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viernes, 3 de octubre de 2008

SOMOS LENGUAJE: una búsqueda en la precisión idiomática.


Si hay algo que permite diferenciarnos como especie humana, como género humano de la creación es la expresión del lenguaje hecha idioma, hecha arte. La evolución del ser humana radica en la complejidad de su sistema de comunicación y en el papel que desempeña el lenguaje en ese proceso de construcción de lo social, de lo puramente humano es el eje de la acción humana. El periodista, el mediador, el comunicador, el canalizador del mensaje público posee la capacidad, conlleva la responsabilidad y debe ser ícono del buen uso de ese lenguaje que facilita o perjudica la comunicación.

Al leer en el papel los gazapos que confunden el número y el género o notar imprecisiones en la construcción gramatical o escuchar en la radio los titubeos permanentes, los trastabilleos o la palabra llena de dudas, se genera esa necesidad de insistir en el uso adecuado del idioma, en su correcta constitución lingüística, no por el ánimo de convertirse en dogmáticos de la Academia de la Lengua, o de pretender posturas intelectuales, sino por la simple responsabilidad que implica comunicar de manera precisa el mensaje desde el empleo adecuada de la herramienta que facilita la acción comunicativa.

Si el periodista elude esta responsabilidad bajo las premisas contemporáneas que establecen que todo da lo mismo, y que lo importante no es la forma sino el contenido, pues entonces también dará lo mismo que quien comunique sea un periodista o un no profesional del oficio, advirtiendo, aquí también, que el profesional no puede ser estigmatizado por la posesión de sus títulos de abolengo universitario, sino desde la certeza de aquel que ejerce el oficio de manera cotidiana, solucionando problemas relacionados con la información y la comunicación.

La relación comunicativa básica es una sumatoria equilibrada de forma y contenido, de substancias y formas; vale tanto el formato como lo que lleva dentro de sí. Bellos diseños gráficos deben ir acompañados de informaciones completas, precisas, pertinentes y contextualizadas, pero también de mensajes bien dichos, bien escritos, bien narrados. Ahí, el lenguaje entra a la esfera, entra al estadio del juego y así como la palabra sirve para alabar, también es empleada para atacar o juzgar. Una palabra mal empleada, un juego gramatical construido inadecuadamente bien podría desatar una batalla o facilitar un proceso de paz.

En el contexto del conflicto armado, lo recuerda Javier Darío Restrepo, la verdad es la primera de las víctimas. Por tanto, es deber del comunicador, del periodista, hacer uso de la palabra para remediar la verdad, para rescatarla, para evidenciarla, para convertirla en un bien público. La verdad, entonces, se compone de palabras adecuadas, de lenguajes oportunos. El lector, que no es desprevenido, se asoma a todo texto comunicativo, bien de la televisión, bien de la prensa, bien de la radio, bien de los medios electrónicos, con la intención de descubrir qué verdad está narrándose en esos espacios de la comunicación social. Creer que las audiencias siguen siendo las mismas masas de los primeros años del siglo XX, desatendidas de su contexto, como lo creían algunos teóricos de los Mass Media, es una falacia. Hoy, el lector es crítico, analítico y supremamente prevenido ante los mensajes mediáticos, toda vez, que por esos mismos han circulado muchas mentiras que fueron exhibidas como verdades públicas, para luego ser descubiertas por la historia.

De ahí que la precisión del idioma, que el correcto uso del lenguaje no se limite solamente a unos tecnicismos académicos establecidos por un deber ser, sino que va más allá de las reglas gramaticales tradicionales. Determinar si una tilde se pone o no sobre la sílaba acentuada, supera las normas de las palabras agudas, graves o esdrújulas, se trata de determinar en profundidad la intención comunicativa de la palabra, y de descifrar los códigos de las múltiples relaciones que pueden surgir o limitarse con el uso de un signo, de un símbolo, de un grafismo.

Somos lenguaje, y nosotros sus defensores. Somos lenguaje y él nuestra mejor herramienta. Somos lenguaje e idioma, somos comunicación.

domingo, 17 de agosto de 2008

PARO: ¿Camionero o de Camioneros?


Castellano correcto
De paros, camiones y camioneros
Por Jairo Cala Otero


¡Afortunadamente el paro de camioneros, terminó! Por lo menos así también termina –por ahora- una expresión imprecisa que, durante las dos semanas de vigencia de ese movimiento de protesta, utilizaron muchos periodistas en Colombia: ¡paro camionero! Dicho de otro modo: desde el sábado paró el uso del giro "paro camionero", en los medios periodísticos. ¡Aleluya!Para entrar en razón es preciso, primero, que echemos un vistazo sobre cada una de las dos palabras que componen tal expresión:


Paro: Que deriva del verbo parar, significa cesar en el movimiento o en la acción. Pero también significa: "Interrupción de actividades colectivas por iniciativa de algún grupo social o de una autoridad; huelga (interrupción de la actividad laboral por parte de los trabajadores). Situación de quien se encuentra privado de trabajo. Conjunto de todas aquellas personas que no están empleadas porque no encuentran trabajo". Como se nota, con el vocablo "paro" se habla de una acción, un movimiento, una decisión; nunca de un ser animado.


A ese tipo de palabras se les llama sustantivos abstractos. Esto es, denotan una acción ejecutada por otro agente (otro sustantivo, que puede ser común o propio).Así las cosas, el paro (cesación de labores) que hubo en Colombia lo cumplieron los camioneros. Este sí es un vocablo que señala a seres animados, a personas. Por tanto, es sustantivo común; pero simultáneamente es sustantivo concreto, animado y colectivo.Ahora, recordemos lo que semánticamente es un camionero:


Camionero o camionera: Persona que conduce un camión.Los camioneros (los que conducen camiones) fueron quienes suspendieron labores; pararon actividades, entraron en paro. Luego el paro fue de camioneros.


"Paro de camioneros fue levantado ayer", por ejemplo, debió ser la expresión correcta para el titular de los periódicos sobre el fin de esa protesta de camineros (no "protesta camionera", como seguramente hubieran dicho y escrito los necios).


Para que haya precisión se necesita de la preposición "de".Alguien, para justificar el uso del giro impreciso ya aludido, explicaba al autor de este artículo: "Es que 'paro camionero' queda mejor para el encuadre del titular de prensa; en cambio, 'paro de camioneros' es más largo y daña la armonía del título". ¡Vaya, vaya! Con que el asunto, entonces, ¡es de estética y no de corrección lingüística!


Como si al lector le importara simplemente si el titular de prensa se "ve bonito". Con ese tipo de argumentos (peregrinos y sin soporte idiomático) se "ametralla" diariamente al español; y sus promotores quedan convencidos de que hicieron una gran hazaña. Pero, no. Lo que hacen es destruir el conjunto de una normatividad por la que se hace funcional un idioma.Es procedente aprovechar este último aspecto para transcribir lo que dice la máxima autoridad lingüística del español (RAE), sobre el particular: "La norma no es sino el conjunto de preferencias lingüísticas vigentes en una comunidad de hablantes, adoptadas por consenso implícito entre sus miembros y convertidas en modelos de buen uso. Si no existiera ese conjunto de preferencias comunes, y cada hablante emplease sistemáticamente opciones particulares, la comunicación se haría difícil y, en último extremo, imposible. La norma surge, pues, del uso comúnmente aceptado y se impone a él, no por decisión o capricho de ninguna autoridad lingüística, sino porque asegura la existencia de un código compartido que preserva la eficacia de la lengua como instrumento de comunicación".


Muy claro. Lo contrario es terquedad, simplemente. Terquedad con la que se sigue actuando en contravía de lo que ha sido estatuido como correcto. ¿Se imagina usted, caro lector, una sociedad sin leyes y sin castigo para quienes las infringen? Eso que hacen los antisociales, quieren hacerlo también los contraventores de la normatividad lingüística. Del caos en el lenguaje, ¡ampáranos, Señor!