Mostrando entradas con la etiqueta CRONICA. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta CRONICA. Mostrar todas las entradas

miércoles, 9 de septiembre de 2020

En el cielo no hay mongólicos

 

EN EL CIELO NO HAY MONGÓLICOS

 


Por: Patricia Bejarano Herrera - Comunicadora social y periodista de la Universidad Javeriana.

Máster en Gestión de Empresas de Comunicación de la Universidad de Navarra.

Cursante de El Lugar de Las Palabras


Carta 1. 1 de agosto de 2020  

Asunto: Mi mongólico favorito


Hola Juancho. Siempre he considerado que ahora estás mejor que antes. Estos días he pensado mucho en ti. Siempre te había recordado, pero ahora eres una idea constante en mi cabeza. Lloro cuando pienso en ti. Es un llanto nostálgico porque quisiera devolver el tiempo y tenerte de nuevo en mis brazos y consentirte.

Algunas veces lloro de irritación y despecho por no haberte cuidado más cuando estabas en el hospital. Debí tragarme la “jartera” que sentía al saber que en el hospital siempre mi papá estaba contigo para cuidarte y se alardeaba diciendo que al único que le hacías caso era a él, pero fresco, después hablamos de nuestro “león”. Ya te explicaré porque lo llamo así. Han ocurrido muchas cosas que quiero que me confirmes si las sabes o no. De esta manera, compartimos nuestras perspectivas. Tu desde el cielo y yo desde aquí.

(Respiro)

Como te venía diciendo: te pienso y me imagino que estás convertido en un apuesto ángel; sí, como esos que pintaba Miguel Ángel: fuerte, musculoso y atlético. Me imagino esto, porque si con tus características especiales de mongólico eras el niño más hermoso del mundo, en el cielo las cosas deben ser mejores ¿no?

¿Sabes? Mi mamá me dijo un día que sería rico poderte ver con tu nueva presencia. -En el cielo no hay mongólicos - eso me dijo un día y, como tú sabes, yo le creo todo a ella. Pero, la verdad sería muy divertido que todavía fueras mongólico y que te pusieras de ruana el cielo, como te pusiste de ruana esta tierra. Me imagino a los otros ángeles, serafines y querubines tratando de controlarte. Me da risa. Eras tan ocurrente. Hacías cosas que a nadie se le hubiera ocurrido hacer en la vida.

Mi mamá también habla sobre ti y recapitula sueños y anécdotas que nos pasaban contigo. Y cuando ve una fotografía tuya dice ¡Ay, mi Juancho! Mi papá también te recuerda con mucho amor; en cambio Daniela, mi hija ¿la recuerdas?, ella nunca te quiso. Le hiciste tantas maldades que nunca te logró perdonar. Hasta creo que se alegró de que te hubieras muerto. No la culpo, fue una niña y ahora es una adolescente consentida y malcriada.

¡En fin! Te sigo contando como te pienso. También te imagino como un ángel, pero no tan provocativo, sino como un angelito tierno como los de Rafael, esos gorditos; como fuiste tú en alguna época. ¿Recuerdas que te decía “mi gordo”?

Esa clase de apelativos no los uso frecuentemente, pero contigo sí porque desde que te vi por primera vez en esa “gigante abuelita azul” me enamoré de ti y todos mis besos, abrazos y expresiones de cariño fueron exclusivamente tuyos.

Te amé desde el primer momento y eso que yo quería una hermanita. Gracias a Dios fuiste hombre ¡y que hombre! En realidad, me llevo mejor con los hombres que con las mujeres; con decirte que ni con nuestra hermana tengo relación. Sé que vive en Cartagena con su familia, que está bien. Adoro a Santiago, su hijo. El que nació nueve meses después de tu muerte.

Recuerdo que con mi mamá guardábamos la esperanza de que el hijo de Marlene le saliera mongólico; era simplemente una idea, un deseo, una aspiración, para poderte tener otra vez entre nosotros y que también se llamara Juan Carlos ¿Te imaginas? Hubiera sido bueno repetir, con más experiencia, lo que vivimos contigo.

¡Noooo! No era por desearle mal a mi hermana, era todo lo contrario. Estábamos tan tristes por tu partida que necesitábamos que volvieras.  Además, todas las condiciones se daban. Marlene de 42 años, débil, hija de primos hermanos, genéticamente vulnerable, era fácil, pero finalmente no fue así. Santiago Villa Bejarano nació normal. Grosero, necio, voluntarioso y además costeño. Pero lo amo desde la distancia porque casi no lo he visto. Tiene siete años y si lo he visto ocho veces es mucho. Él en Cartagena y yo en Bogotá.

Tengo tantas cosas que decirte y quiero, a través de estas cartas entender nuestra historia; no solo la tuya y la mía; sino la de nuestros padres, la de nuestra hermana y la de las personas cercanas que tuvimos, para comprender la máquina de emociones que habita en mí, que muchas veces me lleva a los socavones más tenebrosos de mi existencia. Hoy, más que nunca. Juancho, te debo contar algo terrible.

He pensado muchas veces en irte a buscar, ya sabes, tomarme unas pastillitas para que mi alma se separe de mi cuerpo y llegar donde están los muertos. Aunque yo sé, o esa es la creencia, que si me mato me voy para el infierno y allá no te voy a encontrar obviamente, porque tú fuiste un ángel siempre y te fuiste como un soplo al paraíso, derechito, sin necesidad de pasar por el infierno ni por el purgatorio. Naciste ángel y te fuiste ángel.

Así que por ahora no me voy a tomar ningunas pastillitas, ni me voy a botar por ningún balcón. No al menos mientras entienda mi pasado y mi presente.

Por ahora te cuento que no estoy muy bien de ánimo. Las depresiones vienen y van. Pero, en este mismo instante no me siento tan bien y estoy muy susceptible. Todo es una tragedia. Una tragedia diferente a como fueron tus últimos días en esta tierra. Tu dolor era físico, tu cuerpo lo demostraba; el mío es del alma. Estoy rota por dentro, pero escribir esto y tener la confianza de que me escuchas me motiva.

La pregunta que me surge en este momento es: ¿el sufrimiento físico supera al del alma? Tus últimos meses en esta tierra fueron terribles. Tu no lo decías, por obvias razones, pero tu mirada lo expresaba todo. Tu dolor también debió doblegar tu espíritu, pero nunca tuve la certeza ya que tu incapacidad de hablar daba paso a muchas conjeturas.

Recuerdo un día que llegué a visitarte al Hospital Militar y cuando entré a tu habitación estabas totalmente entubado por boca, nariz y estómago. Además, tenías tus manitas atadas con unas sábanas a la cama, porque era obvio que con un poco de libertad te ibas a arrancar los implementos médicos sin importar las consecuencias. Lo recuerdo y vuelvo a llorar.

Por favor mi Juancho respóndeme esta carta lo más pronto posible. Dime lo que quieras, pero hazme saber que estás conmigo.

Te amo,

Tu hermana preferida


Carta 2. 2 de agosto de 2020 

Asunto: Los únicos que no lloran son los bobos

Hola hermana:

Claro que estoy contigo. Tus pensamientos te lo confirman ¿Qué me quieres contar?, ¿por qué estás tan triste? Dímelo ya.

Espero encontrar esa respuesta en tu próxima carta. Prométeme que es lo primero que me vas a escribir.

Por ahora te cuento que lo que dijo mi mamá es verdad. En el cielo no hay mongólicos. No puedo ver nada de lo que pasa en la tierra. Aquí todos somos iguales y hacemos lo mismo. No existen los días ni las noches.

Paty, me parece una buena idea este cruce de cartas ¿Por qué no se te había ocurrido antes? Pero, de una vez te digo que no eres mi hermana preferida. Con esto no busco empeorar tu estado de ánimo. Las amo a las dos. Ustedes, aunque diferentes en personalidad y pensamiento, me adoraron sin reparos, conociendo y no conociendo la verdad de mi condición. Las dos me cuidaron, me consintieron y por eso no tengo hermanas preferidas. Las dos lo son.

Hasta recuerdo el día en que una monja de tu colegio, cuando estabas en segundo de primaria, al ver que no aprendías rápido y no dabas pie con bola en los exámenes te dijo: -Patricia usted es igual de retardada mental que su hermano-, y tú, orgullosa de ser como yo. Mi mamá fue la que se encrispó y fue a donde la directora a hacer el reclamo. A esa monja le fue mal, la trasladaron a otro convento por haberte dicho eso. 

Sí, te confieso que los últimos años de mi vida fueron pesados, dolorosos y aburridos. Pero no quiero iniciar esta conversación con las experiencias de esos días. Más bien te voy a contar como fue mi nacimiento y porque llegué al mundo de ustedes de esta manera.

Ahora, desde donde estoy, puedo -como en una película de ciencia ficción- comunicarme a través de los pensamientos. Como lo estamos haciendo ahora. ¿Empezamos?

Recuerdo el día que llegué a la casa de Villa Luz. Estaba haciendo frío. El reloj marcaba alrededor de las dos de la tarde. Mi abuelita Beatriz, Marlene y tú abrieron la puerta de aquella casa con una felicidad desbordante para recibirme. Mis papás llegaron un poco cansados, tristes y preocupados. Ya habían recibido la noticia de que yo no era normal.

Durante el parto, mi mamá sintió que algo sucedería. Conoces bien su capacidad de anticipar los resultados de la mayoría de las situaciones. Su inteligencia emocional y sabiduría lo hacen posible. Es parte de su personalidad tranquila y equilibrada. Ya hubieras querido tu heredar algo de esto ¿cierto? Siempre te lo escuché decir. Decías a modo de chiste: - mi mamá es como una bruja, todo lo que ella dice la mayoría de veces se cumple -. Por eso confías tanto en ella y eres tan dependiente.

En esa ocasión mi mamá lo intuyó en el mismo momento de mi nacimiento porque ya había tenido la experiencia, con ustedes dos, de que los bebés lloran al nacer incontrolablemente para demostrar que sus pulmones están sanos.  En cambio, yo no lloré, no tuve necesidad de demostrar que mis pulmones estaban sanos, porque en realidad no venía bien nada bien. En ese momento mi mamá recordó las palabras del doctor que recibió a Marlene cuando le dijo -la niña está bien, su llanto lo dice todo porque los únicos que no lloran al nacer son los bobos-.

En ese instante mi mamá no tuvo necesidad de preguntar nada más. Con ese simple hecho supo que yo no era normal. El doctor se acercó y le dijo: -lo lamento mi señora, el niño nació mongólico. Se trata de un síndrome conocido como Down. Sus características físicas lo corroboran, pero le haremos algunos exámenes para revalidar lo que le estoy diciendo -.

Obviamente mi mamá se desmoronó, hasta tuvieron que aplicarle algunos calmantes, pues la noticia le cayó muy mal.  Estuvo llorando un largo tiempo. Después mi papá entró a la habitación, me miró y felicitó a mi mamá. Ella le respondió:

-No se alegre tanto. Mire bien al niño -. Por supuesto mi papá no entendía nada y le dijo que me veía normal. Entre tanto mi mamá seguía llorando hasta que llegó el doctor y les explicó que yo tenía un desequilibrio genético y que eso me haría especial. También les dijo que la malformación con la que había llegado me impediría aprender a caminar y a hablar, pero que no se preocuparan porque generalmente los mongólicos se mueren rápido.

Mis padres quedaron más preocupados que antes y se concentraron en llorar y lamentarse de que yo fuera un mongólico. Fueron momentos muy difíciles para ellos, pues nunca pensaron que algo así sucedería con algún hijo suyo. Además, ustedes habían nacido normales.

Cuando se quedaron solos en la habitación, mi mamá inició una serie de preguntas que nunca tuvieron respuesta: - ¿Será que esto sucedió porque somos primos hermanos?, ¿O será porque ya estaba muy vieja para tener hijos? -. Mi mamá contaba con 35 años, en esa época, esa edad era considerada riesgosa para tener hijos.

Las explicaciones se terminaron y tuvieron que abandonar la clínica Palermo, asumiendo el nuevo reto que les había impuesto la vida. Este fue el inicio de la historia.

Espero tu próxima carta. Ahora sí cuéntame lo que me tienes que decir.

Te amo.

Juan Carlos

 

 

Carta 3. 4 de agosto de 2020

Asunto: La llegada del Down

Hola Mi Juancho:

Recuerdo al pie de la letra tu llegada a nuestra casa. Pasaron algunos días antes de que nos dieran la noticia de que teníamos un hermano muy especial. Para mí eras especialísimo. Eras el hermano perfecto, lo que yo siempre había soñado. O bueno, hubiera preferido una mongólica, pero no importa. Fuiste el más lindo.

Sí, mi mamá nos contó que cuando estaba embarazada de Marlene se enfermó y que, en el momento de su nacimiento, todo fue un estrés porque los médicos pensaban que la bebé estaba muerta. Por eso le practicaron una cesárea de emergencia y Marlene nació. Sin embargo, a mi mamá le preocupó que llorará tanto y fue cuando el médico le dijo eso de que estaba bien dizque porque los únicos que no lloran al nacer son los bobos ¡Qué tal el atrevido!

Te había deseado tanto. Mi mamá me dice que por mi insistencia tomó la decisión de embarazarse porque todos los días le decía: - mami, quiero una hermanita, por favor. ¿Cómo se hace para que nazcan los niños? -. La amenazaba diciéndole: - si no lo tienes tú, lo tengo yo. ¿Dime cómo se hacen los niños? -. Mi mamá me decía que uno se tenía que comer un muñeco con pan y mantequilla y listo. A mí me pareció terrible y me imaginaba comiéndome a mis muñecos Juanita, Nicolás o a Pedro. Por eso nunca lo hice. Menos mal que mi mamá me hizo caso, porque la obsesión era tan grande que un día me hubiera preparado ese extraño sánduche de muñecos.

Recuerdo las ojeras de mis papás, el desánimo de mi mamá, el cansancio y los cuchicheos que mi mamá y mi abuelita sostenían por horas, mientras nosotras estábamos felices pegadas a tu cuna de madera, esperando a que te despertaras para hacerte carantoñas. Eras nuestra nueva distracción.

Al otro día, mi papá se fue a trabajar, mi abuelita se quedó en la casa acompañando a mi mamá y nosotras ayudando a preparar teteros y viendo cómo mi mamá te cambiaba los pañales. Eras tan chiquitico, tan tranquilo. Llegaste un viernes, así que el fin de semana no teníamos que ir al colegio. Eso nos permitió estar más atentas de lo que pasaba.

El cambio repentino de actitud de mi mamá nos desconcertó. Se la pasaba llorando y de mal genio. A pesar de eso, te gozamos hasta la saciedad. Mi mamá nos daba permiso de sacarte de la cuna, alzarte, arrullarte y hasta bañarte. Era emocionante. Tu no llorabas, te dejabas hacer de todo sin queja alguna.

Después entendí que mi mamá nos permitía estar contigo tan libremente porque su profunda depresión no le permitía concentrarse en tu cuidado sino en todo lo que iba a pasar más adelante. Claro, todo bajo la supervisión de mi abuelita. Nos decía: - ¡cuidado con el chinito! -. Claro, éramos pequeñas y no pensábamos en los cuidados extremos que deben tener los bebés.

Eso nos permitió tener más conexión contigo. Con mi hermana nos peleábamos por ti. Así que pasabas de mano en mano.

Pero llego el día. No sé si te acuerdes. Yo te estaba cargando y arruchando en el hall de la casa. Estábamos solos. De un momento a otro quise entrar al baño o al cuarto de mi mamá para dejarte en la cuna, no me acuerdo muy bien, pero tu cabeza se estrelló contra el marco de una puerta que era de hierro.

El golpe hizo retumbar toda la casa. No pasaron dos minutos cuando mi mamá apareció sobresaltada y gritando quién se había caído. Le expliqué que tu cabeza se había estrellado contra el marco de la puerta. Ese día sí lloraste, yo también, porque mi mamá te arrebató de mis brazos y me regañó. Recuerdo que te sobaba la cabecita con nerviosismo y lloraba. Se sintió culpable. Desde ese momento la historia tomó otro rumbo.

Ese accidente hizo reaccionar mi mamá. Ahora toda la atención era para ti y ya no eras tan accesible para nosotras. Mi mamá ya nos controlaba más y supervisaba cada movimiento tuyo. Desde ese momento mi mamá se olvidó de su depresión y todo se organizó.

Juancho, perdón por ese golpazo que te hice dar. Fue sin culpa. Era tan pequeña que no tuve cuidado, pero como dicen por ahí, todo pasa por algo. Si ese accidente no hubiera ocurrido mi mamá no hubiera despertado y entendido que tenía que cuidarte y protegerte de todos los peligros. A partir de ahí nunca te dejó de cuidar, hasta tu muerte.

Y aunque no te salió sangre solo un gran chichón que casi no se te pasa, te confieso que me duele la cabeza al recordar ese momento.

Discúlpame de nuevo.

Escríbeme pronto.

Te amo

Paty, tu hermana no preferida (Me dan celos).

  

Carta 4. 6 de agosto de 2020

 Hola Patty. No me contaste nada ¿Qué es lo que me tienes que decir?

 Lo que me narras no fue tan terrible y además ya pasó. Claro que te perdono, eras muy chiquita, solo fue un descuido y como dices, gracias a ese golpe mi mamá dejó de pensar que yo era un problema y me empezó a aceptar sin reparos.

Se curó de su depresión y empezó a sentirse orgullosa de mí. Recuerda que los grandes golpes que te da la vida son los que te hacen más fuertes.

Además, ese golpe me hizo despabilar. Seguramente algo se movió en la cabeza que me tenía dormido y aletargado. Después de eso, la vida empezó a ser una fiesta.

Te dejo porque quiero recibir la próxima carta rápido y que me cuentes de una vez por todas lo que me tienes prometido.

Juancho

Carta 5. 7 de agosto de 2020

 Asunto: La vida es fue una fiesta

Hoy no tengo muchos ánimos para escribir. Estoy muy preocupada. Gracias por recordarme que la vida fue una fiesta contigo.

Desde tus dos años, más o menos, eras el niño más hiperactivo de la vida ¿Producto del golpe? Eras adorablemente insoportable. Todas nos divertíamos, pero ¿recuerdas las furias de mi papá? Tirabas todo, gritabas, te reías solo, desordenabas lo que encontrabas, nos halabas el pelo, nos mordías, nos pegabas; arrancabas gafas, robabas helados, reventabas cadenas, te sacabas la mierda y la untabas en las paredes; comías insectos, te sacabas los mocos y hasta recuerdo el día que te bebiste un cuarto de frasco de Baygón. Aún no caminabas, pero te dabas las mañas para abrir los closets y sacar todo, chuparlo, botarlo y romperlo. Qué fuerza la que tenías. Eras incontrolable.

¿Recuerdas que yo te hacía terapias de lenguaje?  Te sentaba frente a mí para que repitieras las palabras que yo te decía. Quería que hablaras, ya era hora de que hablaras y que caminaras, pero tú no llegaste sino a decir: agua, a pipí y Juan, con mucha dificultad. Después todo se te olvidó y jamás volviste a decir palabra. Todo era a señas y risas.

Te gustaba el ruido. Por eso buscabas desesperadamente los platicos de mi vajilla azul de juguete y los ponías a girar en el suelo una y otra vez hasta que caían con tu oreja pegada al piso para escuchar la vibración ¿Te acuerdas de una tortuga de Fisher Price que emitía un sonido particular cuando se tiraba de la cuerda que tenía? Tu durabas horas y horas con esa tortuga dándole vueltas a la mesa del comedor, riéndote a carcajadas y tocándote el pito. 

Otras veces producías sonidos guturales con tu lengua afuera y babeando todo por horas y horas, sentado como un buda en el piso de la sala de la casa.  Otras veces, te distraías con un radio transistor a todo volumen pegado a tu oreja ¡Qué desespero! Sin embargo, tuviste muchos radios transistores porque cuando te aburrías, los botabas lejos contra lo que fuera y se destruían completamente. Como te gustaban, mi mamá siempre tenía uno nuevo para ti. El último que tuviste lo tengo yo, como adorno en mi biblioteca. Aún funciona. No se le puede subir el volumen ni cambiar de emisora ¿Te acuerdas que mi papá le echo un pegante en las rueditas del volumen y del sintonizador para que no lo pudieras maniobrar?

Me imagino que fuiste feliz en la casa de Villa Luz donde viviste once años. En ese barrio los aviones pasaban casi tocando el tejado porque era muy cerca del aeropuerto. Para todos era un tormento, me imagino que para ti era una dicha.

¡Ay Juancho! Raro sí eras. Ya eras grandecito y ni hablabas ni caminabas. Solo gateabas como un gatico buscando que pilatuna hacer. Me acuerdo del cajón de juguetes que mi mamá dispuso para mantener medianamente ordenada la casa. Tu cajón, era el último, de un armario grande y estoperoludo que estaba en la alcoba de mis papás, donde guardaban parte de su ropa.  Ese cajón, casi a nivel del piso, siempre estaba abierto y desocupado porque tu diversión era sacar todo y esparcirlo por toda la casa. Cuantas veces tuve que recoger tu desorden.  

¡Uy! Me acuerdo también cuando le volteabas el cenicero a mi papá en la cabeza, cuando se quedaba dormido viendo televisión. ¡Qué peloteras! En una época te dio por coger los platos de la vajilla y los bombillos para romperlos contra el suelo. Eso era una diversión total para ti.

Aún recuerdo tus manitas rojas de todos los golpes que mi papá te daba por lo que hacías. Tú como si nada. ¿No te dolía? Eras tan especial que cuando hacías algo que sabías que no se debía hacer, ibas tú mismo y le extendías tu manita a mi papá para que te pegara y te dijera tonto. ¿Bobito no?

Mi papá siempre se desesperó por tus comportamientos raros. Recuerdo un día que te dejó, muchas horas, sentado en tu mica azul para que aprendieras hacer popo y pipi y tú lo único que hacías era rascarte el pito. Tenías esa maña a toda hora ¿sentías rico?

¡Ay mi papá! Siempre lo miré con recelo por portarse así contigo. Odiaba su malgenio, su prepotencia y el trato que le daba a mi mamá y tú, que fuiste su principal víctima, al final lo aceptaste, lo querías y lo respetabas.

Espero tu carta mi Juancho hermoso.  La verdad me divertí recordando todo esto. Gracias por no hacerme olvidar que la vida fue una fiesta contigo.

Patty

Posdata: lo de las terapias de lenguaje no fue gratuito. Desde que eras un bebé mi mamá buscó la manera de que aprendieras algo. Por eso buscaba incansablemente a personas que la ayudaran y en una de esas, conoció a Myriam, la gringa ¿te acuerdas? Ella fue la que te enseñó a caminar con arroz, sí tu comida preferida como la de cualquier mongol. El arroz y el pan eran tus comidas predilectas. Pero el arroz hizo que caminaras cuando cumpliste los cinco años. Qué suerte, porque alzarte era pesado. Nos turnábamos entre las tres para no agotarnos, especialmente cuando mi mamá tenía que hacer diligencias en busetas donde te portabas muy mal.

La gringa te metía en piscinas plásticas llenas de arroz, y como mi mamá nos llevaba a todas partes, mientras no estábamos en el colegio, nos enseñó como masajearte las piernas. Nos decía que el arroz estimulaba las terminaciones nerviosas del cuerpo. Por eso todos los días te frotábamos arroz en las piernas hasta que un día estando en la casa, Marlene y yo nos inventamos un juego. Nos pusimos frente a frente, a una distancia de uno o dos metros, una a un lado, te ayudaba a parar y la otra, con los brazos extendidos te decía: “Ven gordo, ven…”. Y en ese momento diste tus primeros pasos entre abrazos y más abrazos. Hasta que te aburriste y tomaste otro rumbo, solito, a romper algo, supongo. 

 

Carta 6.  8 de agosto de 2020

 Patricia. Muy divertida tu carta. Recuerdo que las profesoras del colegio le decían a mi mamá que nunca habían conocido a una familia tan feliz con un mongólico. Eso usualmente no pasa en la vida real.

Pero, Patricia, no me dijiste nada sobre lo que me tienes que decir. Si no me cuentas, paramos este jueguito.

Juancho


Carta 7. 10 de agosto de 2020

Asunto:  Las huellas del león

¡Uy! Juan Carlos ¿En el cielo también se ponen bravos y orgullosos?

Nunca te pusiste bravo conmigo ni me hiciste ningún reclamo y ahora me encuentro con esta sorpresita. Te prefería mongólico: manos de paleta, nariz chata, cuello grueso, ojos rasgados, lengua afuera, mudo, baboso y cojo y además con dientes podridos. Te lo diré cuando esté lista. No es fácil. No me atormentes la vida.

Hoy es el cumpleaños de mi papá. Sabes que no me llevo bien con él.

¡Ay mi padre! Gabriel. Mi papá, ni ángel ni demonio. Simplemente papá nacido bajo el signo de Leo. Y si tuviera la posibilidad de cambiarlo, nunca lo haría. No niego que lo quise cambiar en alguna época de la mi vida. De él me gusta mucho su presencia, elegancia e inteligencia, no me gusta su personalidad arrogante, mandona e histérica. Humillante como el solo; odio sus gritos, su maltrato y la incapacidad para ser cariñoso. Nunca llegamos a aclarar nada porque siempre la conclusión era que él tenía la razón y que se hacía lo que él quería. Su tono de voz, fuerte como el rugido de un león.

Mi mamá me contó que era desaplicado, altanero, desobediente y malgeniado. Que terminó bachillerato a los 22 años, y mi mami sabe porque los conoció desde pequeño. Son primos hermanos y cuando niños eran muy unidos. Cuando mi mamá cumplió los dieciocho años se cuadró con él. Iniciaron una relación a escondidas, pero contaban que era fácil porque mi abuelito Gregorio, el papá de mi mamá, solo la dejaba salir con los primos a fiestas y paseos; nunca la dejó tener amigos por miedo a que metiera la pata. Le salió el tiro por la culata. El noviazgo duró diez años. Mi papá es dos años mayor, así que se casaron, ella de 28 años y él a los 30. Mi mamá enamorada pese a que conocía al pie de la letra cómo actuaba, cómo sentía y qué hacía. Mi papá celoso, pero coqueto; bravo, pero compasivo y así decidieron unirse en matrimonio con la bendición del Papa, sí el sucesor de Pedro, pues como eran primos hermanos tuvieron que pedir permiso. No sé por qué Dios no les envió un mensajito sabiendo la vida que tendrían que vivir, pero bueno, se supone que el libre albedrío imperó.

Esto por una parte y por la otra, se unieron en matrimonio el 18 de junio de 1970, en contra de toda la familia, que a través de regaños, consejos y ejemplos trataron de echar para atrás esa decisión. No obstante, el matrimonio se celebró e inició, ahí si como dicen una muerte anunciada.

Al cabo de un año quedaron embarazados y nació mi hermana. Marlene la bautizó mi papá. Mi mamá siempre sumisa y aunque ese nombre no le gustaba, lo aceptó. A los dos años nací yo, pero esta vez, mi mamá le dijo que si era niña se llamaría Patricia. Y aquí estoy yo, orgullosa de mi nombre porque lo eligió mi mamá. Cinco años después naciste tú, te ibas a llamar Nicolás, pero cuando mi mamá se enteró que eras enfermo, le dijo a mi papá que te llamara como fuera y quedaste Juan Carlos.

Después me enteré que mi papá quería hijos hombres, de malas, le nacieron dos niñas y el tercero, que era el vencido le nació hombre, pero un hombre especial que nunca esperó ni aceptó. Así que su frustración llegó al límite y sus intereses se concentraron en el trabajo, el amor por los carros y la buena vida. Mientras su disfuncional familia poco o nada sabía de él. Sabíamos que era abogado, un gran abogado que pasó a ocupar cargo de juez, fiscal y magistrado del alto tribunal hasta que se pensionó.

La mayoría de veces llegaba tarde a pelear con mi mamá por la comida que ella preparaba, por la camisa mal planchada o por el desorden de la casa. Las peleas más recurrentes eran por la plata. Mi mamá le decía que lo que le daba para el diario no le alcanzaba y mi papá le hacía unas cuentas pecuecas argumentando que eso era suficiente y que no le podía dar más.

Se lo decía gritándola, insultándola, degradándola y maldiciéndola. Aquí sale el león que representa el poder en las antiguas civilizaciones. Gabriel el león que representa la potencia animal y brutal y a los seres voluntariosos con fuerza instintiva e incontrolada y la tendencia a dominar como déspota y a imponer brutalmente la fuerza y autoridad.

Afortunadamente, esa fuerza bruta nunca sobrepaso los límites físicos. O bueno, solo contigo. A nosotras nunca nos llegó a tocar con sus gruesas manos, únicamente nos debilitaba con sus rugidos imperiosos de león. Su violencia nos asustaba y por eso hacíamos lo que él dijera, pero tú fuiste el único que se reveló contra él. El mongolito como te decía. Fuiste el único que no le tenía miedo pese a sus gritos y castigos físicos. Tu repetías todo lo que a él no le gustaba y te reías a carcajadas provocando en mi papá una furia absurda y comentarios humillantes al ver que su poder no te podía doblegar.

Siempre decía que la culpa de que hubieras sido mongólico era por culpa de mi mamá. Ella siempre era la culpable de todo y aunque lloraba, sufría y pataleaba siempre nos defendió, nos cuidó y nos amó. Llegó un momento en que éramos cuatro contra uno. Nuestro equipo siempre solidario y el equipo de mi papá lo completaba su egoísmo, el mal humor, su supuesta perfección y narcicismo. Nadie lo quería. 

Comprendí desde muy pequeña que mi mamá no se podía separar por la situación económica. Mi papá siempre fue el proveedor. Mi mamá nunca estudió, ni trabajó. Ni siquiera terminó el bachillerato. Mis abuelos siempre la tuvieron como una reina y odiaba estudiar, así que repitió cuarto bachillerato cuatro veces y ya tenía veinte años. Renunció, le daba pena ir a estudiar con niñas de catorce años y ella tan mayor.

Sin embargo, mi mamá tuvo y aún tiene habilidades maravillosas para la costura; de hecho, mi hija estudió diseño de modas porque siempre la vio coser indumentarias para nosotras; nunca fue comercial, aunque hubiera podido atreverse.

Pero retomemos, nunca se separaron porque mi mamá no tenía la forma de abandonar la casa con tres niños. Así que aguantó y aguantó y sigue aguantando. ¿Qué aguantó? Malos tratos, infidelidades y humillaciones.

Pasado el tiempo Marlene con 25 años y yo con 24 nos fuimos de la casa hacer nuestras vidas, eso sí con el estudio que mi papá nos pagó. Nos decía: - el estudio es la única herencia que les puedo dejar así que aprovechen -. Y así lo hicimos.

A ti solo te pagó por un tiempo muy corto algo de educación. Decía: - pero para qué se le paga colegio a Juan Carlos si él no va a aprender nada -. En todo caso, mi mamá se buscó los medios con un pariente que trabajaba en el Ministerio de Educación y te consiguieron una beca. Estuviste matriculado muchos años en un colegio que se llama Santa María de la Providencia, donde finalmente, como decía mi papá, no aprendiste nada y te quedaste eternamente en kínder por más o menos diez años.

Antes de conseguir la beca, mi mamá, no sé cómo conoció a una terapeuta gringa llamada Myriam (ya te la había mencionado), quien le propuso a mi mamá, al conocer su situación económica, que te hacía las terapias a cambio de que mi mamá la ayudara a atender a los otros niños con sus tratamientos. Fue algo así como una asistente, repetidamente la vi barriendo y lavando platos que los otros niños ensuciaban.

Mi papá ni se enteró, bueno algo tuvo que saber, pero ni le importaba. Mi mamá finalmente fue la que se preocupó por nuestras vidas mientras él firmaba sentencias y coqueteaba con la que se le pusiera en frente. Él sólo llegaba a la casa a regañarnos y a criticar. Eso fue al principio porque ya más grandes y más fortalecidas, las tres hacíamos una cadena humana para defenderte de los golpes de mi papá.

Y es que en realidad fuiste necio. Me acuerdo que comer contigo en el comedor era todo un reto y con Marlene nos inventamos un juego para defender nuestra comida, pues tu tenías la manía de jalar el mantel, produciendo regueros, platos rotos, comida desperdiciada, en fin.

Lo que hacíamos era apostar con mi hermana algunos pesos y se los ganaba quien no dejara derramar su almuerzo. La idea era estar pendiente de tus movimientos y adivinar el momento para levantar los platos, los vasos y todo lo que se pudiera para que el mantel rodara solo. Era realmente divertido. Nuestra motricidad fina y gruesa se desarrolló enormemente contigo. Cuando esto pasaba estando mi papá en la mesa, la tragedia venía. Gabriel, nuestro león, no lo soportaba y dirigía toda su ira hacia ti que, aunque te pagara en tus manitas, te seguías riendo a carcajadas, pensando, tal vez, en qué más tirar.

Mi papá no entendía ni aguantaba ninguna de tus acciones y lo sacabas de sus cabales, hasta que llegó el día en el que te enfermaste. Todo empezó por una hernia y de ahí se te fueron multiplicando las enfermedades que te impedían salir del hospital. Dos días en casa, tres en el hospital; cuatro días en casa, quince días en el hospital y así sucesivamente. Ya no era raro ver las ambulancias frente al edificio donde vivías hasta el día en que no volviste nunca más.

Durante esa época, mi papá empezó a sentir compasión por ti y a defenderte como el león que es. Tantos exámenes, respiradores, inyecciones, transfusiones, drogas, doblegaron a mi papá y con todo y esto tu seguías portándote mal. Te arrancabas el suero, los respiradores, te bajabas de la cama, te escapabas a las otras habitaciones del hospital a molestar a los enfermos, pellizcabas y les halabas el pelo a las enfermeras, hasta que tuvieron que tomar la decisión de amarrarte de pies y manos a la cama para que te dejaras los implementos médicos y no te hicieras daño. 

Tal parece que toda esta situación doblegó al león y por muchos años él fue quien te cuido; claro, todos hacíamos turnos por ser tú, un paciente especial. Mi papá y mi mamá se ganaron la corona de la perseverancia y aguante. En algún momento, mi papá siempre fue el primer voluntario, mi mamá estaba agotada y enferma.

Así que te empezó a tratar con cariño, con autoridad, pero con cariño, y hasta nos contó que te pidió perdón. Tú lo terminaste aceptando. Parecían los mejores amigos. Ahora mi papá repite que tú fuiste lo más lindo que le pasó en la vida y que fue y sigue siendo tu maestro. Mi papá dice que cree en Dios y que él es lo más importante sobre todas las cosas. Asiste a misa, comulga y se confiesa, pero cuando llega a la casa llega a gritar o a criticar a mi mamá.

Siempre me ha parecido paradójico que rece tanto, pero que siga siendo él. Histérico, impaciente, nervioso, obsesivo e intolerante con todo lo que le pasa a su alrededor. Vive sobresaltado, nervioso, le gusta que lo atiendan rápido y que todo fluya como él quiere, pero nada le funciona. Todo es un estrés. Pienso entonces sobre las razones por las cuales Dios no le da una ayudita para aceptar con tranquilidad la vida y sienta un poco de paz y felicidad.

Mi papá, con su rugido de león es así porque quiere ser bueno, porque se afana, se preocupa y nos da todo lo necesario para vivir. Sus acciones lo convierten en el mejor papá del mundo. Yo no sabía, como sé ahora, tanto sobre el significado del león. Si hubiera estudiado antes su significado, habría entendido que mi papá es así y así lo debo respetar. Hace poco tomé la decisión de no enfrentarlo, de llevarle la corriente, de agradecerle su paciencia y generosidad. Y me relajé, no, no siento el recelo que me carcomía antes. Ya no siento que necesite defender de mi papá a nadie, ni siquiera de mí misma. Ahora siento que lo debo querer y hasta pedirle disculpas por lo mal que me porté, por las palabras que le dije por no entenderlo.

Es verdad que los leones borran sus huellas cuando huyen del cazador. Para mí, sus huellas de maldad y atropello quedaron en el pasado y solo siento un infinito amor hacia él. Le pido a Dios todos los días que me lo deje unos añitos más tal como es. Así lo quiero, así como tú lo terminaste queriendo y perdonando, sin entender nada, pero entendiéndolo todo.

Voy a cantarle el happy birthday con un ponqué de mora que le compré.

Espero tu carta.

Paty

 

Carta 8. 12 de agosto de 2020

 Patty:

 Me alegra saber que ya entendiste y quieres a mi papá. Patricia, sigo esperando tu respuesta. Ya sabes a que me refiero. Me estoy cansando.

Juancho


Carta 9. 14 de agosto de 2020

Asunto: la peor noticia

Siento que mi mamá se está muriendo y sufro. Ya no tiene dientes, está flaquita, no le gusta comer sino chitos, gomas, coca cola, galletas wáfers y chocolatinas jet. Hace dos años se le partió una vértebra por la osteoporosis, sufre de várices, de los riñones, tiene incontinencia urinaria y ahora tiene un brazo paralizado por la artrosis. Se queja todo el tiempo. Ya no puede más del dolor y no quiero que mi mamá se muera porque es la razón de mi existencia. Tal vez el día que se muera, yo muero con ella.

¿Tú qué vas a saber de esto? Tú la estás pasando muy bien por allá. No sabes que es sufrir una pérdida y te estarás riendo de mí. Sufro, sufro todos los días y no quiero que llegue ese inevitable día. Me duele su dolor, pero soy tan egoísta que quiero que viva hasta los doscientos años. No quiero que se vaya al cielo y se encuentre contigo. La quiero aquí, conmigo. Odio tu cielo.

¿Sabes por qué tú estás en el cielo y ya no eres mongólico? porque mi mamá se cansó de verte sufrir y firmó un papel en el hospital donde autorizaba que no te siguieran haciendo ningún tratamiento para que te fueras rápido y no siguieras viviendo ese martirio. Tu vida ya era artificial, te mantenían conectado, con respiradores y transfusiones diarias. Si mi mamá no hubiera tomado esa decisión, que a propósito no se la comentó a nadie, tu seguirías vivo.

Eso era lo que te quería decir y ya no quiero seguir con este jueguito de las cartas. No quiero que me des sermones y que me digas que en el cielo no hay viejitas. Ahórrate tus palabras, mientras yo, aquí, me sigo martirizando. 

Adiós.

Patricia. Tu hermana no preferida.

 

sábado, 13 de junio de 2009

LOS DELICADOS ROSTROS DE UN ÁNGEL


Por: GUSTAVO MONTENEGRO C.

Doris Sarasty Rodríguez

Los delicados rostros de un ángel.


Rostro que sonríe.

Si no fuera por la laringitis que la incomodó durante el fin de semana la hubiéramos encontrado faltando diez minutos para las siete de la mañana dispuesta a dar lo mejor de su vida sensible por la causa que le marca su rumbo diario. Solo por eso llegó a las ocho y treinta de la mañana, agitada pero firme, puesta en su lugar de mujer ejecutiva. Desde que entró a la sala de espera y durante más de media hora ya dentro de su oficina, un lugar pintado de blanco y decorado sin ninguna pretensión, su rostro mantuvo una sonrisa honesta, fiel a su transparencia. El rostro de Doris Sarasty Rodríguez, Gerente del Hospital Infantil “Los Ángeles”, aquel rostro que sonríe coincide en que es necesario ver más allá de “aquello en lo que nos ha convertido la vida; en directores de hospital”.

Muchas páginas se han escrito sobre esta mujer que se ha convertido en un ícono de valentía, de sacrificio, de trabajo, de éxito, de constancia, de servicio. Debe ser, supongo, que cree en algo superior que le permite enfrentar la vida de manera diferente: “Yo sí creo en los ángeles”, dice Doris Sarasty con una sonrisa cargada de vitalidad. Su comunicación con lo divino obedece a una fe profunda y a una relación indivisible con los principios, con los valores que recogió como la enseñanza más significativa desde el núcleo de su familia, por eso Doris Sarasty no negocia la honestidad, el respeto o la ética. “Esos son principios que todo el que venga al Hospital Infantil Los Ángeles ya debe tenerlo incorporado”, asiente esta mujer que respira amor por los niños y niñas de la región suroccidente de Colombia. “Soy hija de un educador y una madre que siempre se dedicaron a trabajar en la parte social” narra, con su mirada viajando por el tiempo. Es en ese núcleo familiar, rodeada por sus cinco hermanos, donde Doris Sarasty comprendió el valor del servicio por los demás. “Yo aprendí desde la cuna a servir a los demás”.

Rostro que frunce su ceño.

Si hay algo que rompe la calma de Doris Sarasty, si hay algo que le hace transformar su rostro es la injusticia. Sin resentimiento, pero con carácter firme cuenta que tuvo “todas las barreras para poder desempeñarse como directora hospitalaria”. Entonces las palabras de la memoria llegan a su boca: “dentro de la entrevista para entrar a medicina lo primero que me preguntaron fue que si realmente yo quería ser médica para que no le quitara un puesto a un hombre que supuestamente sí iba a ser médico”. Ese ir y venir, esas afirmaciones y cuestionamientos han sido los retos que diariamente debe enfrentar Doris Sarasty, en medio de un contexto que insiste en limitar las oportunidades para las mujeres. Sin embargo no tiene el perfil de la feminista, su orgullo de género es equitativo. Se sabe rodear de mujeres y hombres que sean capaces de enfrentar la vida con la misma entereza que ella proyecta por eso dice “me encanta trabajar en un hospital donde hay complementariedad entre las dos partes”.

Doris Sarasty se declara como una pastusa raizal, ama al departamento de Nariño y está convencida de que en este territorio habitan seres humanos con profundos valores que deben ser capaces de enfrentar las condiciones más adversas. Por eso, empieza a fruncir el ceño cuando nota que la mujer nariñense no se auto-valora lo suficiente, o cuando los nariñenses no son capaces de tener una visión más política de los momentos actuales. “Lastimosamente estas personas tan capaces no han emprendido el camino de la parte política, de pronto se han quedado en lo técnico, y hace falta dar el vuelo hacia la parte política, hacia un cambio político”, afirma sin titubear, sin duda, y con su rostro un poco más serio del sonriente inicial. Su ceño se frunce cuando recuerda actos de injusticia, o cuando sabe que por la insolidaridad todavía los nariñenses no hacemos lo suficiente por los niños de la región: “ya es suficiente indigno para los niños que sean pobres, que vivan lejos del centro del país, el que no tengan oportunidades de educarse, que no tengan oportunidades de alimentarse bien, para que además de todo cuando se enfermen tengan que llegar a un sitio desastroso”, por eso, con esa rabia que le provoca las limitaciones que impiden el desarrollo de la infancia, busca que el hospital que dirige sea una institución de “ricos para pobres”.

Rostro que se conmueve

“En cuanto a novedad e innovación no tengo límites”, afirma Doris Sarasty, la mujer valiente y proactiva, que ante los ojos de algunos puede notarse como conservadora en el mundo de los principios, de los valores y frente a las actitudes que espera de los suyos, de los que la rodean, pero que desde su mirada más profunda, en los términos de la gestión, del servicio y de la creatividad es una liberal de tiempo completo. Ese empuje, esa forma de enfrentar la vida como mujer nariñense que asume los retos y que lleva en sus manos la bandera de los derechos de los niños y las niñas le ha merecido premios, reconocimientos, condecoraciones, aplausos, miles de aplausos y gestos de bondad social. Pero en su corazón guarda múltiples recuerdos que le son más valiosos que aquellos títulos que la sociedad le ha entregado.

Entonces su rostro cambia, su mirada de ojos claros se transforma nuevamente, y con la voz que es viento suave en su palabra narra la razón que la motivó a gestionar la construcción del “Albergue de Paso”. “Un día salía yo por la puerta de las urgencias antiguas del hospital y delante iba una persona de Tumaco con un niñito que acababa de salir de una quimioterapia. Iban con una bolsita, y se veía que era sopa lo que llevaban. Cuando me descuidé un momento, vi que salieron por la puerta, y cuando volví a ver estaban llorando. Atravesé la puerta de urgencias y vi que había pasado un perro que les mordió la bolsita y les regó la sopa. Los vi llorar de hambre”. Su relato se complementa con algunas consideraciones relacionadas con la integralidad de la familia, la integralidad del servicio de salud con calidad y con el afán de su gesta para provocar, desde los medios de comunicación, que la sociedad nariñense se movilizara para levantar el albergue. Surgen más recuerdos, nombres de personas solidarias y de corazones nobles que se han unido a las justas causas que promueve esta defensora de la vida.

Luego llora, su rostro se retrae y de sus ojos brotan lágrimas que simbolizan la sinceridad y honestidad de sus actos. Aún con el llanto atravesado en su garganta mientras intenta recoger sus lágrimas dice “me duele el dolor de la gente, y me duele la indiferencia de la gente. Hemos tratado de dar algo, será poco, será mucho, no sé, he dado todo lo que más he podido, pero pienso que la gente debe ser más solidaria”. La pausa es inevitable.

Rostro de ángel

“Trabajar por los niños no es fácil. Trabajar con doscientos niños con cáncer es muy duro”, declara Doris Sarasty mientras recuerda sus cerca de veinticinco años de servicio en la administración hospitalaria. Con absoluta decisión declara que el trabajo más difícil, pero a la vez el más bello y el más significativo ha sido el del Hospital Infantil Los Ángeles, “porque a un niño no se lo puede ver sufrir”. Repuesta de su llanto vuelve a sonreír, vuelve a brillar, vuelve a hablar en plural porque reconoce sin egoísmo que su trabajo es un trabajo de equipo, de muchos soñadores y soñadoras que están a su lado.

Esta mujer hace real el compromiso con el Desarrollo Humano, reconoce las limitaciones de la vida social, pero sus visiones de mundo y la claridad de lo que significa servir a la gente, la impulsa a convertir el ideal de las libertades, las oportunidades y la calidad de vida en una práctica concreta en el mundo de la salud. Doris Sarasty mira la gente, no la enfermedad, mira el contexto del ser humano, no a un usuario de un hospital. Construye la calidad con el trabajo por la gente y para la gente. Ella dice “yo soy una buena persona”, yo considero que ella es un ángel, un ángel intenso, un ángel amigo que vuelve a sonreír.


miércoles, 1 de abril de 2009

LAS MUJERES VUELAN COMO GAVIOTAS




En San Lorenzo, norte de Nariño.
LAS MUJERES VUELAN COMO GAVIOTAS
Un relato sobre la construcción de territorio como sólo lo pueden hacer las mujeres que comprenden el sentido del desarrollo humano.

Por: C.S. GUSTAVO MONTENEGRO CARDONA.

San Lorenzo se deja querer.

Toño pasea cargando un megáfono de arriba para abajo, de abajo para arriba, parece que no supiera que hacer, pero en su cabeza todo es claro, en su mente y en su discurso las ideas fluyen hacia el sendero del otro desarrollo, hacia la ruta de la vida digna, hacia las vías de una nueva oportunidad para la gente Lorenceña. Un hombre martilla sobre algunas tablas para levantar de improviso una tarima, otros cuantos le ayudan con las carpas para cubrir el escenario. A la derecha un par de toldos más, a la izquierda cuatro carpas más. A lo lejos, cuando ya son las nueve de la mañana del ocho de abril, los conductores de los buses escaleras que llegan colmados de mujeres de todos los rincones veredales de San Lorenzo hacen sonar sus trompetas como si se anunciara la llegada de los ángeles del mundo a un rincón lejano de la tierra. Luego, las calles de San Lorenzo son tomadas por los pies expertos en andar por el suelo fértil del norte nariñense.


Bajo los toldos levantados con anterioridad, con paciencia, con gusto y amor desbordado, hombres y mujeres disponen los frutos que han traído de sus tierras. Plátano, tomates, semillas de todo tipo, de toda especie, semillas de nombres comunes y de nombres extraños; gallinas encopetadas, gallos dispuestos a todo, pollos, manzanas de tierra, melones, mandarinas, limas, naranjas, jugosas y enormes naranjas; artesanías, flores aromáticas, plantas para el jardín, jardines enteros, flores de otros tipos y cualidades, más plátano, aguacates que no caben en una mano. La tierra floreció y regaló los dones que sólo puede entregar la madre-mujer, la tierra-hembra, la fértil-fémina de la vida campesina. Ahí están, mujeres de todas las edades, mujeres campesinas que agradecen a la vida porque a través de la tierra alimentan a sus hijos, a sus esposos, a sus familias, a sus propios cuerpos, pero ante todo, porque sus espíritus reflejan la dicha de saber sembrar, de poder recoger, de querer compartir.


Toño sigue caminando con su megáfono y en el aire limpio de San Lorenzo las voces y las músicas de este campo florido suenan para invitar a marchar, a caminar, a movilizarse. Hoy el motivo es la mujer, como siempre lo ha sido, como siempre lo será. Toño invita al orden, luego Eudoro Rendón, viejo amigo de esta población reconoce que hemos llegado y nos abraza, nos da la bienvenida, nos invita a caminar con él, con ellos, con ellas, con el espíritu femenino que vive despierto todos los días en la tierra de los “arracacheros de corazón”.

“Esto lo hace la Red de Familias Lorenceñas todos los años, desde hace diez años, no importa que la Alcaldía también haga su desfile, lo importante es que aquí venimos siempre, todos los que hacemos parte de las Escuelas Agroambientales, a conmemorar el día internacional de la mujer, porque la mujer es la que nos cuida, la que nos alimenta, la que trabaja junto a nosotros para sostener la tierra, la madre tierra”. Así cuenta Eudoro, emocionado, dichoso, feliz, feliz como es él, como sólo lo puede ser el hombre campesino que reconoce en la mujer la vida misma.

Por eso, cada vez que se pisa el suelo de San Lorenzo, se quiere más a esta tierra colmada de gente pujante, de hombres y mujeres tenaces. San Lorenzo, tierra de movilización se deja querer.

LAS MUJERES QUE AMAN

El sol se quedó con nosotros toda la mañana, toda la tarde, como si se resistiera a dejarse calmar por la noche. El azul del cielo de las once de la mañana cubrió la marcha, los pasos de más de quinientas personas que desfilaron el 8 de marzo de 2009 por las calles de San Lorenzo para invitar a la vida, para reconocer, como siempre lo hacen en su cotidianidad, el trabajo de la mujer, la dignificación de su obra y el sentido que para esta tierra tiene el verdadero motivo de la celebración del día internacional de la mujer. Aquí no hay flores envueltas en palabras de falsos comerciales de televisión, aquí no hay postales llenas de banalidad, aquí no se celebra el día de la mujer, aquí no se hace alusión a los espíritus de comercialización de las damas, aquí el tema es serio, se respeta y se conmemora con altura. La mujer política toma el micrófono, la mujer movilizadora hace memoria de lo que significa la construcción de región de mano de las mujeres luchadoras de San Lorenzo, la mujer que danza baila al son de los bambucos campesinos; la mujer que comercializa ofrece los productos de la tierra al “Dios de los pobres” como insiste en llamar Toño al “Dios que también fija la mirada en los desposeídos”. La mujer que hace coplas rima al son de la valentía y se para con firmeza ante los oídos atentos de quienes reconocen el valor social de la campesina que trabaja con dignidad y orgullo.

Esas son las mujeres que aman su tierra, su campo; esas son las mujeres que aman a sus hombres, a sus hijos, a sus familias, esas son las mujeres que conmemoraron con la frente en alto, con la bandera de la movilización un año más de construcción de vida campesina al lado del fogón de leña, al lado de la parcela, en medio del bosque, bañadas por el agua maciceña.

Alba, Aura, Esperanza, Rosa.

Sus cuerpos no se miden con metros en la cintura o la cadera, sus ojos no se delinean como pinturas sintéticas, sus pies no calzan cueros finos, sus senos no se exhiben como prenda de lujo, sus manos no exhiben joyas de aparentes estilos, sus nombres son nombres de flores, de viejas mujeres, de viejas madres, de ilusiones y sueños; sus nombres son nombres que simbolizan el día o la noche, la luz del despertar matutino o el silencio de la noche que se anuncia con el zumbido de las alas de diminutas aves que rondan el cielo lorenceño. Alba, Aura, Esperanza, Rosa, Sonia, Lucero, en fin, mujeres colmadas de visiones de futuro, de sostenibilidad agraria, de autosostenimiento familiar, de ilusiones agroambientales, de relaciones íntimas con la naturaleza y los hombres. Las mujeres de la Red de Familias Lorenceña “Las Gaviotas” vuelan, y vuelan lejos con sus procesos de reconstitución de suelos, con sus procesos de formación de largo aliento, con sus iniciativas de conservación de tierra, con sus propuestas para el cambio de actitud frente al mundo. Las mujeres de “Las Gaviotas” vuelan a otro ritmo, en otros cielos, y pisan un suelo diferente. Por eso bailan con alegría, marchan con fuerza, gritan con júbilo, aman con pasión, luchan todos los días, trabajan como es debido, y no dejan de hacer sancochos deliciosos o de preparar dulces de leche, arroz y harina como señal de que siguen alimentando a los hombres, a sus hijos y a sus familias como lo han hecho de generación en generación, las mujeres que sembraron esta tierra que huele a panela, café, caña y limón.

Toño no deja de gritar, Alba Sonia ríe con serenidad. Los abrazos cálidos de los amigos y amigas de San Lorenzo nos despiden con el mismo cariño que lo hacen cada vez que vamos a visitarlos, porque saben que nos queremos mutuamente. Nosotros somos un equipo de realizadores audiovisuales recogiendo las huellas de las escuelas agroambientales, ellos, cómplices de nuestros proyectos, ellas, mujeres que siguen haciendo posible que la esperanza deje de ser utopía para convertirse en realidad de todos los días.

En el cielo las nubes nos dicen que es hora de volver a casa. Toño nos despide con su voz a todo pulmón. Eudoro nos promete un buen sancocho la próxima vez que nos veamos, y entre todos nos agradecemos poJustificar a ambos ladosr haber hecho presencia una vez más en la marcha tradicional que la Red de Familias Lorenceñas organiza cada 8 de marzo para conmemorar el sentido que la mujer tiene como constructora de vida regional.


Texto publicado en
www.vocesdenarino.com

domingo, 16 de marzo de 2008

NARIÑO EN LA LEGALIDAD



Daniel Muñoz nos hace llegar esta interesante crónica alrededor de la campaña NARIÑO EN LA LEGALIDAD que promociona Acción Social y desde la cual se busca incidir en la erradicación de los cultivos ilícitos y la promoción de una producción en condiciones de legalidad.


CRÓNICA

A pesar de las plagas en cultivos lícitos, campesinos no quieren volver a la ilegalidad


NARIÑO EN LA LEGALIDAD

Una plaga ataca la palma africana en Tumaco, pero sus cultivadores prefieren enfrentarla que regresar a la siembra de coca.

Parado frente a su cultivo, con una camisa anaranjada empapada en sudor, Bernardino Tenorio suelta su sentencia tajante y precisa:

-A la coca no volveremos ni porque el mismo presidente de la República nos diga: ‘sembremos coca’-.

Lo dice a pesar de que sus cultivos de palma africana están siendo atacados por la ‘pudrición del cogollo’, una plaga desconocida que en estos momentos ha sido encontrada en los cultivos de 117 campesinos más de la región. Pero él, como muchos otros de sus colegas, prefiere la vida. “La coca nos ha traído sólo problemas y sangre a nuestro pueblo, créame”, advierte Bernardino.

La aparición de la plaga hizo prender las alarmas no sólo en la zona, sino en el Gobierno Nacional. La Agencia Presidencial para la ACCIÓN SOCIAL y la Cooperación Internacional, ACCIÓN SOCIAL, a través de su Programa Presidencial contra Cultivos Ilícitos, PCI, empezó a tomar cartas en el asunto. “Les vamos a ayudar con la renovación de, aproximadamente, unas 800 hectáreas de palma. Seguimos firmes en el compromiso de apoyarlos y buscar la solución al problema de la ‘pudrición’ hasta que la encontremos”, afirma Victoria Eugenia Restrepo Uribe, Coordinadora Nacional del PCI. No sería justo ni lógico echar por la borda un programa que ya ha beneficiado a más de 397 palmicultores de Tumaco, en la costa pacífica nariñense. “Hoy que están en la legalidad –dice la funcionaria- no podemos romper sus sueños de salir adelante a través de cultivos legales”.

Además, Restrepo Uribe agregó que con el fin de dar soluciones y alternativas a la problemática, se ha conformado un comité interinstitucional en el que participan el Ministerio de Agricultura, el gremio palmicultor de la zona y ACCIÓN SOCIAL, entre otros. Soluciones que llegarán pronto a los palmicultores, que hoy hacen parte de la campaña ‘Nariño en la legalidad’, la cual busca demostrarles a los campesinos cultivadores de coca que es más productivo ser legal. Son casi 400 de ellos que volvieron a lo legal sembrando cacao y palma africana, y que a pesar de la plaga son optimistas con el futuro. “A mediados del año 2008 no van a encontrar una mata de coca -afirma el campesino Crucelino Cabezas-: estoy seguro de que, junto con el gobierno, nosotros vamos a salir adelante”.

Por su parte, el agricultor Alberto Segura dice que siempre ha considerado que la coca es el enemigo principal del ser humano, “por eso no la cultivo cuando la veo en mi finca, la elimino, gústele a quien le guste. Todas mis 15 hectáreas son de cultivos lícitos y por eso estoy en estos programas”, afirma Segura. La siembra de cultivos lícitos fue una puerta que se le abrió a la mayoría de estos campesinos que estaban en la ilegalidad. El campesino Manolo Wualdo recuerda el pasado amargo. “En estas tierras sembramos coca –afirma- porque no teníamos otra alternativa de trabajo. Pero ya que tenemos la oportunidad de que el gobierno nos apoye con trabajo lícito, nuestro interés es eliminar todo lo ilícito”. Cuando se le pregunta si todavía existen sembrados de coca, responde: “Nosotros mismos, con la ayuda de los programas estamos tratando de erradicar lo poquito que hay. Porque lo único que los cultivos ilícitos traen son problemas a la humanidad”, concluye Wualdo.