro con ochenta. Viste un traje de fantasía y más parece una reina que una mujer triste. Oscar Danilo es maestro de baile. Desde hace doce años participa en los carnavales de Ipiales, y los últimos seis han contado con su nombre en la lista de artistas que representan las viudas del 31 de diciembre.



Fue don Pio Tena, un taxista ipialeño, quien hace más de cuarenta años salió al parque del 20 de julio vestido como mujer, todo de negro, enmascarado, para acompañar un año viejo. Eran los años cuando según doña Carmen Solís -los carnavales eran unas festividades propias de una clase elitista que salía en sus caballos a echar serpentinas, tomaban vino donde sus novias y los niños corrían tras ellos - buscando tesoros de papel.

Hoy las hay de todo tipo. Llevan pelucas púrpuras, rojas, amarillas, o simplemente lucen su propio peinado sin mayor complicación. Gastan todo el labial que pueden en las mejillas de otros hombres que se niegan a dar una limosna. Corretean a los caballeros del público con sus carruajes donde llevan muñecos que simulan ser los hijos abandonados. Se muestran coquetas, o coquetos, ya no se puede distinguir. Enseñan los falsos pechos, arriman sus enormes glúteos armados con trapos, y lanzan elegantes piropos a los hombres que, tímidos, prefieren echar una moneda a los bolsos antes que dejarse pintoretear de estos atrevidos hombres vestidos de mujer.

Siguiendo la tradición, Carmen Amelia, vistió a Gerardo Villacrés de “niña negra” para que desfilara cada cinco de enero por las largas calles de Ipiales. Durante veinte años, este artista del sur formó parte de los carnavales y durante cada 31 presentó sus motivos, bien con años viejos, o bien como viuda. Fue Gerardo el que contagió a Oscar Danilo, a Carmen, a Brigith y hasta su nieta Asly del espíritu artístico y el amor por las expresiones de la arraigada cultura que celebra el fin y comienzo de año.



“Vení, respondé, cómo me vas a abandonar, anoche no decías lo mismo” grita una viuda que acompaña a uno de los años viejos que aspira ser premiado en el desfile de hoy.  Al decir del poeta Julio César Chamorro, esta viuda, la del desfile del 31 de diciembre en Ipiales, es una viuda andina, más “elegante”, más calmada. No se parece mucho a la viuda de Joselito Carnaval, la barranquillera. La del sur es una viuda que hoy promueve un estilo artístico, más bien elegante, es comunicadora de mensajes sociales, o como en el caso de Oscar Danilo, brinda homenaje a las mujeres de la montaña, o de la plaza del mercado - a las señoras del pueblo-.

En medio de la calle Oscar Danilo, el artista hoy vestido de “la curandera del chorro grande”, prepara su escenario. Baja la mirada, seca sus lágrimas, y en medio de suaves gemidos, lanza un conjuro - vení, vení vení, vení cachirulo, mataperros, saltatapias, chumado,  entelerido. Vení vení, vení. No te quedarás. Que la naturaleza te bendiga y que de tu cuerpo salgan todas las energías negativas. Que te libere de los chismes, maldiciones, las deudas gota a gota, las mentiras de los políticos en campaña. Vení, vení, vení. Con dos te miro, con tres te ato. La sangre te debo y el corazón te parto, y si algo te debo con un beso te chanto -. Baña con ramas de manzanilla al elegido, sopla con agua bendita al infiel, y le zampa un beso en medio de la mejilla que queda marcada como un recuerdo festivo del año que ya se va.


Delante de Oscar, con otro motivo, camina Yolanda del Carmen Ramírez, artista del Carnaval Multicolor de la Frontera, quien vistió a “La viuda de Márquez” en homenaje a nuestro Gabito ya ido a otro mundo. Más adelante marcha Sebastián Verdugo llevando el legado de su padre Fabio hombre del teatro de Ipiales. Hoy representa a Soledad, pues según él, - Soledad son todas las mujeres plasmadas en las obras de García Márquez-.  Con este ya son 14 años andando sobre tacones para Fabio René Rosero, quien representa a la viuda de los amargos dolores de la patria.



Mientras va recorriendo los siete kilómetros de extensión que tiene esta senda, la mente de la viuda participante ya está dibujando el motivo del próximo año. “El Rock no ha muerto, andaba de parranda” grita una viuda más allá. Se le acerca a los caballeros, le muestra sus falsos senos, los acaricia con la peluca de rubia tinturada, “prestáme esos ojos para irme de rumba el sábado”, “uyyy vos, ¿te acordás de esos machotes que nos llevábamos al hotel nubes verdes?”. Corretea a sus victimarios y todos ríen. Sólo hay que imaginarse a este muchacho de 21 años, con trasero exagerado, apenas cubierto de una falda, exhibiendo velludas piernas, maquillado como la mejor, y depositando besos a los que se niegan entregarle la moneda de la caridad. 

Terminada la extensa caminata sus pies llevarán la marca de su esfuerzo. El maquillaje quedará deshecho por todo el rostro. Quedará el sabor del triunfo y de la derrota. Habrá una viuda ganadora y un artista quedará desilusionado. Volverán a sus hogares a guardar sus trajes y con nostalgia algunos y alegría otros, cada uno, cada una, recibirá el nuevo año desde el brindis de su propio corazón.


domingo, 25 de abril de 2010

ENCUENTRO DE CASAS DE CULTURA


Como una estrategia para continuar en el proceso de articulación de las Casas de la cultura de todo el País, con el Sistema Nacional de cultura, así como en la consolidación de la política pública formulada para estas instituciones, El ministerio de Cultura realiza del 25 al 28 de abril, en Girardot (Cundinamarca) la Reunión Nacional de representantes departamentales y distritales de Casas de la Cultura.

Según Paula Moreno Zapata Ministra de Cultura. “el objetivo de este encuentro es fortalecer los conocimientos y habilidades de los participantes en la identificación, formulación, ejecución, monitoreo y evaluación de proyectos mediante la planificación participativa con la utilización del Marco Lógico·

Para cumplir con este fin, el encuentro tendrá un carácter formativo, y contará con la presencia del profesor Diego Martínez, especialista en formulación de proyectos, quien realizará un taller de dos días cuyo producto será una matriz de planificación y unos planes operativos que permitan visibilizar la política de las casas de la cultura y tener un producto aplicable en cada una de sus regiones.

Para una mejor desarrollo de la reunión cada delegado realizara una presentación relacionada con la actividad como representante de la Región , así mismo se hará un ejercicio de actualización del directorio de las casas de la cultura e instituciones culturales existentes en cada Departamento. O Distrito.

A este evento, como delegado por el Departamento de Nariño, asistirá por segunda ocasión el director ejecutivo de la Casa de la Cultura de Ipiales, Alirio Velásquez. Según el Señor Velásquez, en mayo de 2009, se realizó un encuentro similar con la presencia de 24 delegados, en la Capital de la República donde además de elegirse el Consejo Nacional de Casas de la Cultura, cada delegado se comprometió a participar de la construcción de la Política Pública para estas instituciones, la cual, revisando el Compendio de Políticas culturales del Ministerio de Cultura, no se contaba con unas políticas que sean consecuentes con el compromiso de enmarcarlas dentro de una concepción de desarrollo como proceso creativo, cuya finalidad última sea lograr que cada individuo y cada grupo humano pueda expresar plenamente su creatividad y aportar, desde ella, a la construcción de un mundo más próspero.

En este nuevo encuentro que se realiza en Girardot los asistentes tendrán la oportunidad de socializar esa nueva política que dinamiza y reconoce a las casa de la Cultura como entes importantes para el desarrollo cultural de los municipios y departamentos.

TEXTO ENVIADO POR

ALIRIO VELÁSQUEZ

DIRECTOR CASA DE LA CULTURA DE IPIALES

lunes, 22 de marzo de 2010

CUANDO LOS DESEOS DEJAN DE SER UTOPÍA


Por: GUSTAVO MONTENEGRO CARDONA

Facilitador módulo Desarrollo Humano

Escuela de liderazgo juvenil para la transformación social.

De pequeño acostumbraba caminar por los amplios andenes de la maltería que Bavaria montó hace ya varios años en Ipiales, generalmente era mi ruta para ir hacia la casa de mis amigos, o para en bicicleta llegar a la pista de bicicrós donde con otro grupo de compañeros de viaje infantil nos encontrábamos para hacer piruetas. En esos años éramos niños hasta entrados los 16 o 17 años de edad, por eso la juventud no la viví en mi ciudad natal. Como niños participábamos, al lado de los jóvenes de la época, de procesos de formación en valores a través de pequeños espacios de liderazgo que las instituciones educativas montaban con el ánimo de forjar en nosotros aptitudes, habilidades, ciertas capacidades, y en el mejor de los casos, transformación de nuestras personalidades, todo eso siempre desde el principio de ser mejores seres humanos. La realidad también se construía con grupos juveniles que promovían actividades relacionadas con la rumba no muy sana, las destrezas para la conquista del género femenino, o el contra ataque de las mujeres hacia los muchachos. No recuerdo haber escuchado asuntos como la política pública, la juventud como población, o procesos de movilización juvenil para transformar la realidad que vivíamos. También valga decir que vivíamos un mundo distinto, cargábamos mochilas de sueños, caminábamos sin prejuicio por las calles aún sin pavimentar, jugábamos a ser conquistadores de corazones, nos topábamos con una que otra pelea en los callejones desérticos, leíamos libros de otra época en la biblioteca municipal, armábamos partidas de ajedrez en el Club Peón Rey, tomábamos gaseosas y comíamos pambazo, nos íbamos de campamento por las rutas de los ríos cercanos, nos divertíamos en un territorio que era pequeño, que lo considerábamos propio, y que se enfrentaba a sus conflictos sin mayor trascendencia. Era un lugar en paz a pesar de los tormentos del corazón adolescente.

Hoy, menos joven que en aquellos años, ya adulto y niño transformado, vuelvo a caminar por los mismos andenes de la maltería que quedó sembrada como una fábrica de ilusiones del pasado rumbo a la Escuela de Liderazgo Juvenil para la Transformación Social. Llego a pie, y mis ojos reconocen las casas de los amigos, los lugares comunes, los sitios transformados, los nuevos barrios, las nuevas casas, las casas queridas, los rincones que me hacen sentir nostálgico. Camino como facilitador y me enfrento a una nueva realidad juvenil. Por estos días se piensa en derechos, se reconoce al joven como sujeto constructor de su mundo, y así como se cuestiona a la juventud también es tiempo para ver que estos seres humanos que habitan el territorio en condición de adolescentes en transición a la adultez son hombres y mujeres diferentes. Sus liderazgos son trascendentales, se toman la vida a pecho, asumen su papel con una responsabilidad que asombra, se reconocen líderes de procesos, organizan a otros jóvenes, muestran caminos posibles, establecen pactos de lealtad con el conocimiento, anhelan la sabiduría, se consideran incompletos, se confiesan religiosos y se asoman a la vida con una actitud que está muy lejos de aquellos años cuando personas como yo pasamos por la juventud como una edad diferente.

Fue una bendición comenzar con el módulo de Desarrollo Humano en esta ciudad que alberga la esencia de mi vida, pues si algo soy es eso, un ciudadano ipialeño. Ahora que vuelvo en la condición de facilitador de la Escuela de Liderazgo Juvenil, justo en esta ciudad que me regala respiros gratos, siento profundo orgullo por estos muchachos y muchachas que cuestionan, critican, enseñan, planean y movilizan. Siento alegrías particulares por ver rostros cargados de esperanzas que muchos conservan en silencio, pero que de un momento a otro las develan como si fuera necesario confesar los secretos de los corazones. Mis ojos vieron jóvenes diversos, exigentes de derechos, jóvenes que cuestionan a otros jóvenes; niños que ya piensan como jóvenes, y jóvenes que aún extrañan su estado de infancia. Mis oídos oyeron palabras duras, pero también expresiones gratificantes. Palpé una realidad diferente, sentí con mis manos la dulzura de jóvenes dispuestos a trabajar por su vida. A mi olfato llegaron los aromas del campo mezclados con los olores de lo urbano en una simbiosis de anhelos, deseos, sueños, palabras, expresiones, demostraciones de voces, ritmos, y andanzas que motivan a respirar el aire de la juventud ipialeña. Degusté de nuevo el sabor de mi tierra, a mi paladar le tocó sentir el sazón particular del plato que se elabora porque se cree con firmeza, con fe en la tradición de la receta que alimenta. Degusté las palabras de agradecimiento y me satisfizo el manjar de trabajar al lado de dinamizadoras capaces y comprometidas con sus proyectos de vida. Mi cuerpo, mundo de sentidos sale complacido de viaje, me acompaña la vida de Cristian Estrella, un nuevo amigo, un nuevo socio. Juntamos rodamos por las calles de este Ipiales que cada vez se me queda más pegado al corazón, porque luego del trabajo es más fácil comprender que los deseos ya no son una utopía.

lunes, 9 de noviembre de 2009

TEATRO EN IPIALES


ESTA SEMANA EN IPIALES TEATRO.....
PROGRAMACION DE ANIVERSARIO CASA DE LA CULTURA DE IPIALES
CON EL APOYO DE LA ALCALDIA MUNICIPAL
LLEGA LA GIRA NACIONAL 2009 - GIRA TU MENTE DE LA UNIVERSIDAD CENTRAL Y LA ESCUELA DEL TEATRO LIBRE Y SU OBRA
"EL DEMONIO DE DOJOJI"
Antigua historia japonesa de Kenze Kojiro Nomobitzu
Director: Héctor Bayona
11DE NOVIEMBRE DE 2009
3:00 PM
(Teatro champagnat de Ipiales)
entrada Gratuita
JUEVES 12 DE NOVIEMBRE DE 2009
"LAS ALEGRES COMADRES DE WINDSOR"

Una de las obras más famosas y divertidas de William Shakespeare, creada para el esparcimiento y gusto de la reina Isabel I de Inglaterra alrededor del año 1600.

Enredos amorosos, malentendidos conyugales, sospechas de celos, bromas, astucia, engaño y un gordinflón vividor, el famoso Sir Juan Falstaff, son los ingredientes perfectos para crear una comedia ágil, abundante en personajes y situaciones graciosas que llevarán a esta historia a un final sorpresivo e Inesperado.


Jueves 12 de noviembre
7:00 pm
teatro Champagnat, entrada gratuita

CASA DE LA CULTURA DE IPIALES, 38 AÑOS PROYECTANDO LA VIDA CULTURA DE NUESTRO MUNICIPIO


miércoles, 22 de julio de 2009

DE LA CASA DE LA CULTURA DE IPIALES


AGENDA CULTURAL PARA LA PRESENTE SEMANA MIERCOLES 22 DE JULIO 7:00 P.M. conferencia sobre apreciación musical e historia:
“La cultura Musical del Barroco”,
Conferencista: Enrique Millán Gómez
Teatro municipal
Entrada gratuita.

JUEVES 23 DE JULIO 7:00 P.M. RECITAL DE GUITARRA
ANTOLOGIA DE MUSICA ESPAÑOLA
(Del Barroco al romanticismo)
Concertista: Enrique Millán Gómez
Teatro: Institución educativa Nuestra señora de Las lajas
Entrada Gratuita

JUEVES 23 DE JULIO 7:00 P.M. "CINEMA CASA DE LA CULTURA
Presenta
“Segunda Piel”
Director: Gerardo Vera
Reparto: Javier Barden, Jordi MOllá, Ariadna Gil, Cecilia Roth, Javier Albalá, Mercedes Sampietro
Teatro Municipal
Entrada Gratuita

VIERNES 24 Y SABADO 25 DE JULIO 7:00 P.M.
Por una sociedad incluyente:
CINE DIVERSO:
Teatro Municipal
Entrada libre

SABADO 25 DE JULIO 3:00 P.M. CINE INFANTIL
CASA DE LA CULTURA
Presenta
UP, una aventura de altura
Animado de Disney Pixar
Director: Bob Peterson, Pete Docter
TEATRO MUNICIPAL
ENTRADA GRATUITA

INFORMES:
Ipiales, calle 12 “El Pichul” CELULAR: 3154223880
Teléfono: 7732325
ACOMPAÑENOS, CON SU PRESENCIA Y REENVIANDO ESTE MENSAJE A SUS CONTACTOS… SE LO VAMOS A AGRADECER...


miércoles, 28 de enero de 2009

PARA LEER, ANALIZAR, PENSAR.


Preocupación por trabas migratorias y comerciales
La frontera de la desinformación
Por: Gloria Castrillón / Enviada especial. Ipiales


La crisis entre los gobiernos de Colombia y Ecuador está afectando a los colombianos de la frontera. Las últimas medidas del presidente Rafael Correa tienen a muchos en aprietos.

Foto: Inaldo Pérez
Docenas de colombianos deben esperar horas en el puente de Rumichaca y someterse a trámites que aún no comprenden para poder pasar al Ecuador.

Los dos funcionarios que la Cancillería envió a Ipiales para apostillar los certificados judiciales virtuales de los colombianos que quieren entrar a Ecuador, no paran de atender a docenas de personas que requieren información para poder pasar. Un estudiante se acercó el martes a realizar el trámite, que consiste en una especie de autenticación del pasado judicial que le expidieron por internet. Tuvo que pagar $25.500 en el Banco Popular de Ipiales y a cambio le entregaron una hoja impresa en computador que certifica que su documento digital es real.

Así pretende este colombiano cumplir con las nuevas medidas migratorias que impuso el gobierno ecuatoriano a nuestros nacionales. El decreto, expedido por el gobierno de Rafael Correa, exige el trámite del apostillado (la validación de la Cancillería colombiana) a todos los ciudadanos, incluso a aquellos que tienen certificado judicial expedido en la tradicional libreta verde. Por ahora, sin embargo, las autoridades migratorias del vecino país sólo lo están exigiendo a quienes poseen el documento expedido por internet.

Esto ha generado confusión entre los cientos de colombianos que atraviesan la frontera por el paso del Puente de Rumichaca. El director del DAS en Nariño, Enrique Galvis, explicó que oficialmente no se conoce la nueva medida del gobierno ecuatoriano y la única información proviene de los medios de comunicación. “El certificado judicial virtual nunca fue reconocido ni aceptado por las autoridades migratorias de Ecuador y por eso se está apostillando en Ipiales. En cuanto a los documentos expedidos en libreta verde, no hay ninguna novedad aún”.

Los funcionarios de la pequeña oficina de la Cancillería en Ipiales aseguran que sólo están autorizados para apostillar certificados virtuales (no lo hacen con los de libreta).

Entre los ciudadanos reina la confusión. Por ejemplo, aunque las normas migratorias exigen a los colombianos residentes en Ecuador presentar el certificado de vacuna contra la fiebre amarilla, las autoridades ecuatorianas están exigiendo el carné a todos los ciudadanos que pasan la frontera. Esta situación obligó al centro de salud de Ipiales a desplazar dos enfermeras hasta el Puente de Rumichaca para atender la fuerte demanda.

“Desde el sábado que estamos aquí, hemos puesto un promedio de cien vacunas diarias”, dijo Elina Vallejo, una de las enfermeras que atienden el puesto de vacunación. La medida evita que los viajeros sean estafados por timadores colombianos que les cobran por la vacuna o incluso que policías ecuatorianos corruptos, según denuncian, les cobren entre 10 y 15 dólares por obviar el supuesto requisito.

“¿Por qué el presidente Uribe no hace algo para que nos respeten? Aquí los ecuatorianos pasan sólo con la cédula y nadie les dice nada”, refunfuñaban dos señoras que se quejan del trato discriminatorio que recibieron en Ecuador. “Cuando saben que somos colombianos, nos requisan las maletas, nos molestan y nos interrogan”.

Y en parte tienen razón. Aunque cada país es soberano para aplicar su política migratoria, el Acuerdo de Cartagena, firmado en 1997 por los países de la Comunidad Andina, establece que por ser zona de integración fronteriza, los colombianos pueden llegar hasta Quito sin más requisito que su cédula de ciudadanía y que los ecuatorianos pueden ir hasta Cali en iguales condiciones.
Siga leyendo AQUÍ.