viernes, 3 de diciembre de 2021

Doctor Carlitos


Todos los días que pasó encerrado en un hospital. La suma de las extenuantes horas rodando de camilla en camilla. El dolor de no ver de nuevo su rodilla. La angustia de otros niños que como él, a sus tres o catorce años, sufrían en los pasillos de las clínicas por donde anduvo buscando una cura para su lesión. La voz, sí, seguramente una voz venida de un lugar sin nombre, de una garganta sin apellido, de un fantasma sin rostro; la voz esa que se mete en la conciencia y le termina hablando al corazón, esa voz también tuvo que ver con su decisión. De seguro la ilusión de creer que su madre se sentiría más orgullosa. El afán de ser algo más que su padre. Luego, la misión, el llamado vocacional, la urgencia de salir del sueño y el letargo. Todas estas experiencias, todos los tiempos reunidos, toda la magia haciendo de lo suyo, todo llevó a que Carlos Montenegro Zambrano, mi padre, decidiera hacerse médico.

Logró un cupo en la Universidad del Cauca y por andar de revoltoso lo expulsaron. La abuela Pere, su mami, hizo todos los negocios necesarios, todos los esfuerzos posibles; reunió todos los recursos que hacían falta, juntó toda la fuerza, rezó todos los rosarios que le cupieron en la mano y pudo enviarlo a la Javeriana, a la mismísima Pontificia, a la capital, a la Bogotá de los años 60, a ese mundo donde sólo se podía ir a cumplir con el deber, defenderse de todas las amenazas y no dejarse vencer por el miedo.

Fue discípulo del Dr. Barrientos. Fue Monitor. Hizo todo lo que tenía que hacer. Se dispuso con juicio y criterio. Armó su propia historia y se convenció de su propósito. Luego, la quiebra de la abuela. El aguacero aquel que se llevó todo. No quedó ni un grano de trigo, ni una pelusa de cebada. Hasta ahí llegó la fantasía del estudiante abandonado en Bogotá. Faltaba poco, muy poco para que su nombre apareciera en un cartón gigante decorado con letras en latín. Un pedazo de tiempo no más para que la corte de los elegidos lo nombrara Doctor en Medicina de la Pontificia Universidad Javeriana. Un trozo de año para ser designado oficialmente como Médico Cirujano, como profesional de la salud, como digno representante de Hipócrates en el terreno de los enfermos. Todo se desvaneció.

Regresó a casa. Volvió a Ipiales con el corazón frustrado. Se empleó en lo que pudo. Recorrió el país hasta encontrarse con el amor de mi madre. Regresó. Lo nombraron despachador de medicamentos en el Seguro Social, asistió a la eminencia que en su tiempo fue el Dr. Revelo. Fue enfermero. Entre Ipiales y Tumaco fue armando la familia donde llegué a ser feliz. Se proclamó profesor de Idiomas para ejercer la docencia y cuando menos lo imaginó, su esposa, mi madre, la paisa sin pelos en la lengua lo convenció de abrir su propio consultorio. Temblando de miedo, asustado, asombrado del coraje de la mujer que tenía a su lado, hizo caso y se lanzó al vacío.

Fundó un consultorio que con el tiempo se convirtió en la sala de espera de desamparados pacientes que encontraron alivio en las manos del Doctor Carlitos. De esos días es la leyenda de las filas que iban desde la puerta de la casa hasta la esquina del Club Bavaria. Campesinos, campesinas, gente de los pueblos y veredas. Los pobres, los más pobres, los que llegaban con gallinas, papas, queso, cantinas de leche, pequeños mercados; los que no tenían para pagar la consulta, los que madrugaban para hacer la fila, los que llegaban con las botas embarradas de lodo y mierda de vaca, los que tenían fe, los que lloraban al verlo, esos eran sus pacientes, su clientela, sus penitentes, sus otros hijos, su familia extendida.

Lo llamaron tegua, curandero, sobandero, un peligro. Le tendieron trampas para quitárselo de encima. Mientras más lo envidiaban más pacientes llegaban para encontrar consuelo, sanación; un remedio, un jarabe, un minuto de atención, una cura para sus almas inquietas, una palabra para vivir mejor.

Al colegio en las mañanas, almorzar y luego a encerrarse en ese consultorio, en ese cuarto, en esa capilla donde nacía el purgatorio. Todo lo que aprendió lo puso en práctica hasta el último de sus días. Se mantuvo actualizado. Leía, estudiaba, preguntaba. Lo que la Universidad no le pudo dar, se lo dieron sus pacientes, sus fieles amigos de consulta que reconocieron en su misión a un médico de tiempo completo, a un hombre hecho para la sanación, a unas manos diseñadas para cuidar, proteger, recuperar y aliviar.

Para ti papá, mi doc, mi viejo maravilloso, mi sanador de cabecera, mi héroe sin bata blanca, feliz Día del Médico. Hoy es un bonito viernes tres de diciembre. Te extrañamos. 

martes, 23 de noviembre de 2021

El horno - Por Felipe Andrés Herrera

El Horno – Por Felipe Andrés Herrera

Participante del taller “Escribir: el poder que llevamos dentro”.

Blas María, un hombre alto, acuerpado, de piel curtida por largas jornadas de trabajar la tierra, usa sombrero de fieltro, ruana y alpargatas. Con los años se acostumbró a subir la larga escalera con los guangos de leña a la espalda. Arriba, en el corredor de madera, ya se nota el ajetreo de la servidumbre. Ellas llevan harina, huevos, manteca, agua, calderos, hierbas y condimentos hasta el cuarto que llaman amasador. La Señora de la casa, cabello blanco, ojos negros, de mirada alegre, piel clara, su boca dibuja una sonrisa que deja ver una dentadura perfecta. Camina altiva con su vestido negro y delantal blanco reluciente. Saluda a Blas María y le dice que el horno está esperando para que lo caliente. La Señora sigue su marcha y va dando instrucciones. Luego, se aleja por el corredor.

Pausadamente Blas María camina hasta el final del pasadizo y abre una vieja puerta que está a la izquierda. Entra. El piso, a diferencia del corredor, es de ladrillo. Las paredes que en algún momento fueron blancas, ahora están cubiertas por el hollín de la ceniza y el humo. El techo tiene un tumbado de barro hasta la mitad de la habitación. Arriba de la puerta, hay una ventana triangular. No hace falta iluminar el recinto durante el día por toda la luz que entra por ahí. A la derecha hay una gran mesa pegada a la pared, y al lado una estantería empotrada, donde se colocan las latas con los manjares que luego serán horneados. Desde ahí, Blas María, mira una tulpa grande de barro con tres bocas que evidencian su uso desde hace muchos años. Aún hay brasas en la hornilla que sin afán observa Blas. Justo frente a él, está el horno.

El horno es un cubo pegado a las paredes, con casi dos metros de cada lado y unos dos metros y medio de alto. Tiene su entrada que en la base está adornada con una piedra tallada, plana y gruesa. Encima se puede ver el regulador de tiro de la chimenea. Al lado izquierdo tiene una ventanilla pequeña, con un hueco en la base que sirve para recoger la ceniza. A diferencia del resto de la habitación las paredes del horno son blancas, con excepción de su entrada y el registro de la chimenea. El interior tiene un diámetro de un poco más de metro y medio y su altura es de un metro. Calentarlo para que esté listo, le tomará varias horas.

Blas María acomoda la leña junto a la tulpa, revisa el hogar del horno, la puerta, el registro y la chimenea. Junto a la puerta del horno, pone la escoba de ramas, el atizador de hierro y la pala que sirve para meter y sacar las latas. Escoge las astillas más secas y las coloca cuidadosamente en capas. Unas encimas de las otras. Para finalizar una pequeña cantidad de leña y la enciende. Cuida que el fuego las convierta en brasas. Dispone otra vez, con gran experticia, una segunda tanda de leña sobre las brasas ya encendidas. Deja que todo se queme despacio controlando el fuego con el registro de la chimenea. Abre la puerta del horno cada cierto tiempo para verificar cómo arde la leña. Recuerda lo que le dijo su padre cuando le enseño el oficio - Caliéntalo despacio, es como mejor horneará-.

Ver arder las brasas lo apasiona, le gustaría ser parte de ellas. Una vez la cúpula del horno está colorada y desaparecen las sombras, esparce las brasas en el suelo del horno para unificar el calor. Cierra el registro de la chimenea y la puerta del horno. Luego de un buen rato, barre las brasas sin apagarlas con la escoba de ramas, las ubica junto a la ventanilla lateral. Vuelve a cerrar la puerta.

Blas María toma un pedazo de papel. Abre la puerta del horno y lo lanza dentro del hogar. El papel se quema inmediatamente. El horno está muy caliente, lo cierra y espera. Abre de nuevo e introduce otro papel, esta vez se dora sin quemarse. El horno está listo.

Desde un sillón junto a la puerta, la Señora instruye en qué orden se deben hornear los manjares. Primero las latas con los bizcochos calados, luego las carnes preparadas. A continuación, los panes de yuca y otras pastas de sal. Luego el pan francés, seguido del pan aliñado. Después los molletes y así en proporción las galletas. Finalmente, cuando el horno esta tibio, los merengues. De cada manjar se hornean varias tandas. Blas María sabe cuándo hay que atizar las brasas para mantener caliente el horno y cuando meter y sacar cada lata. Mientras las delicias se hornean hay tiempo para un café, cenar y descansar un poco. Saca las primeras y mete otra tanda de latas al horno. Desayuna, saca otra tanda y acomoda las brasas para mantener la temperatura del horno. Va por otras. Un café, dormir un poco, otro café. Saca las ultimas latas de merengues horneados. Limpia y deja abierto el horno para que se termine de enfriar lentamente.

Durante el tiempo que Blas María cuida del horno, en el corredor, entre el cuarto del horno y el amasador, tres mujeres prepararon sendas ollas de champús. Han pasado tres días desde el momento en que Blas encendió el horno. El cansancio se le nota. Mientras desayuna, en la mesa del comedor, observa cómo todo está preparado. Con la paciencia y habilidad de quienes vienen haciendo esto hace muchos años, más de una veintena de bandejas están cuidadosamente arregladas con bizcochos, carnes, merengues, pasteles, empanadas, dulces y jarras con champús. Listos para ser entregadas como es costumbre cada año, como presentes de navidad y fin de año, estos manjares son la mejor muestra de cariño y aprecio que la Señora les envía a sus familiares y amigos. Pocas veces compra regalos.

Blas María se siente feliz de haber cuidado del horno. Al despedirse, la Señora le agradece su colaboración, le paga y le entrega una canasta con algunos de los manjares que ayudó a hornear. Él agradece con humildad. Baja la larga escalera hasta el patio donde su mula estuvo amarrada desde que llegó. Acomoda la enjalma, voltea, levanta la mano en señal de despedida y sale caminando a seguir con su rutina en la vereda.

Tiempo después, una mañana muy fría, Blas María se puso la ruana, tomó la jarra con agua que estaba hirviendo sobre la pequeña tulpa, coló un poco de café, se sirvió en una taza y lo acompañó con una allulla. Su esposa había muerto hacía ya varios años y sus dos hijos ya habían hecho su vida lejos. Estaba acostumbrado a la soledad que lo rodeaba. Terminó su café, cogió su azadón y salió al pórtico. Cerró la puerta y se dirigió a su parcela a desyerbar y cuidar su cultivo de papa. Al medio día, regresó a calentar su almuerzo. Al ver las brasas en la pequeña tulpa y sentir aquel calor, cerró los ojos y se vio encendiendo el horno y sintió el ardor de las brasas. Su rostro reflejaba una inmensa alegría. Un vecino lo trajo de nuevo a la realidad, le traía una triste noticia. Se quedó mirando, perplejo, a lo lejos.

Un par de meses atrás, a la Señora de la casa el médico le había dictaminado un cáncer gástrico muy avanzado. No había mucho que hacer. Ella, como toda su familia, era muy creyente, dejó su salud en manos de Dios, arregló su testamento, y esperó, dedicada a la oración, su muerte.

Blas María, abre el mueble junto a la cama y saca el traje negro que ha usado desde el día que se casó. El mismo con que bautizó y acompañó la primera comunión de sus hijos y que lució el día del funeral de su esposa. Con paciencia lo limpia y busca una camisa que pueda usar. Se arregla la única corbata que posee. Se dirige a la iglesia donde se realiza la ceremonia fúnebre. Hay mucha gente, incluso afuera. Desde la puerta observa el féretro delante del altar, está rodeado de arreglos florales. La Señora era muy querida en la comunidad. Al terminar la ceremonia acompaña a pie la larga caravana que se dirige hacia el cementerio. Observa el entierro y espera que la multitud se retire para acercarse. Da el pésame y ofrece sus servicios a los herederos. Recibe una respuesta escueta - ya no lo necesitamos, vamos a modernizar la casa -. La Señora era la última persona que gustaba de la tradición. Los tiempos cambiaron. Blas María los mira cómo se alejan entre los mausoleos.

Saca de un bolsillo un paquete arrugado de cigarrillos y unos fósforos. Toma uno, lo pone en su boca, raspa un fósforo en una lápida junto a él, lo acerca al cigarrillo y toma una larga bocanada, la expulsa lentamente como cuando la leña en el horno ha empezado a arder. Echa humo y empieza a calentarse. No volverá a ver el horno. No lo volverá a calentar, no hay otros hornos. La tradición ha muerto con la Señora. Siente que su oficio ya no tiene sentido. Camina mientras ve consumirse el cigarrillo entre sus dedos. Cuando la ceniza cae al suelo toma una decisión.

Entra a su casa, ve la pequeña tulpa con las brasas casi apagadas. Empieza metódica y cuidadosamente a acomodar astillas para avivar el fuego. Dispone sus cosas alrededor como hacía con la leña al iniciar el calentamiento del horno. Ve como el fuego comienza a tomar forma. Sale al pórtico, cierra la puerta y espera. Pronto las llamas empiezan a sobresalir del techo. Abre la puerta y al ver las brasas sabe que es ahí donde debe estar. Recuerda el papel que se quema al ponerlo en el horno cuando está muy caliente, quiere ser ese papel. Entra y cierra la puerta. Ahora vive en el horno.


jueves, 18 de noviembre de 2021

Catársis en Carnaval - Autor: Andrés Palomino



¡CATARSIS EN CARNAVAL! – Por: Andrés Palomino

Participante del taller “Escribir: un poder que llevamos dentro”, proyecto ganador de la convocatoria "Cultura Viva 2021" de la Dirección Administrativa de Cultura de Nariño. 

 



El destino de los hombres se desvanece algunos días. He vivido en la incertidumbre durante mucho tiempo, como los gallinazos que salen a buscar su alimento. Tal vez esté herido por todo lo vivido. Tal vez sean instantes para no moverse más.

Lúgubre es el día. Lúgubre la noche. Rostros y pasos de melancolía circundan la habitación a cada instante, bajo una penumbra hostil. Sin embargo, el fiel reflejo de las sombras no me acompañará jamás. Después de muerto ya nada importa. No hay ninguna ventaja en morir de un ataque al corazón o como un siervo en el Serengueti, con una mordida en el cuello y en fracción de minutos desmembrado mordisco a mordisco.

La rutina había llegado a mi vida. Ocho horas de arduo trabajo. Tomo la ruta del bus, que se encuentra a quinientos metros de donde vivo. Llego al trabajo. Reviso el movimiento diario. Recibos de caja, comprobantes de egreso. Las mismas preguntas de todos los días. ¿Hicieron firmar los cheques al doctor Humberto? ¿Cuánto recuperó Carlos de cartera? ¿Ya llegó Patricia? ¿Ya pagaron la nómina?

Carlos, el asesor comercial es un compañero muy particular. Estudió una Maestría en Artes. Me comenta que no siguió pintando desde el momento en que nació su primer hijo. Como “cogió responsabilidad" se alejó del mundo artístico. Me colabora con el registro de los inventarios y los costos de producción. Después de entregar el informe de ventas se acerca a la ventana que se encuentra al lado de mi sitio de trabajo. Mira el horizonte, respira profundamente cuando mira las montañas verdes, los árboles, el firmamento azul, el sonido de los pájaros. “El impresionismo” ¡Exclama! Lo miro sin interrumpir el ritual sagrado que realiza todos los días en la ventana. Siempre lo motivo para que en algún momento vuelva a pintar.

Soy afiliado al Círculo de Lectores. En una de las revistas que llega mensualmente, en la sección de novedades del trimestre, aparece un título que me llama la atención: “Historia del Arte”, seis tomos por valor de $350.000. Cuando llega Carlos, de forma apresurada, me levanto de la silla y le digo con prisa: “mira lo que encontré en la revista. Historia del Arte”. Carlos abre los ojos, se deslumbra al conocer la noticia. “Es maravillosa”. Lo increpo “¿Carlos por qué no compras la enciclopedia?”. Carlos me mira con tristeza. Me contesta: “está muy cara". “Es tú felicidad y puedes pagarla por cuotas”. Carlos me responde que es el valor de un mes de remesa para su familia.

Finalmente compra la enciclopedia. El día que llegan los libros los recibe y empieza a acariciar, uno por uno. Me abraza fuertemente como en señal de agradecimiento.

Al día siguiente, Carlos me comenta que empezó a leer los libros hasta altas horas de la noche. Siento que se está conectando nuevamente con el Arte. Y me alegra mucho, Carlos vuelve a sentir la vida.

Una tarde, después de tomar café y hablar de la Historia del Arte, de costos de producción, de ventas y de las novias que ya no están, me hace una invitación. Carlos me dice que, junto a unos amigos de él, están elaborando una comparsa en el Salón Comunal del Barrio Miraflores, una comparsa para participar en el Carnaval de Negros y Blancos.  Me comenta que les hace falta una persona de estatura alta para cargar una figura. Sin pensarlo demasiado le digo a Carlos: “¡Con mucho gusto!”. Mis expectativas respecto a esa invitación me generaron demasiadas emociones, como el día en que conocí a Ángela María.

Ese diciembre se pasó muy rápido. Nos confirman que la participación es en el desfile del seis de enero, el día más colorido y de mayor participación de artistas, carrozas, comparsas y danzantes.

Asiste mucho público, tanto de la ciudad, como de distintas partes del país y de todo el mundo. En los días de carnaval la ciudad se transforma y todo es alegría. Años atrás siempre tuve la inmensa curiosidad de vivir el carnaval desde adentro. Cuando era espectador del desfile siempre sentí una energía distinta a las demás personas. Este era el momento de demostrarlo, formando parte de una comparsa.

El día anterior nos llamaron para entregarnos el vestuario. Teníamos que asistir al Salón Comunal del Barrio Miraflores.  Cita a la cual llegué muy cumplido. Pregunto por Carlos, y lo miro con un overol, unos guantes y una figura en la mano derecha. Me hace una señal para que siga. Le entrego una botella de aguardiente y un pollo asado que compartimos con todos los miembros del taller.

Mi intención era ir, recibir el vestuario, entregar el refrigerio, regresar a casa y dormir temprano. Cuando pasa un muchacho de los del taller y me dice: “Haga un cuy".  Le respondo que no soy escultor. “Eso es fácil”.  Me pasa un pedazo de icopor y una lija. Empiezo a intentar a tallar el cuy. Dos horas más tarde mi obra de arte es aceptada. Son las nueve de la noche y me dicen que ayude a empapelar con papel encolado. Ya es media noche. Me asignan otras responsabilidades: pintar, cortar madera, espuma y cartón. Pregunto la hora, son las cinco de la mañana. Decido ir a dormir un poco a mi casa. Llego a las siete de la mañana al sitio de concentración del desfile, al Colegio Champaganat. Me reúno con los artesanos, todos van vestidos de carnaval. De una volqueta comienzan a bajar las figuras, que de forma muy lenta y delicada se colocan en el piso. Son seis figuras en total.

Cada uno de los participantes empieza a cargar lo que le corresponde. Me ayudan a cargar la asignada para mí. Son dos campesinos con sombrero, subidos en un caballo. Siento un gran peso sobre mis hombros, como si me hubieran pegado con un martillo al piso. Pregunto a mis compañeros y me dicen que la figura quedó “un poquito pesada" solamente 42 kilos. Miro a mi alrededor, está lleno de espectadores. En ese momento pienso lo difícil que será llevar la figura durante los siguientes siete kilómetros que tiene el desfile. Hasta cuando llega la murga y salgo bailando como “vaca loca en fiesta de pueblo”, danzando en zig –zag. Uno de los compañeros se acerca y me dice al oído “Verás que el desfile es largo. Apenas estamos iniciando”

El desfile continúa. Atravesamos el Parque Nariño. Observo que el público se multiplica de forma exponencial. Siento dolor en mis hombros. El público aplaude, me anima y me da fortaleza para continuar.

Escucho mucha algarabía. Todos los gritos están ahí “Viva Pasto carajo”, “Viva el seis de enero”, “Viva el artesano nariñense”. Llegando a la Universidad Mariana  aún faltan dos cuadras para terminar el desfile. Uno de los compañeros se acerca y me dice “me la haces cargar un ratico”. Lo miro a los ojos y le digo ¡Claro!

Termina el desfile. Nos ubicamos en una acera. Se descargan todas las figuras. Miro a mi alrededor el rostro de mis compañeros, cansados, pero con la satisfacción del deber cumplido. Interactúo con un señor que está sentado al lado mío y le pregunto ¿En qué trabaja?, me responde que en zapatería, le digo que cómo se sintió en el desfile, me dice: “Bacano. El día de hoy me hicieron sentir una persona muy importante. ¡Cuánto aplauso!”. Me despido de Carlos y les agradezco a todos ellos por la invitación. Me dicen “para el otro año ya lo llamamos. Ha sido de ambiente usted”.

Llego a casa aún escuchando todas las voces del carnaval, con el cuerpo adolorido, pero extasiado, deseando que esa historia tal vez no termine nunca. En mi propio silencio solamente pienso: “¡el carnaval me prolongó la vida!".

domingo, 14 de noviembre de 2021

La música de Jorge

Un texto de Mónica Liliana Benavides Benavides - Participante del taller "Escribir: el poder que llevamos dentro". Proyecto ganador de la convocatoria "Cultura Viva 2021" de la Dirección Administrativa de Cultura de Nariño. Taller orientado por el Comunicador y Escritor Gustavo Montenegro Cardona. 




 Sus pies conocieron los zapatos cuando cumplió trece años de edad. Desde que nació, Jorge anduvo descalzo.

Cuando era niño, “bien chiquito” como él dice, se despertaba desde las cuatro de la mañana. Salía caminando con su hermano Wilson y su primo Lucho, a pie limpio, desde su casa en el centro de Mocoa y atravesaba el monte selvático del Putumayo hasta los límites de Pitalito, en el Huila, en busca del remedio que por cuatro meses tuvo que tomar su madre Dolores Vallejo.

Los médicos la habían desahuciado. En el hospital dijeron “llévenla a la casa, ya no gasten más plata”. Un domingo la tos agobiante la ahogaba. Su esposo desesperado salió en busca de ayuda. José Liñeiro alias el español, amigo de la familia, le dijo: “Humberto vení. ¿Por qué no la haces ver a doña Lola con el Santiago Mutumbajoy? Jugáte la última carta. Nada se pierde, él está aquí en el pueblo”.

Humberto rápidamente trasladó a su esposa Lola hasta donde se encontraba el “curandero”. El Taita Santiago, indígena y sanador tradicional, la tomó de las manos, la miro a los ojos y le dijo a Humberto, sin titubeos: “Yo la curo, pero eso sí, tienen que ir todos los días por el remedio. Esto es un tratamiento largo”.

Humberto debía trabajar y no tenía tiempo para ir diariamente por la cura prometida,  entonces decidió sacar de la escuela a Jorge y a su hermano Wilson para que ellos fueran los encargados de ir por el remedio y traerlo sagradamente a casa todos los días. “Tocaba a pata. En ese tiempo no había carro. Nos echábamos casi cinco horas hasta llegar donde Santiago. Allá preparaban un revuelto de hierbas, lo llenaban en las botellitas que llevábamos y corra de regreso a la casa”. Al ser retirado de la escuela, Jorge, que era un estudiante destacado, perdió el año al igual que su hermano. En recompensa para su tranquilidad, su madre vivió otros treinta años más. La toma constante del remedio la curó, tal como lo prometió el Taita Santiago.

Durante la vigilia del cuidado de su madre un popurrí musical sonaba en la casa. Con los ojos aguados y a veces sonriente, Jorge recuerda que “escuchábamos música en un radio pequeñito, la panela le decía mi papá”. Ecos del Combeima, La Voz del Cinaruco, Radio Santafé y Radio el Sol de Cali, eran las emisoras que la panelita captaba y a las que Jorge, junto a sus hermanos, llamaba por cinco centavos para que los complaciera con sus melodías favoritas.

Hace poco, Jorge cumplió sesenta y siete años. Igual que en septiembre, se prepara día a día con su repertorio decembrino. Lleva una década reuniendo la música que le recuerda a sus padres y su niñez. Durante años compró cientos de CDs en la calle, tan pronto pillaba esas canciones de sus recuerdos, adquiría los discos y los pasaba a su carpeta “Mi música” en el computador. Año tras año ha venido acumulando recuerdos con la música que su hermana Miriam también recolecta y le comparte.

Hoy se sirve de la tecnología. En Spotify aprendió a crear su playlist y hasta los navegadores le ayudan a identificar sus canciones preferidas con solo acercar el celular a un parlante. “Pero en esas cosas no está todo. Algunas canciones que me gustan no salen. Vea, por ejemplo, el “Copito de nieve” de la Ronda Lírica, esa es viejísima y solo está en el Youtube”, reniega.

A todo volumen suena “El mecedor”, “El aguardientero, “El malicioso”, la original “María Teresa” de Leonel Ospina, “El mes de la parranda” y no puede faltar “La muy indigna” del caballito Garcés. “Palomita, paloma morena, paloma morena que el vuelo emprendió”, canta Jorge lo mismo “Bomboncito” de Los Alegres del Valle o “Dame tu mujer José”. Con la mirada en el pasado afirma que “esta canción se seguirá escuchando hasta que desaparezcamos” y continúa “Tengo el gusto de haber bailado toda esta música en mi juventud”. 

“La Red”, así se llamaba la discoteca de Mocoa donde Jorge disfrutó de todo el repertorio bailable de sus añoranzas. Los temas que le faltan en su archivo musical los anota a mano con su caligrafía impecable. Le pide ayuda a la madre de su nieto para sacarlos del Youtube, convertirlos en mp3 y sumarlos a la lista de más de mil canciones que va ordenando y clasificando: tríos, boleros, merenguísimas, diciembre, pegaditas pa´bailar, carnavales y villancicos.

Jorge cree que “el que no baila está música es un tullido”. Su esposa Dory Bernardita, amante de Camilo Sexto, Los Moros, Ana Gabriel y los diplomáticos, mientras sirve el café le dice entre dientes, “ya empezó don hombre, don cansón con su sonsonete”.

En 1960 su padre, Humberto Arcos Murillo, fue el primero en vender música en Mocoa. Montó el almacén musical “Opera”. “Había discos de 78 revoluciones y Long Play de 45.  “A veces nos sacábamos los discos para regalárselos a las novias”, rememora Jorge con una picardía ligera.  La “Ópera” sonó hasta que, veintidós años después, su padre se fue bailando al cielo.

Toda esa música acumulada en su memoria, todo el repertorio de boleros, villancicos, cumbias, merengues, sones tropicales y caribeños, se quedó para siempre en la mente matemática de Jorge, quien encuentra alivio para calmar dolores, penas y pobrezas de su infancia, en cada fragmento de esa música que además de hacerlo bailar, también lo mantiene entretenido. Hoy su nieto Nicolás tararea las mismas melodías, a sus dieciocho años mueve los hombros y a veces acompaña con silbidos las canciones guapachosas con las que creció, aquellas músicas con las que su abuelo lo paseaba para ir por un helado de la 21 o para que cayera profundamente dormido cuando era un bebé.

Tanto aprendió a amar su sonsonete, que durante años regaló copias de CD con la música elegida a sus familiares y amigos. El ritual comenzaba en noviembre con la firma a mano de cada copia y luego una ruta de distribución que le alegraba el alma. Ahora, Jorge se alista para dar un vuelta en su Volkswagen blanco. Se cerciora de llevar las memorias USB con todo su repertorio. Al final del recorrido las guarda en un frasco decorado con croché que Dory, su esposa, tejió para él.

 

martes, 9 de noviembre de 2021

Desde la raíz hasta los frutos


 


Por: Gustavo Montenegro Cardona

Surcar la tierra, abrirla, rasgarla, hurgar en sus profundidades implica cierto acto de violencia contra el suelo y evidencia un sacrificio silencioso de aquello que consideramos inerte, frío, ausente de dolor y carente de nerviosismo. Sin embargo, el que labra conoce de la vida de la tierra y ella, a su tiempo, reconoce las manos que la sacuden para encargarle la misión de que las semillas que ahí dormirán emerjan con los frutos prometidos por la sabia naturaleza.

Eso lo saben Santiago, Lucas, María Fernanda, Nirvana, Julián, Ángela y otros y otras soñadoras más, sembradores y sembradoras que desde hace algunos años cargaron sus maletas de hombres y mujeres viajeras, de músicos sensibles, de artistas libres, con semillas de música, pedagogía, educación, conciertos y festivales. Estos sembradores, atrevidos como lo son los gestores culturales, lanzaron sobre el incierto suelo de la promoción de escenarios para la formación de públicos y la proyección de la música andina, semillas repletas de charangos, guitarras, bombos, zampoñas, voces, cantos y gritos en memoria de aquellas músicas con las que nacieron, crecieron y viajaron por el mundo.

De esa siembra, del disciplinado hábito de regar, nutrir y amar la tierra cultural, nació el Festival Raíces Bogotá Andina, un encuentro en donde la música andina y la memoria de los cantos latinoamericanos, tiene un refugio, un lugar querido, un árbol del que ahora brotan deliciosos frutos.




Del 17 al 23 de octubre vivimos la quinta edición del “Festival Raíces - Bogotá Andina”. Una semana, siete días, más de 28 horas continuas de conciertos virtuales que convocaron a una diversidad de artistas y públicos responsables de sostener en el tiempo la herencia de las músicas ancestrales, el legado de los cantos que nacieron en las cordilleras, que se mecieron en los valles y que se escucharon durante años a las orillas de los ríos, en medio de los páramos, frente a lagos y lagunas.

El “Festival Raíces – Bogotá Andina”, es una iniciativa de la Fundación Social “Sembrando Camino” y cuenta con el apoyo de IDARTES desde la Alcaldía Mayor de Bogotá, en alianza con un grupo de amigas y amigos que promueven el amor por la música de los altiplanos, por este género que muchos creyeron había quedado en la nostalgia de agrupaciones tradicionales que parecían haberse echado en el olvido de otros mochileros y caminantes. Sin embargo, la visión cuidadora de quienes diseñan, convocan, promueven y expanden el “Festival Raíces – Bogotá Andina” justamente ha permitido una siembra juiciosa que con el tiempo nos permite comprender que hoy la música andina y latinoamericana sigue vive, se manifiesta desde distintos géneros y mixturas, y está hecha por manos y voces provenientes de diferentes zonas del país y del mundo.



Agrupaciones de Pasto, Sibundoy, Chile, Tarquí en el Huila, Sesquilé, Perú, Sibaté y Bogotá. Sonoridades que conjuntan la música clásica con los ambientes andinos de la guitarra nostálgica y el charango ancestral; fusiones de rock, pop y carrilera fundidas con waynos, baladas, valses, danzas místicas, cantos rituales, flautas inmortales, letras profundas y amorosas con cantos rebeldes, convocantes; lo mismo una protesta por allá que un san Juanito festivo por acá. Niños, niñas, jóvenes y adolescentes soñando con ser grandes artistas de las músicas hechas con vientos que se mecen en los volcanes de estos Andes majestuosos; grandes artistas andinos siendo niños, niñas y jóvenes que juegan con sus manos, sus voces e interpretaciones para recordarnos que la libertad es un niño dando saltos entre páramos y frailejones.

A la quinta versión del “Festival Raíces – Bogotá Andina” llegó toda esa riqueza de manifestaciones artísticas a través de 18, léase bien, 18 diferentes agrupaciones que simbolizan la manifestación presente de la música andina y latinoamericana.

Desde los grandes nombres como Elizabeth Morris, los persistentes Illary, los clásicos Kapary o los ya recorridos por cientos de escenarios como Guafa, Bambarabanda o la Banda de Flautas, Chicha y Guarapo, pasando por expresiones que recién han visto la luz como Kaipimikanchi o Runakam, este festival también abrió las puertas a las agrupaciones nacidas en el seno de los procesos de formación como la memorable Orquesta Andina Almma Cenzonte o los gigantes soñadores de Inti Ñan, Ñambi Kuna y Purikuna.

Ahí está la necesidad, pertinencia y sentido para que un proyecto en permanente construcción y crecimiento como el “Festival Raíces – Bogotá Andina” perdure en el tiempo, se expanda, crezca y otorgue nuevos frutos: su valor diferencial, la articulación entre los procesos formativos y la gestión de nuevos semilleros de manifestaciones musicales; la aceptación sin dogmas de nuevos géneros, la calidad de sus músicos invitados nacionales e internacionales, la convocatoria para descubrir nuevos talentos, la pulcritud en la realización sonora y audiovisual, el esmero y el amor de estos sembradores de futuro que hoy verifican que sus semillas tejieron profundas raíces en la tierra y que hoy el árbol de la vida musical creció arrojando apetitosos y jugosos frutos.

En medio de la incertidumbre que aún nos persigue esperamos que la versión 2021 haya sido la última sesión virtual del festival. Desde ya soñamos que en 2022 un privilegiado teatro sirva de escenario para albergar la sexta edición de este encuentro de mundos posibles, de este espacio donde se siembra todos los días para que las audiencias y públicos puedan recoger los frutos musicales de su mayor querencia andina.  



    

miércoles, 3 de noviembre de 2021

Refugios Climáticos

En estas imágenes habita un sueño acumulado durante largas noches de ilusión cinematográfica. John Mario, Juan, Diana y Luis anunciaron en una noche que esta idea comenzaría a tomar forma y me sentí conmovido, atrapado por el proyecto, ilusionado al saber que aquella promesa de retratar, narrar y poner en otra dimensión comunicativa el relato de Nariño desde el documental de naturaleza, por fin podría ser realizado por las manos, ojos, sentimientos y capacidades inmensas de este equipo de jóvenes creadores de relatos audiovisuales.
Llegó el tiempo justo acompañado del talento adecuado, del equipo técnico requerido, de la pasión necesaria, del conocimiento puesto al servicio de la narrativa y poco a poco los trazos sobre aquellos refugios increíbles que nos rodean comenzó a volverse tangible y posible.
Los dados del destino se arrojaron a mi favor y por la invitación generosa, amable y amorosa de Luis Ponce y de Dianita Moreno, con el aval de sus coequiperos, pude ser parte también de esta aventura que es un poema tejido de imágenes.



Con los carteles oficiales de "Refugios Climáticos" se consolida este pedazo de la historia y surge una nueva etapa para una iniciativa que, sin dudarlo, marcará una huella nueva sobre el manglar, los páramos y el bosque seco de este Nariño nuestro que merece ser contado desde los rincones donde emerge y es posible la vida.
¡Gracias equipo bonito! Qué honor, qué orgullo, qué emoción poder ser parte de este trozo de relato, de este sueño compartido, de este andar por los refugios en los que las palabras también encontraron su propio clima, su propia guarida y protección.



viernes, 22 de octubre de 2021

La Ofrenda de Luis Ponce




"Ofrenda", el calendario 2022 que oficialmente lanzó Luis Ponce el miércoles 20 de octubre en la Casa de la Cultura de Nariño, no es otro planeador del tiempo más. "Ofrenda" es ante todo una pieza artística elaborada con el amor que este excepcional fotógrafo de nuestro territorio conserva por el carnaval, por sus patrimonios, por el paisaje nariñense, por las costumbres culturales de la región, por el alma pastusa que lo envuelve.
Luis anunció la presentación de su obra y su invitación fue un llamado para que las amigas y amigos nos volviéramos a juntar alrededor del fuego, de la luz, del color, de la música y de los abrazos guardados durante estos dieciocho meses de reservas, cuidados, angustias y temores.
Asistimos al sacrificio del artista recostado sobre el altar de sus emociones más humanas. Luis enunció su "Ofrenda" y nos convocó, como lo hace Pericles Carnaval, para abrir las puertas de la fiesta sureña de manera anticipada.
Las trece fotografías que comprenden esta obra de detalles exquisitos en materia de impresión, acabados, formato y presentación, son una "Ofrenda" puesta al servicio del pueblo pastuso y nariñense por parte del fotógrafo que valida, valora y exalta la misión de las y los artistas del Carnaval de Negros y Blancos que danzaron, jugaron, hicieron música y brincaron frente al lente atento de Luis; frente a los ojos exploradores del carnavalero ferviente, ante el narrador de luces, sombras y colores que obturó su cámara para enaltecer trece escenas que ejemplifican la majestuosidad de nuestra fiesta a través de sus artistas, de un grupo de cultores y cultoras, de los seres humanos que no tuvieron que fingir poses ante los prismas coloridos, porque su manifestación festiva es más poderosa que cualquier intento de modelaje vanidoso.
Por eso esta "Ofrenda" que hace Luis es un acto de arte puro, un relato escrito con las luces sinceras de su oficio. Además, poseído por el espíritu carnavalero, inundado de esa locura que llueve sobre las mentes de los creadores, el artista invitó a danzar a las manos poderosas del Taller Granja para que el Barniz de Pasto también quedara como un manifiesto patrimonial sobre la base que sostiene la pieza. Desde allí, este calendario exquisito se exhibe como se luce un cuadro de lujo, un libro amado, un retrato para la memoria o una obra que pide ser contemplada.
Carnaval y barniz bailando pegadito. Madera y papeles abrazados. Tintas que bañan los retratos. Telas y luces que cuelgan desde los cielos. Flashes, ojos, miradas, cámaras y danzantes ubicados sobre la misma senda del juego fotográfico. Discretos lujos, pequeños detalles, sumatoria de sueño, creación y fantasía. Todo eso reunido es la gran mindala ofrecida por Luis Ponce, el fotógrafo, el carnavalero, el soñador, el artista que con voz quebrantada nos ha hecho temblar de emoción carnavalera con esta "Ofrenda" de amor y tierra.

martes, 28 de septiembre de 2021

Lo que no he podido olvidar

Así anunció la prensa regional la muerte de Jesús María Valle


Si a Jesús María Valle lo mataron el 27 de febrero de 1998, significa que a Medellín llegamos, con el equipo de Itinerario, el programa de televisión que realizábamos en el Centro de Medios Audiovisuales de la Javeriana, el 25 de febrero. Era un miércoles. Volamos desde Bogotá y ese día nos dedicamos a hacer las llamadas pertinentes para agendar a los invitados que participarían de uno de los capítulos de "Seis por Derecho", la segunda serie documental que a mis  tenía a mi cargo como realizador cuando apenas era un niño aprendiendo a hacer televisión educativa. 

Ese miércoles, 25 de febrero, pasamos después de almuerzo por la oficina de Jesús María Valle, quien fungía como Presidente del Comité Permanente de Derechos Humanos "Héctor Abad Gómez". Su Secretaría nos atendió, supongo que con amabilidad. Revisó la agenda y nos confirmó que el jueves 26 de febrero nos concedía la entrevista concertada previamente. Hoy no recuerdo si el diálogo que sostuvimos fue antes o después de su cita en la Fiscalía donde fue llamado a declarar porque lo habían acusado de calumnia al denunciar la vinculación del Ejército en las masacres de La Granja y El Aro, veredas del municipio de Ituango, territorio natal de Jesús María. 

Así fue como me enteré del nombre de Héctor Abad, de Ituango, de las huellas imborrables que el paramilitarismo estaba dejando en Antioquia, de lo que implicaba ser Defensor de Derechos Humanos, de los alcances desbordados de las Convivir de Uribe Vélez, de lo que implicaba denunciar las alianzas entre la Fuerza Pública, el sicariato de Medellín y los actores armados de la ultraderecha. 

La entrevista fue breve, pero contundente. Jesús María Valle en plano medio. Ángulo contrapicado. De fondo una estación del Metro de Medellín. Fuera de foco el movimiento del centro de la ciudad. El hombre con su corbata a medio anudar. El botón de la primera fila sin abrochar. Serio. Amable. Buen tipo. Un abogado determinado a ser amigo de la verdad. Nos explicó lo que estaba sucediendo en Antioquia en particular y nos presentó un mapa general de lo que ocurría en ese tiempo con los Defensores de Derechos Humanos, sus riesgos, sus dilemas, sus alcances y la penosa estigmatización a la que estaban sometidos por estar en el lugar particular de la historia. 



Él sabía que no podía estar expuesto durante mucho tiempo en público. Terminamos y salimos a realizar otras entrevistas y a grabar otras escenas para el capítulo. Llegamos tarde esa noche. Al siguiente día, el 27: preparar maletas, revisar material, desayunar y salir hacia el aeropuerto. Creo que fue en la sala de espera donde nos enteramos en un informe de última hora sobre el asesinato de Jesús María Valle. Sí, el mismo hombre. En nuestro equipaje viajaba la última de sus entrevistas para televisión. Solo un día antes habíamos estado con él y en un abrir y cerrar de ojos la historia de la violencia nos respiraba sobre el cuello, en el corazón, en el dolor de patria, en el miedo que sentimos al conocer la noticia. Llegué a casa, no pude dormir. A la mañana siguiente, Juan Carlos Giraldo, el eterno reportero de las notas judiciales, me esperaba con una cámara, su micrófono de medio masivo y una luz enceguecedora para tomar mi testimonio como el periodista que registró las últimas palabras públicas del Defensor asesinado un 27 de febrero de 1998. 

En la emisión de las nueve de la noche de ese día triste y sin olvido, salí en el noticiero con mi cara de hombre asustado, con mi rostro indescifrable, con el temor en los labios, el sudor en las manos, el frío en el cuerpo y la tragedia deambulando. Ese recuerdo, toda esa película, los instantes que logro retener como fotos fijas o como imágenes en movimiento, llegaron como evocación inevitable al recorrer con pausa y nostalgia cada escena de "El olvido que seremos", la película dirigida por Fernando Trueba, inspirada en la historia escrita por Héctor Abad Faciolince, el hijo del hombre al que el Comité Permanente de Derechos Humanos que presidía Jesús María, había considerado bautizar en su memoria eterna. 

Diré entonces que es una película que amerita ser vista y que cada quien encuentre lo que quiera buscar en sus adentros. Yo me quedo con la conexión emocional, con las escenas en las que me sentí representado por el pequeño Héctor, sus gestos, los juegos y los juguetes, su amor de hijo por un padre excepcional; sus descubrimientos en el mar de las letras y el sueño de ser escritor. Gracias a "El olvido que seremos" surgió este relato de aquello que yo no he podido olvidar.   

martes, 19 de enero de 2021

Martha Ruano: como un pájaro libre



Por: Gustavo Montenegro Cardona – Voces de Nariño

Desde pequeña aprendió a volar como los pájaros. Como si fuera la fecha de su nacimiento, recuerda que el 22 de junio de 2019 ingresó al Colectivo Escénico Teatro Transeúnte, ese nido donde le terminaron de poner las alas a su libertad de movimiento, a su expresión corporal, a sus ganas de conquistar el mundo desde las tablas, los escenarios y las nubes.

Es delgada, delgadita. Es una Martha de ojos grandes, de cabellos negros, boca de niña; lleva una sonrisa que parece haber estrenado hace pocos días. Ella desde siempre y ahora todos nosotros, le debemos a Sofía Estrada - una compañera del colegio de Martha -que la haya convencido de asistir a un ensayo del colectivo especializado en circo, teatro y clown, pues esa invitación se convirtió en este presente inimaginable y espera Martha que también haya sido la puerta a ese futuro que la llena de ilusión, aunque nada de esto estuviera en sus planes de adolescente.

Se despliegan las telas acrobáticas, se abre el escenario, rueda la transmisión. Señoras y señores, carnavaleras y carnavaleros del mundo, con ustedes, Martha Elena Ruano Delgado. Martha actriz, Martha acróbata, Martha y sus 16 años. Martha estudiante del Liceo de la Universidad de Nariño, Martha la niña que pudimos ver y escuchar, pese a todo, a través de cientos de pantallas desplegadas por el mundo entero; Martha la niña suave que tuvo la responsabilidad de ser el personaje principal de la puesta en escena construida para darle vida a la nueva historia del Carnaval de Negros y Blancos en su versión 2021, un hito que se recordará, para bien o para mal, como el más inesperado de los tiempos modernos.

Ahora Martha se llama “Zoila María Rosero”. Se ríe con gracia. “Así bautizaron a mi personaje”, dice la novel artista, la misma que junto a otros treinta actores y actrices provenientes de diferentes agrupaciones teatrales, al igual que alguna gente que incluso nunca antes había actuado, estuvo dispuesta a escribir una obra colectiva que diera cuenta del sentido mayor de la expresión patrimonial que es este carnaval, enfrentado como nunca, al enorme desafío de ser contemplado, vivido, disfrutado, jugado desde la virtualidad a la que nos sometimos en los inciertos días del confinamiento global.

Durante un poco más de un mes los teatreros, acróbatas, actores profesionales y naturales, dispusieron todo su tiempo, esfuerzo, carisma, pasión y amor por el carnaval y la escena, para elaborar un guion conjunto que sirvió de base que narrara día a día los momentos más significativos de cada fecha festiva, en cada tarde carnavalera que construyó una nueva senda, una nueva calle, un nuevo lugar para jugar con el mundo al revés.

“Quiero a Martha en este personaje” fue la sentencia de Piero Hidalgo, el profesor de artes de Martha durante los últimos cinco años y Director General de la pieza teatral tejida con retazos de memoria, de fantasías cultivadas en el país de las nostalgias, y con la herencia de los carnavales acumulados. 

Sonrojada e incrédula, Martha recibió la noticia de su designación como uno de los personajes principales de la puesta en escena que serviría como hilo conductor de un relato montado para el gran teatro virtual. “Tendrás que encarnar la esperanza de los carnavales” fue la palabra final, como si se tratara de un designio venido de otro mundo. Llegó así, de nuevo, la hora de ser valiente, un nuevo tiempo para saltar desde la tela acrobática hacia el vacío de la que sería para Martha: “la mayor hazaña de mi vida”.

Con el boceto listo, las marcaciones de la improvisación preparadas, el trabajo colectivo diseñado y el tiempo contando cada minuto hacia adelante, llegó la hora para que Pericles Carnaval anunciara el comienzo de la fiesta magna del sur.  Entonces, Martha dejó de ser ella desde las cinco y treinta de la mañana, la hora dispuesta para concentrarse y ensayar. Ahora, Zoila María Rosero debía ensayar cada uno de sus movimientos, cada paso, cada salto, cada juego para explicar, desde el acto libre de la dramaturgia, el inacabado relato del Carnaval de Negros y Blancos, fiesta popular, sin pueblo; fiesta de la calle con aceras vacías; fiesta de la gente, sin gente.

Martha, vuelo de ave ligera, encarnó a la nieta encargada de conocer la historia de sus abuelos carnavaleros responsables de evocar la nostalgia de las fiestas que fueron y que, seguramente, ya no serán iguales ¡jamás! A ella le correspondió ser todas las miradas, todos los jugadores, todo el pueblo. Martha, siendo Zoila, danzando con los colectivos coreográficos que se juntaron, como tal vez nunca ante los habíamos visto en un solo ensamble de música y danza en un evidente mensaje de colaboración, solidaridad, hermandad cultural y resistencia ante estos tiempos llenos de zozobra.

Zoila en el cuerpo de Martha untando cosmético, dibujando pinticas y caricias en nombre de cada carnavalero que se quedó guardado en casa con la algarabía engavetada, con las ganas de salir a jugar en la plaza. Zoila y su familia siendo la familia Castañeda que es la síntesis de las familias del sur, de las familias que generación tras generación procuran preservar la memoria de la fiesta. Zoila heredando la máscara del pueblo, bailando en nombre de todos, cantando en nombre de todas, Zoila María Rosero, el personaje encarnado por Martha echándose a la espalda el peso de ser testigo fiel de este carnaval sin precedentes.  

Facebook Live On. Señal al aire, pantallas encendidas, celulares navegando en las anchas autopistas digitales y luego de un par de horas ya estaba todo resuelto, todo ya se había visto, todo se había contado. Así pasó el 2, el 3, el 4, el 5. Así le pasó la vida a Martha, así nació y creció Zoila María en el maternal vientre de una Concha Acústica dispuesta para darle vida a un carnaval que tuvo que adaptarse a las nuevas condiciones de la convivencia colectiva.

Agotada por las extenuantes jornadas el personaje de Martha cayó en un profundo sueño del que parecía no poder ni querer despertar. Por más que lo intentaban, los cusillos, esos seres carnavaleros vestidos con costales que hablan el lenguaje de los monos de la selva, no lograban que abriera sus ojos. Era la mañana del seis de enero, un seis como ninguno, un día cubierto por nubes tristes. De repente, el espíritu carnavalero, esa fuerza indescriptible, esa presencia ausente de materia, esa energía que se dispersa en el aire de Pasto y que atraviesa calles, talleres y casas, contagió a esta niña heredera de la tradición. Así pudo asistir a un desfile inventado, a una senda imaginada por donde transitaron murgas, disfraces, minicarrozas, gente juguetona, un público que simuló revivir el día magno como si el sueño permaneciera vivo en la memoria de Martha, ave durmiente.

Zoila María, elevada por los brazos de sus compañeros contempló desde la altura el mundo al revés. Contó lentamente: uno, dos…tomó aire, le agradeció a su Maestro Oscar Martínez, el director de toda la vida y se lanzó como el pájaro libre en el que se convirtió después de todo ese tiempo de vivir en su propia piel este carnaval que parece no tendrá el mismo nombre de siempre. Mientras permanecía en el aire soñó con llegar a ser “la Reina más pastusa” del carnaval, una mujer guardiana de la historia, el sentir y el saber de esta fiesta que con el peso de la esperanza llevó Martha Ruano, ave carnavalera, sobre sus hombros.  

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miércoles, 30 de diciembre de 2020

Bajo el agua


Por: Gustavo Montenegro Cardona - La Otra Senda 3.0

 Este ha sido el año de las nostalgias, el de los intentos por aprender a ser en medio del caos, del conflicto máximo. En medio de este ambiente bañado de imposibles las añoranzas se convierten en inevitable plato del menú del día. La extrema digitalización de la vida lo ha trastocado todo. Estas condiciones no pedidas nos condujeron a ser testigos de una era señalada por la distancia en tiempos de querer estar juntos. Juntos como andábamos cuando éramos niños. Juntos como nos gustaba estar con los chicos del barrio. Juntos para rezar las novenas de casa en casa, para ir de serenata en serenata, para pasear por las calles del lugar.

Juntos para pasar la mañana, ir cada quien a su casa a almorzar y regresar lo más pronto posible a seguir jugando - en la calle destapada - a los huevos del gato, a pelear por las canicas, patear el balón, corretearnos o simplemente sentarnos en un andén a mirarnos sin decir muchas cosas. Juntos al finalizar la tarde del 27 de diciembre de todos esos años que duramos siendo pequeños, inquietos y juguetones a reunir bombas, llenarlas de agua y conservarlas en baldes o en la poceta de lavar la ropa llena de agua hasta el borde. “Aguas que lloviendo vienen, aguas que lloviendo van”.

Esta no es una confesión de culpas propias, ni ajenas, era lo que había, era lo que habíamos aprendido a hacer. Nadie nos dijo nada, ni se encendió alarma alguna, ni nos recriminaron por nuestros actos que eran herencia de eso que hoy conocemos como la cultura de nuestro sur; la ecología era una materia innovadora en el obligado currículo escolar, la naturaleza era ese lugar que siendo Scouts adorábamos visitar cada fin de semana. En esa época los ríos iban a permanecer para siempre, creíamos que el mar era el lugar más limpio del mundo y respirábamos un aire renovado cada nuevo amanecer. Los volcanes que nos protegían como guardias vigilantes de la tierra tenían sus cumbres siempre blancas y los cuentos apocalípticos sobre la devastación del planeta eran temas para películas de ciencia ficción. El cuidado del medio ambiente, los líos de la contaminación o el desperdicio del agua no tenía que ver nada con nosotros. “Cuando el río suena”.

Con el tiempo aprendimos a hacer de ese 27 nuestro propio ritual. Mientras unos se encargaban de preparar las bombas cargadas de agua, otros aprendíamos a preparar el papel encolado para elaborar la máscara del año viejo que sería nuestra distracción antes de terminar el año. En la terraza de la casa vecina escuchábamos todos los sonidos nuevos del Rock en Español y esa banda sonora nos hacía felices las noches frías.  

En casa, para completar los preparativos alistábamos bolsas plásticas y papel periódico, creímos en la teoría de que para combatir el frío provocado por el agua helada la fórmula de forrarnos en plástico y papel servía para aplacar la sensación de morir congelados.

Desde temprano, ya el 28, las amas de casa más atrevidas preparaban su venganza. Los hombres despistados creían merecer los manjares que les servían a la media mañana: buñuelos rellenos de algodón como una fábrica de aceite y café con sal que se escupía a los pocos segundos de tocar el paladar. Las carcajadas se escuchaban en cascada desde la cocina, luego en el comedor, pasaban por el patio y llegaban a cada cuarto. ¡Cayó! Decíamos en coro mientras nos alistábamos para salir a la calle. “En la calle, algo bueno va a pasar. Ven sal a la calle. Sal a caminar”.

Nos llenábamos con agua de panela o café bien caliente (sin sal por supuesto). Algo de almuerzo rápido y juntos salíamos a buscar el peligro. No tardábamos en dar los primeros pasos y desde los platones de las camionetas que circulaban a paso lento sentíamos el golpe de las bombas que nos lanzaban sin piedad, casi con furia. Desde los balcones y las terrazas caía agua y más agua. ¡El diluvio iniciaba! “Ojalá que llueva café en el campo”.

La reserva de bombas nos servía para atrincherarnos y contraatacar. De esquina a esquina éramos testigos de las auténticas batallas de agua entre bandos de barrios que habían jurado una enemistad eterna, o incluso, entre grupos de familias que aprovechaban la ocasión para lavar sus trapitos al sol.

Calle encharcada, cuerpos lavados de pies a cabeza. ¡Asfixiados por el papel y el plástico! Juntos, como la banda que se unió y se disolvió por el propio destino de la amistad infantil y juvenil, íbamos rumbo al parqueadero del LEY, un supermercado tradicional que con el tiempo fue cambiado de nombre, madurando en su misión de proveer las necesidades reales y las inventadas a las familias ipialeñas.

Ya en la gigante plaza, la música salía de una sumatoria de bafles y parlantes por donde se expulsaban todos los ritmos bailables posibles: merengues, salsita que ya era vieja para nosotros y recuerdo para nuestros mayores; sonaban san juanitos, música ecuatoriana, se intercalaban las nacientes bandas de un rock local hecho con las uñas con las orquestas de todo tipo que cargaban con la inmensa responsabilidad de abrigar el cuerpo y calmar las almas que desde ese día querían dejarse endiablar. Todo Lisandro Mesa, que viva Rodolfo y los Hispanos, zapatea, zapatea; otro año más con “La misma gente” y Niche y Willie Colón y Don Medardo y la algarabía con la “Afro Onda”. ¡Aguanilé!

El cuerpo se movía motivado por el tiritar de los huesos a punto de morir. Bailábamos y saltábamos intentando quitarnos el hielo acumulado en la piel. El sol de diciembre picaba más de lo que abrigaba, su luz nos recordaba que era de día porque por dentro sentíamos que la vida era un nocturno témpano de hielo. ¡Piel erizada y morada! Aun así, celebrábamos con júbilo la llegada del carro de los bomberos que a las cuatro de la tarde anunciaba su entrada triunfal a aquel parqueadero repleto de gente empapada. El maquinista encendía todas las luces, ponía a resonar todas las estruendosas alarmas y de cada costado del gigante rojo los voluntarios se encargaban de bañarnos con chorros de agua que parecía traída del mismísimo ártico.

Era ahí cuando se despertaba el espíritu carnavalero que se reprimía durante todo el año, pero que a partir del 28 de diciembre adquiría una vida propia que deseaba convertir todo en fiesta, en juego, en distracción, en algarabía infinita. ¡Agua que no has de beber, déjala correr!

Agua y más agua, agua en baldes, por chorros, en mangueras, en tanques; bombas de agua, agua congelada en bombas que como piedras se convertían en violentas municiones que provocaban una que otra emergencia médica. Calle empapada, gente goteando agua sin piedad. Así se nos iba la tarde. ¡Juntos! juntos saltando, intentando bailar, bañándonos bajo el agua como si llegara la hora del bautizo final. Agua que va, agua que viene, agua que cae, agua que se riega, agua corriendo parqueadero abajo, agua que no se secaba, agua para siempre, agua que terminaría siendo río, agua para cantarle al mar.

Empapados, hechos un trapo ensopado, así volvíamos, juntos, casi todos, a casa. En el camino se quedaban dos o tres, generalmente los enamorados, los que más bebían o los que retaban al frío como en un duelo personal para jugar a la resistencia humana. Nunca se nos cruzó por la mente que años más tarde vendría la prohibición, el señalamiento, la condena por el cruel desperdicio del líquido vital, las restricciones, los decretos, los juegos alternativos. Ni idea de que las tizas que se usaban en los antiguos tableros verdes del colegio servirían, más allá, para pintar sobre al asfalto decenas, cientos de figuras venidas de todas las mentes posibles. Sólo nos importaba jugar y ser felices mientras nos divertíamos a pesar de la crueldad del frío de la mañana y de la tarde y de cada minuto que insistía en demorarse más de lo necesario, como si al tiempo también le causara gracia el día de inocentes y buscara congelarse cada 28 de diciembre que lo dedicamos a andar juntos en las buenas, en las malas, en las más difíciles y hasta en los crueles momentos de soportar el frío por el exceso de agua derramada sobre nuestros flacos cuerpos y nuestras delgadas pieles.

Al final todo tenía sentido cuando cruzábamos la puerta que nos devolvía a casa, no sin antes recibir un par de bombazos finales que caían con todo el peso de la ley sobre las espaldas resignadas a soportarlo todo. Entonces ahí estaba ella, entre indignada y burletera. Ella con su bendición para cada uno. Ella con el agua caliente en la tina para terminar de bañarnos toda la mala energía acumulada. Ella con las toallas limpias y acolchadas. Ella alistándonos la cama, las piyamas y los bucitos de algodón. Ella preguntándonos que por qué nos habíamos demorado tanto, por qué nos habíamos mojado hasta que no nos cupiera una gota más de agua, ella oliendo nuestro aliento para adivinar si habíamos ingerido alguna bebida no debida, ella bromeando sobre nuestro tiritar de huesos, ella y su vocación de servicio sin cuestionamiento.

Nosotros buscando el mejor lugar en la cama de los padres, acostados ahí, frente al televisor, dispuestos a seguir perdiendo el tiempo en la edad en que ese es el mejor de los oficios. Luego ella y sus manos llevando la bandeja con caspiroleta o chocolate o café bien caliente y galletas untadas de mantequilla o pan de sal bañado en margarina para devolvernos el alma perdida. Ella y su cariño rebosante, ella y el abrigo. Por eso valía la pena jugar, por eso valía la pena el frío, la tiritadera, cada chapuzón, cada tormenta de ese carnaval enloquecido y colmado de agua, porque al final de todo ella siempre estaba ahí, dispuesta a cobijarnos y a devolvernos la vida. Así empezaba ese carnaval que ya no será igual.  “Si el hombre es un pueblo, el agua es el mundo”.