Mostrando entradas con la etiqueta TIRO DE CÁMARA. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta TIRO DE CÁMARA. Mostrar todas las entradas

miércoles, 30 de diciembre de 2020

Bajo el agua


Por: Gustavo Montenegro Cardona - La Otra Senda 3.0

 Este ha sido el año de las nostalgias, el de los intentos por aprender a ser en medio del caos, del conflicto máximo. En medio de este ambiente bañado de imposibles las añoranzas se convierten en inevitable plato del menú del día. La extrema digitalización de la vida lo ha trastocado todo. Estas condiciones no pedidas nos condujeron a ser testigos de una era señalada por la distancia en tiempos de querer estar juntos. Juntos como andábamos cuando éramos niños. Juntos como nos gustaba estar con los chicos del barrio. Juntos para rezar las novenas de casa en casa, para ir de serenata en serenata, para pasear por las calles del lugar.

Juntos para pasar la mañana, ir cada quien a su casa a almorzar y regresar lo más pronto posible a seguir jugando - en la calle destapada - a los huevos del gato, a pelear por las canicas, patear el balón, corretearnos o simplemente sentarnos en un andén a mirarnos sin decir muchas cosas. Juntos al finalizar la tarde del 27 de diciembre de todos esos años que duramos siendo pequeños, inquietos y juguetones a reunir bombas, llenarlas de agua y conservarlas en baldes o en la poceta de lavar la ropa llena de agua hasta el borde. “Aguas que lloviendo vienen, aguas que lloviendo van”.

Esta no es una confesión de culpas propias, ni ajenas, era lo que había, era lo que habíamos aprendido a hacer. Nadie nos dijo nada, ni se encendió alarma alguna, ni nos recriminaron por nuestros actos que eran herencia de eso que hoy conocemos como la cultura de nuestro sur; la ecología era una materia innovadora en el obligado currículo escolar, la naturaleza era ese lugar que siendo Scouts adorábamos visitar cada fin de semana. En esa época los ríos iban a permanecer para siempre, creíamos que el mar era el lugar más limpio del mundo y respirábamos un aire renovado cada nuevo amanecer. Los volcanes que nos protegían como guardias vigilantes de la tierra tenían sus cumbres siempre blancas y los cuentos apocalípticos sobre la devastación del planeta eran temas para películas de ciencia ficción. El cuidado del medio ambiente, los líos de la contaminación o el desperdicio del agua no tenía que ver nada con nosotros. “Cuando el río suena”.

Con el tiempo aprendimos a hacer de ese 27 nuestro propio ritual. Mientras unos se encargaban de preparar las bombas cargadas de agua, otros aprendíamos a preparar el papel encolado para elaborar la máscara del año viejo que sería nuestra distracción antes de terminar el año. En la terraza de la casa vecina escuchábamos todos los sonidos nuevos del Rock en Español y esa banda sonora nos hacía felices las noches frías.  

En casa, para completar los preparativos alistábamos bolsas plásticas y papel periódico, creímos en la teoría de que para combatir el frío provocado por el agua helada la fórmula de forrarnos en plástico y papel servía para aplacar la sensación de morir congelados.

Desde temprano, ya el 28, las amas de casa más atrevidas preparaban su venganza. Los hombres despistados creían merecer los manjares que les servían a la media mañana: buñuelos rellenos de algodón como una fábrica de aceite y café con sal que se escupía a los pocos segundos de tocar el paladar. Las carcajadas se escuchaban en cascada desde la cocina, luego en el comedor, pasaban por el patio y llegaban a cada cuarto. ¡Cayó! Decíamos en coro mientras nos alistábamos para salir a la calle. “En la calle, algo bueno va a pasar. Ven sal a la calle. Sal a caminar”.

Nos llenábamos con agua de panela o café bien caliente (sin sal por supuesto). Algo de almuerzo rápido y juntos salíamos a buscar el peligro. No tardábamos en dar los primeros pasos y desde los platones de las camionetas que circulaban a paso lento sentíamos el golpe de las bombas que nos lanzaban sin piedad, casi con furia. Desde los balcones y las terrazas caía agua y más agua. ¡El diluvio iniciaba! “Ojalá que llueva café en el campo”.

La reserva de bombas nos servía para atrincherarnos y contraatacar. De esquina a esquina éramos testigos de las auténticas batallas de agua entre bandos de barrios que habían jurado una enemistad eterna, o incluso, entre grupos de familias que aprovechaban la ocasión para lavar sus trapitos al sol.

Calle encharcada, cuerpos lavados de pies a cabeza. ¡Asfixiados por el papel y el plástico! Juntos, como la banda que se unió y se disolvió por el propio destino de la amistad infantil y juvenil, íbamos rumbo al parqueadero del LEY, un supermercado tradicional que con el tiempo fue cambiado de nombre, madurando en su misión de proveer las necesidades reales y las inventadas a las familias ipialeñas.

Ya en la gigante plaza, la música salía de una sumatoria de bafles y parlantes por donde se expulsaban todos los ritmos bailables posibles: merengues, salsita que ya era vieja para nosotros y recuerdo para nuestros mayores; sonaban san juanitos, música ecuatoriana, se intercalaban las nacientes bandas de un rock local hecho con las uñas con las orquestas de todo tipo que cargaban con la inmensa responsabilidad de abrigar el cuerpo y calmar las almas que desde ese día querían dejarse endiablar. Todo Lisandro Mesa, que viva Rodolfo y los Hispanos, zapatea, zapatea; otro año más con “La misma gente” y Niche y Willie Colón y Don Medardo y la algarabía con la “Afro Onda”. ¡Aguanilé!

El cuerpo se movía motivado por el tiritar de los huesos a punto de morir. Bailábamos y saltábamos intentando quitarnos el hielo acumulado en la piel. El sol de diciembre picaba más de lo que abrigaba, su luz nos recordaba que era de día porque por dentro sentíamos que la vida era un nocturno témpano de hielo. ¡Piel erizada y morada! Aun así, celebrábamos con júbilo la llegada del carro de los bomberos que a las cuatro de la tarde anunciaba su entrada triunfal a aquel parqueadero repleto de gente empapada. El maquinista encendía todas las luces, ponía a resonar todas las estruendosas alarmas y de cada costado del gigante rojo los voluntarios se encargaban de bañarnos con chorros de agua que parecía traída del mismísimo ártico.

Era ahí cuando se despertaba el espíritu carnavalero que se reprimía durante todo el año, pero que a partir del 28 de diciembre adquiría una vida propia que deseaba convertir todo en fiesta, en juego, en distracción, en algarabía infinita. ¡Agua que no has de beber, déjala correr!

Agua y más agua, agua en baldes, por chorros, en mangueras, en tanques; bombas de agua, agua congelada en bombas que como piedras se convertían en violentas municiones que provocaban una que otra emergencia médica. Calle empapada, gente goteando agua sin piedad. Así se nos iba la tarde. ¡Juntos! juntos saltando, intentando bailar, bañándonos bajo el agua como si llegara la hora del bautizo final. Agua que va, agua que viene, agua que cae, agua que se riega, agua corriendo parqueadero abajo, agua que no se secaba, agua para siempre, agua que terminaría siendo río, agua para cantarle al mar.

Empapados, hechos un trapo ensopado, así volvíamos, juntos, casi todos, a casa. En el camino se quedaban dos o tres, generalmente los enamorados, los que más bebían o los que retaban al frío como en un duelo personal para jugar a la resistencia humana. Nunca se nos cruzó por la mente que años más tarde vendría la prohibición, el señalamiento, la condena por el cruel desperdicio del líquido vital, las restricciones, los decretos, los juegos alternativos. Ni idea de que las tizas que se usaban en los antiguos tableros verdes del colegio servirían, más allá, para pintar sobre al asfalto decenas, cientos de figuras venidas de todas las mentes posibles. Sólo nos importaba jugar y ser felices mientras nos divertíamos a pesar de la crueldad del frío de la mañana y de la tarde y de cada minuto que insistía en demorarse más de lo necesario, como si al tiempo también le causara gracia el día de inocentes y buscara congelarse cada 28 de diciembre que lo dedicamos a andar juntos en las buenas, en las malas, en las más difíciles y hasta en los crueles momentos de soportar el frío por el exceso de agua derramada sobre nuestros flacos cuerpos y nuestras delgadas pieles.

Al final todo tenía sentido cuando cruzábamos la puerta que nos devolvía a casa, no sin antes recibir un par de bombazos finales que caían con todo el peso de la ley sobre las espaldas resignadas a soportarlo todo. Entonces ahí estaba ella, entre indignada y burletera. Ella con su bendición para cada uno. Ella con el agua caliente en la tina para terminar de bañarnos toda la mala energía acumulada. Ella con las toallas limpias y acolchadas. Ella alistándonos la cama, las piyamas y los bucitos de algodón. Ella preguntándonos que por qué nos habíamos demorado tanto, por qué nos habíamos mojado hasta que no nos cupiera una gota más de agua, ella oliendo nuestro aliento para adivinar si habíamos ingerido alguna bebida no debida, ella bromeando sobre nuestro tiritar de huesos, ella y su vocación de servicio sin cuestionamiento.

Nosotros buscando el mejor lugar en la cama de los padres, acostados ahí, frente al televisor, dispuestos a seguir perdiendo el tiempo en la edad en que ese es el mejor de los oficios. Luego ella y sus manos llevando la bandeja con caspiroleta o chocolate o café bien caliente y galletas untadas de mantequilla o pan de sal bañado en margarina para devolvernos el alma perdida. Ella y su cariño rebosante, ella y el abrigo. Por eso valía la pena jugar, por eso valía la pena el frío, la tiritadera, cada chapuzón, cada tormenta de ese carnaval enloquecido y colmado de agua, porque al final de todo ella siempre estaba ahí, dispuesta a cobijarnos y a devolvernos la vida. Así empezaba ese carnaval que ya no será igual.  “Si el hombre es un pueblo, el agua es el mundo”. 

sábado, 3 de enero de 2015

EL CARNAVAL CRUZÓ LA FRONTERA

Por Gustavo Montenegro Cardona





La naturaleza lo formó por la fuerza del río contra la peña y Huana Cápac, legendario inca, fue quien lo estructuró para el tránsito de sus gentes. Su nombre traduce puente de piedra. Sobre sus cimientos modernos transitan en un mes cerca de 32.979 personas entre colombianos y extranjeros que dinamizan la frontera colombo-ecuatoriana ubicada en Ipiales, al sur de Nariño, en el Puente Internacional de Rumichaca.

Es 3 de enero, segundo día oficial de carnavales en Ipiales. Cerca de cuatro mil personas hacen parte de una fila de vehículos públicos y privados que ocupan tres kilómetros de distancia hasta poder llegar a la aduana nacional. Más de cinco mil vehículos, según la secretaría de tránsito de Ipiales, se movilizan cada día de carnavales. De todos los rincones del departamento de Nariño y del resto de Colombia llegan viajeros buscando el sol del pacífico ecuatoriano, las ventajas comerciales del Quito contemporáneo o un destino más hacia el sur.

Motociclistas que atraviesan el continente de punta a punta esperan con paciencia mientras enfrentan al frío de esta mañana de cielo gris, nublado. Carlos Almeida se va porque no le gusta la manera en que ahora se juega – se ha perdido el respeto, hay mucha agresividad y las calles no son seguras-. Jorge Alberto Pinchao prefiere la playa para descansar y recargar energías – los carnavales ya no son lo mismo, hay mucho desorden y borrachos, no he sido muy amigo de las fiestas de estos días realmente -.

Bajo el puente, desde el lado ecuatoriano el río se llama Carchi, al bajar hacia el lado colombiano adquiere el nombre de Guáitara, las aguas son las mismas que ven a los afanados turistas cruzar la frontera. Desde el puente hasta el lugar de concentración del desfile del Carnaval Multicolor de la Exprovincia de Obando, en vehículo se llega en cuestión de diez minutos. Allí, tras la reina del carnaval, y la banda musical de Ipiales, más de cien ecuatorianos están ubicados para alegrar el tres de enero, celebración que en este municipio adquiere sello propio, marcando diferencia con las demás manifestaciones carnavalescas que día a día se toman los municipios andinos de Nariño.

Ipiales es denominada capital de aquella provincia que en antaño reunía a cerca de doce municipalidades que compartían similares aspectos culturales, políticos, económicos y sociales. Los unía la tradición fundacional del pueblo de los pastos, comunidad indígena que es reconocida como el ancestro originario del mundo andino del sur. Aquí, hacia los años cincuenta se contó con los dos primeros grupos organizados que se disfrazaron y dispusieron para jugar los “carnavales sangrientos” pues la puesta en escena simulaba cirugías en las que se exhibían intestinos y se arrojaba sangre y tripamentas a los espectadores. Desde 1972 se contó con las primeras carrozas motorizadas. En la década del 90, buscando su identidad propia, tratando de distinguirse de los carnavales de Pasto, la organización de Ipiales convocó a los municipios integrantes de la denominada asociación de municipios de Obando para realizar de ahí en adelante, cada tres de enero, el Carnaval Multicolor de la Frontera.

Caen las primeras gotas de la lluvia de espuma carnavalera. Cientos de espectadores se ubican en la senda de este carnaval. Apenas unos pocos llevan cosmético de variados colores en sus manos, sus ojos buscan las víctimas para su maquillaje. La banda sonora está marcada por el compás de los San Juanes, ritmo fiestero ecuatoriano. Los danzantes abren camino, la reina lleva al Santuario de las Lajas como tocado y a sus lados tres penachos forman la bandera ipialeña blanca, roja y verde.

Jairo Pineda acompaña a la delegación del cantón Tulcán. Tras sus lentes oscuros se asoma la alegría del hermano que visita su hogar. Junto a zanqueros, danzantes, y actores suman más de cien personas que trajeron alegría y expresiones de la cultura pasto a este día de carnaval. – Todos somos hermanos, hermanados, divididos por una frontera, pero la hermandad, la alegría nos une – dice con emoción Jairo sin dejar de sonreír.

Bryan Vela llega danzando. Su emoción es particular. Salta, salta y baila. Representa una danza propia del pueblo de Otavalo con la simbología de las fiestas de los pendoneros, propia de la provincia de Imbabura, norte ecuatoriano. –Estamos unidos en toda serie de eventos culturales, deportivos, siempre hermanos – afirma con respiración agitada el alegre Bryan. Se va y nos queda el sonido de la Banda Municipal de Tulcán que interpreta una especie de marcha militar con melodías que invitan a bailar y jugar. El público aplaude.

Luz Marina Rodríguez saca a bailar a uno de los músicos que ya suma en su cuerpo agotado hora y media de camino. Vuelve a su asiento, el mismo que ocupó desde las nueve de la mañana. Sus mejillas tienen un corazón pintado. Cada que un número pasa, entonces Luz Marina grita - muchas gracias Ecuador, esos son nuestros carnavales-. Su alegría contagia a niñas, niños, adultos, y jóvenes que la rodean. Absolutamente emocionada, exponiendo sus grandes dientes confirma que – es muy bonito el carnaval de Colombia, donde nos integramos dos fronteras, por eso se llama carnaval multicolor, donde dos hermanos se unen, porque somos un solo pueblo, una sola cultura -. Aplaude con emoción infantil y concluye – El carnaval nos une, y nos da felicidad, es nuestra cultura, nuestros ancestros y debemos cultivarlos -.

Ya no importa si la delegación es colombiana o ecuatoriana. En el carnaval todos se mezclan y conforman un solo cuerpo festivo. Cruzaron el puente desde Tulcán, Mira, Bolívar, y Montufar para llegar a Ipiales y danzar junto a sus amigos, hermanos, de Funes, Gualmatán, Puerres, Cumbal, Pupiales, José María Hernández, El Contadero y Guachucal.

Tras dos horas y media de desfile los rostros expresan ya el dolor que significa bailar sobre el pavimento húmedo. Se amarran las alpargatas forradas de esparadrapos y el agua no falta para calmar la sed de músicos, bailarines, zanqueros y marchantes. Claro, se entremezcla el tufo del aguardiente y el juego no para a lado y lado del camino.

Los rosquetes, las fiestas del sol, las festividades de las vacas, las danzas por la unidad, el homenaje a los mitos y leyendas de las montañas y páramos. Remembranzas de la cultura de los pastos. Pasean hombres disfrazados de enormes monos, y niñas, niños, jóvenes y adultos danzan a cada compás de las diversas escuelas de formación musical.

Lo afro, lo indígena, lo campesino, el norte y el sur. Colombia y Ecuador. Todos los colores, todos los ritmos del sur, todo el juego, todo el baile posible cabe en este transitar cultural que desde Ipiales grita que además del carnaval de negros y blancos de Pasto, hay otras maneras de jugar, de narrar, de disfrutar la fiesta que desde lo cultural cruzó la frontera por más que el puente sea de piedra.

jueves, 5 de enero de 2012

PARA 2012





Puede que dejemos de existir, pero el mundo no se acabará, así que con la esperanza puesta en la vida misma afrontamos 2012. Nuestros esfuerzos continuarán en el fortalecimiento de "Nariño Decide": alianza por la democracia y la transparencia electoral, que en el nuevo año enfrentará las elecciones de las Juntas de Acción Comunal, los encuentros departamentales de mujeres electas y la incidencia política en la construcción participativa de los planes de desarrollo. 


A finales de 2011 empezamos a esbozar el diseño de una estrategia de comunicación con el programa interagencial "Ventana de Paz" , de darse esta oportunidad, podremos trabajar con comunidades organizadas de los pueblos Eperara, Pastos y Afrocolombianos de Nariño, el fortalecimiento de sus estrategias de comunicación para el desarrollo propio, la producción de piezas comunicativas locales y una estrategia de memoria histórica en el contexto del conflicto armado. 

Nos preparamos como equipo para asumir el Proyecto Estratégico Territorial de Cultura en compañía de FUNDECIMA en lo que fuera la zona del II Laboratorio de Paz, esta vez, con una iniciativa de fortalecimiento de los procesos comunicativos y de la escuela intercultural del Alto Patía y el Macizo Colombiano. Esta iniciativa nos permitirá continuar avanzando en la consolidación de la Red Departamental de Comunicación.

Estaremos atentos a los proyectos presentados ante el Programa Nacional de Concertación del Ministerio de Cultura, pues queremos tener la tercera versión de Para Vernos Mejor, y avanzar en la consolidación de la propuesta de formación musical para nuevos públicos en Pasto. 

Desde la Alianza permanente para la Comunicación y la Cultura de Nariño, tendremos la tarea de afinar la política pública de comunicación del territorio de la mano del Consejo de Medios Ciudadanos y Comunitarios de Nariño, y ante todo, lograr la incidencia directa en los planes de desarrollo tanto del departamento como de la capital nariñense. 

El programa radial "La Región" seguirá sonando a través de Ecos de Pasto, todos los viernes de 9:30 a 10:30 a.m, como un escenario para la construcción de territorio, desde las voces aliadas en lo local. "Colombia de Película" seguirá ganando espacio para el público que gusta del cine nacional, en alianza con la casa teatro "La Guagua" y reiniciará su ciclo de programación desde el martes 17 de enero.

Mientras afinamos nuestro sitio web, se ha dispuesto del blog del Fondo Mixto de Cultura de Nariño  como un lugar estratégico para la comunicación interinstitucional. Seguiremos insistiendo en tocar las puertas para darle cabida a nuestros proyectos documentales, y desde ya buscamos la manera para que iniciativas como "Así lee Nariño" tengan mayor presencia en el territorio. 

La gestión es nuestra estrategia, la investigación y la comunicación nuestras herramientas. La cultura el sentido de nuestro accionar. La convivencia, la paz y el desarrollo humano, los mecanismos para que Nariño sea la región incluyente y próspera que todos y todas merecemos. 

Así será desde el Fondo Mixto de Cultura de Nariño la tarea a desarrollar durante 2012. Desde TIRO DE CÁMARA, todo nuestro esfuerzo para contribuir a esa misión. 

Bienvenidos y bienvenidas.


miércoles, 19 de enero de 2011

¿Inteligencia vial sin procesos culturales? imposible.

Por: Gustavo Montenegro Cardona

@gusmontenegro

@tirodecamara

Durante los últimos días se ha logrado hacer entrega de un buen número de calcomanías, stickers, tarjetas, y material de mercadeo persona a persona con la imagen corporativa de la campaña “Inteligencia Vial” y ya son varios los automóviles particulares y de servicio público que exhiben el letrero de la promoción bien porque alguien se los entregó, bien por aparentar estar de acuerdo con el mensaje esencial de la campaña o porque se piensa que el letrero lleva consigo un cambio automático de comportamiento.

Mientras la campaña avanza, y el Estado invierte recursos significativos en su plan de medios, la realidad en la calle es otro asunto.

Los taxistas actúan como si los autos particulares les estorbaran en su paso y es propio en su comportamiento violar toda la normatividad del tránsito. Los particulares mantienen un afán que es la pura expresión de las presiones que el tiempo ha puesto sobre nuestra vida cotidiana. No hay tiempo para hacer un pare, no hay tiempo para sacar el direccional, no hay tiempo para ceder el paso, no hay tiempo para desacelerar, no hay tiempo para llegar a tiempo.

Los motociclistas adquirieron un poder que violenta cada vez que salen a la calle, armados de sus ruidosos motores, buscando la salida más pequeña, el recoveco, el límite final entre la acera y cada automotor vecino. Muchos andan sin casco, y muchos otros protegen primero el codo o la frente en lugar del cráneo. Se enfurecen si se les llama la atención y no es extraño ver familias completas trepadas sobre los aparatos de dos llantas.

Los peatones caminan asustados o andan desprevenidos por las calles. Muchos desconocen el sentido de las aceras y prefieren andar por las calles a punto de ser arrollados. Madres que pasean a sus hijos en coches cubiertos de un plástico que acalora, niños que juegan sin el mayor cuidado; peatones que atraviesan las calles por el medio y no por las esquinas, no faltan los que evaden los puentes peatonales por pereza, o los que por ausencia de espacio físico urbano, no tienen más alternativa que circular por el borde de la calle exponiendo su vida minuto a minuto.

Los conductores de buses deben afrontar la guerra del centavo, padecer la presencia de la violencia urbana y sufrir lo indecible con ciertos pasajeros que terminan más insoportables que un trancón. Pero también hay aquellos que desconocen el sentido de la señal del paradero, que en lugar de transportar personas actúan como si llevaran una carga de ganado o los que piensan que devolver el saludo es un gesto demasiado generoso con el ciudadano medianamente educado. En muchos de sus automotores los direccionales son una luz que adorna el carro. Qué diremos de los que usan el freno de aire como un arma que amenaza justo cuando se posan detrás de un vehículo notoriamente más pequeño que los enormes buses del transporte público de la ciudad.

Súmele al listado los ciclistas sin caso o sin chaleco reflectivo que transitan por el medio de la vía, los peatones que generalmente son muchachos que se atraviesan frente a los vehículos retando a la vida misma con esa actitud pedante que muchos jovencitos demuestran en la cotidianidad. Niños que saltan de esquina a esquina, motos de domicilio que vuelan sobre las calles, y más imprudentes y velocistas, y más, y más bárbaros.

Así entonces, mientras este tipo de comportamientos sean el común denominador de la dinámica de la movilidad tanto en las zonas rurales como urbanas, desde que prime el tránsito particular sobre el derecho a la movilidad ciudadana y mientras no se asuma la necesidad de transformación cultural, Pirry podrá pararse sobre sus pestañas, pero de inteligencia vial no tendremos mucho.

Acá nuevamente se demuestra que las campañas publicitarias no son el mecanismo para la movilización ciudadana. Es desde la educación, la pedagogía urbana, la consolidación de procesos culturales de largo aliento y desde una reconceptualización de la ciudadanía ejercida en el territorio urbano como se podrá pensar en la realidad de una inteligencia vial, entre tanto, seguiremos en un mundo de bárbaros que no tienen tiempo para pensar en la vía de los demás.

domingo, 10 de enero de 2010